Objeto o varios
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Unas muñecas hechas de retazos de tela compradas a una señora, por mi abuelita dolores, yo las escogía de un cesto de mimbre. ¡me encantaban!
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Una pluma fuente verde bandera, de buen precio, propiedad de mi papá Eusebio; él antes de plasmar las palabras en el papel, tenía arte al hacerlo, trazaba círculos en el aire y luego posaba su mano y brazo, y hacia letras bonitas manuscritas. La tinta negra las resaltaba, admirada, le decía: ¿papá cuándo me regalas tu pluma?, y él me contestaba, cuando sepas escribir hija. Un día de tanto insistirle me dijo, cuando iniciaba el segundo grado de primaria: “ten te la regalo, pero ¡cuídala hija!”, yo le dije entusiasmada, ¡sí papá, gracias!
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Un vestido rojo, parecido al papel crepé y uno zapatos del mismo color, regalo de mi papá, el primero lo usé con gusto a pesar de su deterioro.
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Cuando me escogió mi maestra Clementina de segundo grado de primaria para salir en la radio XEGR-Coatepec (ya extinta), porque una de las niñas inteligentes, a la que le había dado uno de los papeles, no lo aprendía. Ya faltaban pocos días para salir en ésta, la mamá le rogó a la maestra, cuando estábamos presentes en el salón de clases, que se lo diera a otra de las alumnas para que lo dijera, aduciendo a que su hija no lo podía memorizar, “no se le queda y llora”. A pesar de mi dislexia, que padecía y que nadie lo supo nunca, sólo yo, ¡a mí me lo dio!, y gustosa lo interpreté: “El Estropajo”, los demás eran: el agua, el jabón, etc. es preciso señalar, desde mi punto de vista, que el propósito de la escuela “Miguel Hidalgo y Costilla”, era educar a la población principalmente infantil, para afianzar los hábitos de limpieza y evitaran enfermedades tanto gastrointestinales, liendres y piojos, frecuentes por la edad. Entre la audiencia, deseosa de escucharme, estuvieron mi madre y los vecinos, que después me felicitaron.
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Papelitos brillosos de colores lisos y estampados, envolturas que les quitábamos a los chocolates y chicles. Aprendí de mi hermana y de las demás niñas a alisarlos con las uñas. Los llevábamos con orgullo entre las páginas de los libros y de los cuadernos. De vez en cuando los cambiábamos entre nosotras para no tenerlos repetidos. ¡Ah todavía recuerdo el olor de éstas golosinas que se impregnaba en las hojas de cuadernos y libros!
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Los pianos de juguete de mi prima Blanca Galván Jimaréz, en ellos ella me enseñó a tocar distintas melodías como los changuitos. A mi mente viene todavía la tonada: ¡tarara, tarara, tarara!, me sentía concertista. Ya ni jugaba con ella a la comidita, hasta que lloraba, venía en su auxilio mi prima Cira Galván Jimaréz (adolescente) y me llamaba a jugar con su hermanita, ella ya encaprichada, no quería jugar y entonces me llevaban a mi casa.
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7. Un gatito de rayas amarillas y blancas, mi mascota, me encantaba ponerle en los cachetes, la pintura de labios de mi hermana, pero el animalito no quiso ser tratado como muñeca y me rasguñó el labio superior, lloré a lágrima viva. Mi abuela Dolores se espantó al verme sangrar, le iba a pegar, pero mi madre intervino y le dijo “mamá, no le pegues, ella debe enseñarse a respetar al animalito, él no piensa ella sí”. Anduve con el labio semipartido, parecía leporino. Hoy me queda una marca imperceptible. El percance y la posición de mi madre ante éste fue una lección indeleble para mi vida: el respeto hacia los animales.
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Un balón de voleibol, comprado con grandes sacrificios por mi madre viuda, posteriormente lo cambié con Rocío, ella decía que en su casa no le podían comprar uno y le gustaba para jugar con sus hermanos. Yo le contesté que necesitaba su portafolios café, para ordenar mis útiles escolares. Con el permiso de nuestros mayores, hicimos dicho cambio.
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Un librito de pensamientos que me regaló una de las monjitas de la escuela “José de Jesús Rebolledo”, ubicado en la calle J. del Campillo, mi ciudad de origen, en donde estudié secundaria y comercio a la vez. Me preparaba para ser religiosa. A pesar de que tenía varios pretendientes y novio, quería abrazar la vida religiosa pero no lo logré. Mi familia se opuso y me persuadió de no hacerlo. Mi posición fue de obediencia, no de convencimiento.
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