La hoja de los tres círculos
Eres una mujer fuerte. Eso me han dicho. Yo lo creo, lo reivindico. Me gusta el adjetivo, lo disfruto, aunque no siempre…
Ser fuerte es para mí consigna familiar femenina. Las mujeres de mi casa son fuertes. Han resistido el peso de la pobreza, de la violencia, del trabajo y de los hombres. Cada una a su manera, con estilos que van desde la manipulación disfrazada de sumisión, hasta el abierto enfrentamiento con los adversarios, y adversarias, han protegido y sostenido a sus hijos e hijas, han conservado su trabajo remunerado y cumplido con la labor asumida como propia, han obtenido sus bienes, y también, han ofendido y cometido errores.
La fuerza me viene de adentro, de la pasión y la creencia; me viene por herencia en línea directa de mi madre y mi abuela, mujeres tan opuestas y tan parecidas; me viene de la ilusión que todavía conservo, o más bien de las ilusiones que he logrado atrapar (porque dicen algunas que con los años se pierden), de encontrar un compañero para mi cama, de aprender otros oficios, de leer muchos libros. Pero luego, las ilusiones se me esconden. No sirve mi fuerza para retenerlas.
A veces, a pesar de la fortaleza con la que me cubro, algo sucede que me recuerda al cuerpo, ese que a veces olvido porque de tanto vivir conmigo pasa inadvertido. Sí, algo sucede… como lo que pasó recientemente –un asalto-, que me hizo sentir como una ráfaga primero, y luego como un hecho innegable, la tristeza de ser vulnerable. Mi cuerpo es vulnerable.
No es que durante toda mi vida me haya considerado una especie de ser invencible, pero es que ahora, más que nunca, constato en mí la fragilidad: ante una fuerza física mayor, ante la amenaza.
Esta experiencia me ha hecho repensar mi ser humana. Ha provocado una avalancha de reflexiones, redefiniciones y evaluaciones (o debo decir reevaluaciones) sobre la violencia, la capacidad de enfrentarla; la fortaleza y la valentía, y sus límites.
Sigo en eso. No he concluido nada y no creo hacerlo en breve. Me pregunto si es parte de un proceso que recién inicia, un proceso en el que deberá resolverse la confusión entre arrogancia y verdadera fuerza; y el conflicto entre el reconocimiento de la vulnerabilidad humana como virtud y la victimización que justifica concesiones y apatías. No lo sé. Todavía no he llorado lo suficiente.
Pero sí he peleado lo suficiente. Pelear ha significado para mí cosas diferentes a lo largo de mi vida.
Cuando niña, no recuerdo más que la asociación con liarse a golpes, lo cual no era bueno, según el decir de la gente mayor, sin embargo sí lo hice. Tengo presentes dos momentos: uno, cuando jugando, mordí a un niño del salón, y lo lastimé. Eso supongo, porque me acusó con la Miss; el otro, fue cuando le pegué un puñetazo en la nariz a otro niño. Ese golpe si fue con la intención clara de “pegar”, es decir, no como un juego, sino como respuesta a la agresión de la que estaba siendo objeto. Ese compañero me jalaba el cabello. Se sentaba atrás de mí, y ese día se dedicó a jalar mis trenzas (era muy común que yo fuera a la escuela peinada con trenzas, mi mamá hacía gala de un variado repertorio de ellas), así que yo simplemente reaccioné, hice una finta y con un izquierdazo, hice brotar un poco de sangre de la nariz. Recuerdo a su hermana mayor hacerle a mi abuela, quien iba por mí a la salida, un airado reclamo por la agresión. Mi abuela, en vez de reprenderme, dijo: “algo le habrá hecho tu hermano”. Creo que esa fue mi primera lección sobre uno de los varios significados de pelear: defenderse.
Pasó tiempo, mucho, antes de que volviera a experimentar la sensación de calor y de furia que hace que el cuerpo parezca más grande, más fuerte, imparable, y que precede a un enfrentamiento a golpes con alguien. Sí, me peleé en la calle, haciendo segunda a mi pareja de aquél entonces. Respondimos a una agresión fuerte, tres tipos en contra de nosotros; luego fueron cuatro, porque se les unió una mujer. Perdieron. La transformación que experimentamos fue impresionante, por unos minutos nos volvimos animales furiosos, incapaces de abandonar la pelea. A mi memoria viene la imagen y tengo sentimientos encontrados: me siento orgullosa y a la vez, avergonzada. El hecho, hoy anecdótico, de vez en cuando vuelve a ser tema de conversación. Nos hemos reído mucho, sin embargo, al pasar el tiempo lo veo como una lección valiosísima que me permitió medir el alcance de mi parte animal, escondida, domada y educada, pero nunca borrada.
Entre estas dos experiencias límite, he vivido la pelea como sinónimo de lucha. Mi forma de ser y de pensar me ha llevado a enfrentarme con la gente que, según mis parámetros, es injusta o que maltrata o abusa; me peleo con las instituciones obesas y rígidas, con las reglas absurdas, con la autoridad autoritaria, con la ignorancia, con el abuso… Me peleo conmigo misma por pelear con casi todo. Hoy, pelear para mí es sinónimo de trabajar para cambiar; cambiarme a mí misma, para alcanzar el equilibrio, la congruencia a la que aspiro.
Y sin embargo, siento que nací para pelear por mí y por otras a pesar de que no me corresponda, a pesar de que ni siquiera me lo pidan. Nací guerrera.
Silvia Elena Llaguno
Septiembre 1, 2010