Talladoras de Palabras

Agosto, 2011

Tercer secreto Rojo Carmesí

Tercer secreto Rojo Carmesí-23852

TRES PALABRAS

Rojo Carmesí.

Hay palabras que de inmediato nos remiten a realidades difíciles de afrontar: cáncer, homosexualidad, muerte… Sin embargo, existen otras que a mí me inspiran más miedo: silencio, indiferencia, condena.

Han pasado casi doce años y apenas ahora me atrevo a compartir todo el remolino de sucesos que envolvió a mi familia en 1999. Cuando empecé a hurgar en mi memoria, también me comprometí a hacer un ejercicio de honestidad para apegarme a los hechos como los sentí, como los viví, sin asumir los sentimientos u opiniones de los demás involucrados.

A principio de año, mis padres nos contaron que iban caminando por la calle cuando él tropezó y ella, instintivamente, trató de sostenerlo por el brazo que llevaba enlazado al suyo. Por supuesto que su frágil cuerpo no pudo detener la caída de mí papá; pero después del susto, ella se percató de que tenía una “bolita” cerca de sus costillas y que le dolía. 

Con mucha renuencia, mi madre fue al médico, quien le ordenó someterse a varios estudios. Una de mis cuñadas se ofreció a acompañarla y mi mamá, fiel a su costumbre, le pidió que no compartiera con el resto de la familia los resultados de los análisis y diagnósticos que les entregaban para “no preocupar” a mí padre diabético, sus hermanas solteras, su hermana casada, mis hermanos y a mí.

Cuando el médico diagnosticó cáncer de seno y la necesidad de que mi madre se operara lo antes posible, mi cuñada me lo comunicó por teléfono. Le pregunté si mi mamá ya estaba al tanto y me dijo que sí, que el doctor se lo había informado cara a cara. También me dijo que volvió a pedirle que no se comentara el “asunto” con la familia. Me comprometí a guardar silencio y agradecí su buena disposición para seguir acompañándola en sus consultas subsecuentes. En ese tiempo, yo tenía un trabajo muy demandante y alejado de mi casa, que llenaba mi jornada desde las cinco de la mañana hasta las ocho o nueve de la noche.

En medio de ese juego de misterios, llegó el primer sábado de febrero, día destinado a visitar a mis papás. Estaba en los preparativos cuando me sobresaltó una inusual discusión entre mis hijas. Salí de una recámara justo para escuchar a la mayor que le decía a su hermana “¿qué?, ¿me vas a salir con que eres gay?” y la menor le respondía retadora: “sí, soy gay”.

Por supuesto que ese día me quedé en casa para hablar con mi hija menor. Necesitaba saber desde cuando ella sola estaba enfrentando esa realidad; al mismo tiempo que me recriminaba el haber sido tan estúpida como para no haber tenido ni idea de lo que sucedía frente a mi nariz. Con respeto escuché lo que ella quiso compartir conmigo y le dije que su padre también debía saberlo por su boca.

Nunca he vivido un día tan largo. En cuanto mi esposo regresó a casa, le dije que nuestra hija tenía algo que comunicarle y, por la cara que puso, seguro pensó que su hija se había embarazado, que había reprobado en la universidad, que se había metido en algún problema que no podía resolver por ella misma, que se había peleado con su hermana, o todo eso junto.

Cuando nuestra hija le informó que era gay, él quedó aún más sorprendido que yo y lo único que pudo decir fue “hija, yo no estoy de acuerdo con eso”. En ese momento y sin discutir, ella entró a su recámara, recogió una maletita que ya tenía preparada y dijo que si no estábamos de acuerdo con su preferencia, en ese momento se iba de la casa. Mi esposo le contestó que, como siempre, ella tenía toda la libertad del mundo para decidir.

Si ya me sentía rebasada y culpable porque no podía acompañar a mi mamá en su ir y venir entre médicos y hospitales, si ya padecía insomnio pensando que la diabetes de mi papá iba a descompensarse con la impresión y si tenía que guardar prudente silencio ante los comentarios de parientes y vecinos que alababan a mi cuñada y veladamente insinuaban que estaba delegando mis obligaciones como única hija, es porque no sabía lo que venía. Todavía me faltaba ver salir de la casa a mi hija menor, rumbo a quien sabe dónde y asumir que lo peor que podía hacer en ese momento era tratar de retenerla.

