Talleres Puebla

Noviembre, 2011

El vórtice de mi vórtice

El vórtice de mi vórtice-23885

Tallar palabras me ha llevado a meditar, pensar más profundamente, descubrir, embellecer lo cotidiano, al sufrimiento… Voy a tallar palabras sobre un tema que tal vez sea, aunado al amor, el regalo más bello que Dios nos obsequió. Lo hemos estigmatizado como algo perverso, pecaminoso, como si no formara parte de nuestra naturaleza. Por su supuesto que, actualmente, sí se ha pervertido con las prácticas de trata de mujeres y niños, pero ese es otro tema, ciertamente muy doloroso.

Me encanta el término vórtice, lo sentí muy mío, parte mía, me envolvió en él.  Amo mi sexualidad y mi sexo, aunque para llegar a esto tuve que recorrer un camino muy largo y doloroso.

Si ya en sí es difícil abordar el tema, lo es más cuando siendo una nenita de tres años te profanan, mancillan, lastiman, violan tu pequeño cuerpecito y tienes que vivir con eso sin siquiera poder discernir qué es, qué pasó, despertando cada noche con pesadillas, con un llanto silencioso, sin ningún consuelo, a lo largo de un tiempo que jamás supe medir. 

Cuando llegó Gude a trabajar a la casa, yo tendría más o menos ocho años, y fue cuando, por fin, pude hablar con alguien sobre lo sucedido. Ella me escuchó con atención y se lo dijo a mi mamá para que investigara. Mi madre se lo dijo a mi padre y lo único que conseguí fue unas etiquetas incomprensibles para mí. La soledad y la culpabilidad aumentaron.

A los trece años sufrí una agresión por un hombre. En aquella ocasión yo iba con mi mamá y busqué su ayuda con la mirada, vi que ella sólo sonreía. Hasta hoy sigo sin entender esa actitud, jamás conté con ella.

No entiendo por qué se siguieron dando ese tipo de agresiones a lo largo de mi vida. Cuando estaba en el servicio social, mi jefe me acosaba muy sutilmente y yo no me daba cuenta. Tenía dos meses de servicio cuando recibí una orden de la jefatura de Puebla para ir a un Congreso Mundial en el D. F., me preparé rápidamente para ir, pero perdí el autobús que salía a las ocho de la noche. “Te llevo, aún da tiempo de alcanzar el anterior, estás perdiendo el tiempo”, me dijo mi jefe. Yo acepté y cuánto me arrepentí de haberlo hecho: nuevamente la pesadilla. Llegué muy tarde a mi casa, obscura y tan sombría como mi estado de ánimo, con un gran dolor físico, moral, y espiritual, fingiendo que no había pasado nada. Fue mi culpa, me decía, ¿por qué acepté?  Seguí adelante, cada vez más sola, deprimida, devaluada, culpable.

Todo esto me llevó a “casarme” rápidamente, y nuevamente: el engaño. Desde entonces, me prometí: jamás otra relación. Aún cuando en ocasiones mi sexualidad pedía ser satisfecha, rechazaba la idea por miedo, culpa y lo sucia que era.

Pero siempre llega la luz, Dios te la da por diferentes caminos. Inicié mi curso de ortodoncia y casi al finalizar fuimos, todo el grupo, a un congreso en San José Purúa, un lugar bellísimo. Había, además de las conferencias, diferentes actividades recreativas a las que asistimos. Ahí descubrí que era atractiva. No sé si por la falta de vivencia y experiencia, me veía muy jovencita. Empecé a tener pretendientes. Al ir a bailar no me quedaba sentada, hasta los chicos de prepa me pedían bailar y me decían bonita. Mis compañeros me preguntaban si verdaderamente no tenía pareja. Esto fue un gran choque para mí, ya que para entonces yo me sentía vieja, no merecedora de ser amada y, mucho menos, atractiva: me creó una enorme angustia.

