Soy Chabela y soy alcohólica y mi problema es chabela, actualmente me encuentro prestando mi servicio en un centro de rehabilitación donde se atiende la problemática del alcoholismo y drogadicción, llegué a los 26 años de edad y como dicen mis compañeras de enfermedad, llegué justo en el momento indicado, ni un minuto antes, ni uno después.
Provengo de un hogar disfuncional, hija de madre soltera, fuera de los sacramentos del matrimonio, pues mi padre era casado, mi hermano menor y yo fuimos sólo el producto de una relación prohibida, tengo recuerdos de un hombre canoso, alcohólico, mujeriego, jugador, no recuerdo siquiera una demostración de afecto de su parte hacia nosotros y aunque él se fue desde que yo tenía seis años a otro país, a probar suerte, aún recuerdo a “El perro”, porque esa expresión utilizaba mi madre para referirse a mi padre y cada vez que veo una película de Pedro Infante pienso en él.
Mi madre era sumisa y trabajadora. Desde que tenía una corta edad, (humilde cocinera) se esforzaba por sacar adelante a sus tres hijos en aquellos años. En ocasiones doblaba turno, la contrataban para banquetes, hacia pasteles y debido a tanto trabajo casi no estaba en casa. O nos daba comida o nos daba presencia, de modo que había abandono por parte de las dos figuras fuertes y quiérase o no yo sentía depresión porque todas las tardes estábamos solos y encerrados con llave por el temor de mi mamá que nos fuera pasar algo.
Las tardes se hacían largas, teníamos un televisor a blanco y negro y sólo se veía el canal de las telenovelas, no había caricaturas y a mis seis años de edad ya había entrado al mundo de la ansiedad pues también tuve la mala fortuna de haber vivido abuso sexual por un primo de mi mamá.
Yo no lograba entender por qué mi madre nos dejaba para trabajar, yo la necesité muchas tardes en que entraba en depresión, soledad y tristeza. Reclamaba su presencia pero no había respuesta, esto me hizo resentirme mucho con ella y más porque nos dejaba encerrados sin poder salir, sin poder meter amiguitos en la casa. Sentía como si estuviera presa, veía a mis vecinitos jugar por la ventana en la calle y mis hermanos y yo, frustrados y pegados en el vidrio de la ventana, por eso cuando llegaba a salir, mi conducta era ingobernable, quería vivir de todo, probar de todo.
Desde muy chica me llevaron con psicóloga, pues en la adolescencia por falta de aceptación a mi preferencia sexual me di un tiro en el abdomen y esto me trajo problemas muy severos de salud, perdiendo la movilidad y sensibilidad de mi pierna derecha. Desde entonces uso muletas y un aparato ortopédico, esto me frustró aun más. Me sentía rechazada por todos, me dolía mi nuevo estado físico, terminé refugiándome con amistades y confraternidades donde no había nada bueno, donde ya había alcohol y drogas, pero me sentía aceptada.
Me presentaron el alcohol y ahí me quedé, mi conducta empezó a ser más ingobernable, me salía de mi casa, me perdía días enteros, aparecía en otras ciudades donde había toquines, me vestía como ellos con playeras negras con rostros de rockeros famosos, demonios y calaveras, me tatué. Pintamos mi cuarto mi hermano y yo con figuras demoníacas, rayamos paredes en la calle, le robamos a mi padrastro, mi hermano estuvo a punto de que lo llevaran a la correccional por mi culpa, pues por hacerme el paro se echo la culpa de un robo a una vecina para que yo no fuera a parar en la cárcel.
No me daba cuenta que me estaba perdiendo en esa vida de rebeldía, esto me alejó mas de Dios, por andar de imitachangos jugué a la ouija, haciendo todo un ritual que ni entendía y la verdad si me daba mucho miedo. Perdí la escuela y muchas puertas de amigos se cerraron, pues su familia decía que era muy mala influencia para sus hijos, pero yo tenía que seguir ahí pues, ¿cómo me iba yo a rajar?
El egoísmo tan grande en el que se vive cuando piensas que tu familia no sufre por tu conducta, cuando piensas que sólo lo haces por diversión, cuando el autoengaño poco a poco se va apoderando de ti, pensando que tú tienes el control de tus emociones y de la manera de consumir, aún cuando ya había pasado por congestiones alcohólicas o me llevaban a la clínica porque tomaba pastillas según yo para morirme.
Aprendí la lección a los 26 años, hoy tengo 37, gracias a Dios que me dio la oportunidad de llevarme a un lugar donde me apoyaron y enseñaron como trabajar conmigo misma, con esa enfermedad de la adicción.
Chabela
Julio 2011
Talleres Demac Chihuahua
¿Qué opinas de este texto? Escribe aquí tus comentarios o envíalos a diana.perez@demac.org.mx