Ignoraba que mi hija había armado un pequeño programa de control de daños. Unos días antes de asumir su homosexualidad frente a nosotros, había hablado con su madrina –que es la hermana que la vida me regaló-  y le pidió que nos apoyara en el trance. Mi amiga-hermana, aunque vivía en otra ciudad, a través del teléfono se convirtió en un puente de comunicación entre mi hija y nosotros, pidiéndonos a todos que antepusiéramos el amor que siempre nos hemos tenido para restablecer la armonía familiar.

Fueron días muy amargos. Por un lado, sufría la presión de mis hermanos, tías, cuñada, vecinas, para que cumpliera con mis obligaciones de hija y acompañara de tiempo completo a mi mamá; por otro, vivía la angustia de saber lejos y distante a mi hija menor y, para rematarla, en casa sumaba mi sufrimiento al de mi hija mayor y al de mi esposo. Toda clase de sentimientos encontrados nos sacudían y, cuando reconocimos que la homofobia nos estaba nublando el razonamiento, consultamos a dos terapeutas que nos dijeron lo que ya sabíamos: el respeto, el amor, la honestidad son indispensables para aceptarnos y convivir en paz.

Pasó una semana completa en la que, a pesar de los pesares, ninguno de nosotros faltó al trabajo ni a la escuela y mi amiga-hermana seguía en su papel de mediadora para que mi hija se reintegrara al hogar. Llegó el sábado y temprano emprendí las dos horas de camino a casa de mis papás, donde me esperaba un ambiente más gélido que el del Polo Norte. 

Llegó la hora de la comida y nos sentamos a la mesa: mi mamá, mi papá, mis dos tías solteras y yo. Una de mis tías me enfrentó y dijo que todos –y muy especialmente mi cuñada- estaban apoyando a mi madre, mientras yo como buena “comodita”, solo aparecía como visita de vez en cuando. 

Me sentí en confianza y le dije que estaba enfrentando el problema más grande de toda mi vida, que por favor me apoyaran como mis papás las habían apoyado a ellas cuando su mamá se enfermaba y ellas debían ir a trabajar. Les ofrecí a mis tías que iban a contar incondicionalmente conmigo cuando me necesitaran. 

Ante su silencio, busqué la mirada de alguien y nada. No hicieron preguntas ni comentarios. Afortunadamente, en la punta de la lengua se me quedó todo lo que estaba pasando en mi familia. Asumí que ni siquiera por morbo estaban interesados en lo que pudiera contarles. Comprendí que ellos no eran los indicados para compartir algo tan importante para mí.

Cuando regresé a casa, supe que mi hija menor había llamado por teléfono a su papá, que ambos estaban dispuestos a hablar, a preguntar, a responder, a abrazarse, a airear los secretos y aprender lo que fuera necesario para cumplir con una función básica de la familia: estar unidos en las buenas y en las malas. El día de la reconciliación, mi hija mayor me abrazó muy fuerte y me dijo “no la perdimos mamá”.

A pesar de la mastectomía, la enfermedad de mi madre avanzaba devastándonos. Ignoro si en algún momento ella se permitió hablar con alguien de sus miedos, de sus dolores; conmigo no lo hizo. Como no podía acompañarla en el día, saliendo del trabajo, me iba a dormir a su casa. A través de un amigo oncólogo, yo obtenía medicamentos controlados para hacer más llevaderos sus dolores. Con honestidad reconozco que mi aportación fue tan exigua como la de una gota de agua para apagar un incendio y me rendí ante la muralla de silencio que se levantó alrededor de esta vivencia.

La madrugada del 9 de diciembre, como tantas otras noches, yo dormitaba en el suelo acostada en una colchoneta junto a la cama de mis padres. Cuando dejé de escuchar su respiración, avisé a mi papá y a mi hermano mayor que, por fin, mi mamá había encontrado su paz.

 

¿Qué opinas de este texto? Escribe aquí tus comentarios o envíalos a diana.perez@demac.org.mx

08 Sep19:15

comentario

Por marian (no verificado)

leer historias que de alguna manera hacen fuertes a las mujeres y que las puedes transformar en experiencias te fortalezen y aprendes de lo que pueden regalarte estar en una pajina como esta es algo que me agrada y espero no sea la unica vez saludos