RedPRO

Noviembre, 2011

La vida no se le da al que la merece sino al que la sabe pedir

 “Cuando una mira a la muerte cara a cara,

 le viene una claridad mística de pensamiento”.

 

La soledad es una alta muralla que me cierra todos los horizontes. Levanto los ojos y no veo nada.

            Mi compañía es la soledad. Mi alimento la angustia. El miedo y la noche me rondan como fieras.

            Sin embargo sé que la mañana soleada volverá y la armonía cubrirá el horizonte. 

            En este momento mi saludo se deshace. Me encuentro encerrada en un círculo fatal: en ese horrendo círculo del hospital, la cama, los análisis, los diagnósticos, los sueños, inyecciones, médicos, enfermeras… No logro salir de ese círculo. El dolor y la angustia están clavados en el fondo de mi cuerpo. Lo único que logro hacer es pedir la piedad del Señor.

            Cada mañana me despierto cansada. Mis ojos duelen por el insomnio. Mi cuerpo pesa y al mismo tiempo no tengo fuerzas. El dolor me acompaña. Y también el miedo. Tengo mucho miedo. Este miedo se pega a mi alma.

            Pero hay algo peor que la enfermedad: la angustia. Necesito paz en mi espíritu, porque de qué me sirve la salud sin paz. Siento mucha tristeza. Quisiera llorar y llorar, esperando que mis lágrimas me pacifiquen.

 

María Alejandra Montero Clavel

 

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