Deshielo
El avión iba en descenso entre las montañas del monte Ruten Uul. La nevada no cedía y su manto cubría todo el panorama haciéndolo blanco puro. En la estación de desembarque, un jeep Mercedes Benz con chofer esperaba llevando a mi esposo que con ansias aguardaba mi llegada.
Todo era frío también cuando caminaba por los pasillos del aeropuerto. Había una temperatura de menos 39 grados. Afuera había una planicie sin fin, blanca por la nieve y sobre el hielo duro de la callecita estrecha nos dirigimos a la “ciudad de hielo”, Ulan Bataar. Con el abrigo cerrado a la altura de la boca, gorra, guantes y un chal para cubrirme la nariz, me cuidaba de lo que días anteriores me habían realizado en México: una microdermoabrasión muy fuerte. Sufría de un dolor agudo en la cara y el dermatólogo en Alemania me había advertido que podía agudizarse más con el frío. Mi estado de ánimo era muy bajo, lo último que hubiera deseado era viajar, pero cumplía la promesa de reunirme con mi esposo, a quien no veía desde tres meses atrás.
Observaba todo lo que estaba a mi alcance: el paisaje y la gente. Me sorprendía que todos anduvieran por doquier mucho menos abrigados que como yo andaba. Incluso, algunos esperaban servicio de transporte público y estando parados no se les veía tiritar como yo lo hacía dentro del auto que se desplazaba a una velocidad de 30 Km. por hora. Aún no lograba estar a una temperatura cómoda. Y, ¿qué pensaría la gente que me miraba tan tapada?, en fin… En ese momento reflexioné sobre mi primera impresión de Mongolia, de lo bello que era conocer otras costumbres y gente de otros países, y la gran oportunidad de vivir tal vez otras aventuras.
Ya en la ciudad, me percaté de que sus calles eran muy anchas y sus obras de arquitectura rusa muy grandes, contrastando con los pequeños monumentos de origen chino. Resulta que hasta 1992 había dos partes, el “Pueblo Republicano Mongol” o bien la llamada “Mongolia Exterior”, ocupada por los soviéticos, y “Mongolia Interior” o Provincia Autónoma, dominada por los chinos que de autónoma no tenía nada y que ahora solo la formaban una minoría.
El tráfico sin embargo nos había detenido a causa de una inmensa manifestación. Los mongoles exigían al gobierno con pancartas y altavoces. Se les veía desesperados pero yo no podía entender ni un ápice lo que decían. Llegamos al centro, escoltados por la policía, a un edificio moderno construido por un alemán, donde en el primer piso se encontraba un Brauhaus, un restaurante tipo “Bier Factory”, y en el cuarto piso nuestro departamento.
El departamento era sumamente cómodo, amplio y moderno, y además tenía una “muchacha” que hablaba inglés. Desde entonces me sentía ahí como en mi cueva de la cual no quería salir. Mi esposo me llevaba a centros comerciales y mercados, pero lejos de animarme me deprimían, ya que los muy pocos productos comerciales de primer mundo eran aún mas caros que en el primer mundo y en el mercado, que se encontraba bajo techo pero aun así era un congelador, la mercancía era una revoltura de lo que los países asiáticos producen, por ejemplo: sandia de china, incolora o sin los colores vivos a los cuales estamos acostumbrados, y por esto mismo sin lo apetitosa que pudiera ser. Prácticamente casi no había frutas ni verduras, y las que había se veían mal aunque ya probándolas sabían bien o por lo menos uno se hacía al ánimo de que sabían bien. ¿Que nos quedaba? O eso o nada…
En una colonia amurallada, americana, donde el embajador de Estados Unidos residía, se encontraba nuestro club. El Fitness Center, alias gimnasio, con jacuzzi, sauna seco y de vapor, se había convertido en otro de mis refugios. Tenía hasta cancha de tenis, lo malo es que era abierta o sea sólo para el verano y estábamos en pleno invierno.