Tuve que ir a terapia, por cierto muy larga. Desperté, empecé a tratar de vivir, me sentía como si acabara de salir de una larga enfermedad. Me permití, por fin, tener algunas salidas, pero ninguna relación. Cuando por fin la tuve, me equivoqué: era un manipulador, mentiroso, mantenido; salí rápidamente de ella. Más tarde inicié otra y me volvía a equivocar: drogadicto, golpeador, loco, alcohólico; afortunadamente lo vi muy a tiempo y lo dejé. Por ese tiempo también conocí a Israel, un muchachito de veintitrés años, con quien inicié una gran amistad. Él tiene un gran sentido del humor y vino a alegrar mi vida enormemente. Mi hijo tenía entonces catorce años y todas las personas que se acercaban a mí le desagradaban, a Israel lo aceptó rápidamente. Nos hicimos muy unidos, después de clases me iba a dejar a la casa, en ocasiones lo invitaba a desayunar o él me invitaba, me regalaba un disco, íbamos a fiestas, etc.  Poco a poco se fue introduciendo a mi vida y el amor fue surgiendo entre nosotros, yo no lo podía creer y evitaba que me lo dijera ¡era tan joven que podía ser mi hijo!

Por ese tiempo me independicé y nos fuimos a vivir solos mi hijo y yo, Israel estuvo al pendiente de nuestras necesidades, acompañándonos. Al mismo tiempo, él inició una relación con una niña de su edad, sentí “cosa”, pero también me alegré por él, a los tres meses terminó con ella. Más tarde inició otra, la mujercita deseaba comprarlo y me pidió consejo, le dije que él no era de ese tipo. No nos vimos por algunos meses, y cuando lo volví a ver me platicó sobre diferentes temas, pero finalmente se decidió: me dijo que hiciera lo que hiciera no me olvidaba, que me quería. 

Casi inmediatamente sucedió la partida de mi hijo, Israel siempre ha estado conmigo y, por la necesidad de sobrevivir la pérdida, me permití vivir ese amor que se me ofrecía. Por fin conocí al hombre ideal: tierno, cuidadoso, amoroso, sensible a mis necesidades. Fuimos aprendiendo juntos, pues a pesar de mi edad, yo no había descubierto ni vivido a plenitud mi sexualidad. Él fue lento, poco a poco, con la inexperiencia de las primeras veces, pero cada vez más y mejor. Él, con la fuerza de su juventud, yo con la fuerza y el amor por tanto tiempo contenidos. Fue maravilloso descubrir, al mismo tiempo, el verdadero amor y el sexo rico y enriquecedor. Todo presente: el deseo, la excitación, mi sensualidad, el nacimiento de mi erotismo, el anhelo de estar juntos lo más frecuentemente posible, todo esto unido a la ternura, sus caricias cuidadosas, su dulzura, su improvisación que enriquecía el momento de descubrir, al mismo tiempo, nuestra mutua belleza. Los susurros, las risas, la alegría, las escapadas, la intensa felicidad de sentirme viva, especialmente, en esos momentos.  Él llenó y superó con creces mis expectativas.

Esta situación se prolongó por un buen tiempo, y estoy totalmente consciente de que al ser el más joven que yo, por mucho, puede irse en cualquier momento. Yo lo he dejado libre y, hasta el momento, siempre ha regresado: “vuela siempre lejos, pero vuelve al nido”, como dice una canción. 

Hace once años, él decidió vivir conmigo. Sé que a alguien le importo, que piensa constantemente en mí, en mi bienestar. Nuevamente, qué más puedo desear, él se preocupa y ocupa de mí.  Tal vez la relación ya no es tan intensa y frecuente como en un principio, pero está y sigo disfrutando, porque he aprendido que una relación sexual placentera no se basa sólo en la genitalidad, sino en todos los sentidos, en toda mi piel y unas caricias apropiadas logran llevarme a un orgasmo. Descubrimos juntos qué nos gusta y qué nos da placer, tratamos de complacernos mutuamente.

Agradezco a Dios estos veinte años, con todos sus altibajos. Hoy amo y soy amada.  

Me alegra ser sensual porque sigo disfrutando con mis cinco sentidos todas esas sensaciones ricas, como unas sábanas suaves y limpias, el agua o el viento acariciando mi cuerpo, mis pies descalzos sobre el rocío del pasto, el olor de las mañanas, ver y escuchar la belleza de la naturaleza que nunca es igual, la comida que me gusta, la música, Israel…

                                                                                                          Marianela

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19 Ene11:09

El despertar de los sentidos

Por Leonor (no verificado)

Marianela

Tu texto es un ejemplo de la forma en que sí se puede, sin importar la edad o circunstancia, despertar los sentidos y abrirse a la sensualidad, el erotismo y el gozo. Gracias por recordárnoslo.

Leonor.