Aquí la gente así creció y así vive, me decía continuamente, y hasta las chicas andaban sobre el hielo de las banquetas con tacones puntiagudos y altísimos; son cosas que no me explicaba porque yo me resbalaba cada vez que andaba por la banqueta y no lograba el balance necesario ni con botas con suela anti derrapante. Ustedes pensaran qué locos estamos y por qué venimos a vivir dos años aquí, ¿verdad? La razón es tal vez muy simple; eran los últimos años de trabajo de mi esposo antes de la jubilación y en un proyecto en el extranjero podía ganar más. Además, él decía estar muy aburrido de su trabajo en Alemania haciendo siempre lo mismo.
Ese febrero cumplía 60 años y yo deseaba también organizar su fiesta. Se llevó a cabo el festejo, sumamente hermoso, con sus colegas mongoles y alemanes, y alguno que otro demás extranjero. Recibió múltiples regalos y la pasamos muy bien, lo único que me sorprendía de vez en cuando eran risitas y comentarios de las mongolas que no entendía. Pensaba sólo que se dirigían a mí, pero yo ni en cuenta. También me sorprendió mucho que mi esposo no me llamara a la hora de dar su discurso de agradecimiento, quedando yo atrás de la rueda que había formado la gente invitada, y que ni siquiera me mencionara a mí en los relatos de su vida. Son escenas que después asocié y me di cuenta de lo sucedido, pero que en el momento de la fiesta inadvertí. Los días pasaron y me desesperó mucho que no hubiera intentos por llevarme a restaurantes o a eventos y demás. Llegaba a comer al departamento y después, por la noche aparecía malhumorado, dejaba su portafolio y me decía: “¿ya estás preparada para ir al gimnasio?”.
La vida sólo era eso y si acaso salíamos era a restaurantes vacíos y pobres. De comida miserable. Mis ganas por estar allá cada vez se hacían menos. No tenía amigas, ni contactos. No podía hacer nada. Vivía entre cuatro paredes, aprisionada y con dolores de cara cada vez que salía a la calle.
En mí no hacer y en mí no vivir, comencé a leer todos los documentos que me encontraba en el departamento y ¡oh sorpresa! No solo me enteré de los lugares bonitos, sino de todos los lugares que frecuentaba él en mi ausencia. Además de obviamente, acompañado.
Todo se hizo trizas de repente… escribí en aquel entonces esto:
“Vidrio que se rompe en cachitos y se hace trizas con pensamientos oscuros y de enojo. Premeditadamente se tomauna de tres lámparas de distintos tamaños que cuelgan del techo sobre una mesa del comedor y se hace chocar una con la otra.Los vidrios centellean, explotan los focos y la luz se apaga al unísono de luces relampagueantes y estrellitas blancas de los minúsculos pedacitos rotos que van cayendo. Como un chorro de agua materializada, como pensamientos dulces ya amargados, tristes, defraudados.Sentimientos encontrados vacían el alma en un suspiro porque las creencias buenas con el tiempo vuelan y se alejan… dejando a quienes lo adolecen, en soledad.
Ya en el piso de la habitación caótica todo dialogo está de más… Ya todo está deshecho, las ilusiones rotas del amor.
Conocerse a veces duele, profundizar en lo más oscuro del ser.
Mejor sería la ilusión vana de sentirse siempre amada.
Mejor sería vivir siempre en la luz y enel brillo del colorchillantey del humor rozagante de dicha, euforia, risa.
¿Podrá ella de nuevo confiar en el amor, cuando ya ni siquiera ella misma se encuentra, ni en ella confía?
Se desvanece la luz, uno y mil pedacitos ahora van cayendo de su pensamiento y, la niña que habita en la mujer, llora. Haciendo confundir sus lágrimas con lo duro, frágil y amorfo del vidrio roto”.
Confieso que fue duro para mí. Pensé tener mi vida ya resuelta y ésta me daba un bofetón. Lo peor se agudizó cuando le pregunté a mi esposo si me amaba y me respondió que no.
Pasaron días de muchos pleitos y rompimientos, de muchas creencias. Mi esposo enfermó. Su corazón ya no le respondía igual, tenia arritmia. Empezó a pedirme perdón aunque nunca admitió nada grave. Veía a su colega por cuestiones del trabajo, por cuestiones del trabajo la invitaba a los mejores y caros restaurantes y por cuestiones de trabajo frecuentaban la opera y ballet. Mi esposo entristeció, vivía ya de pastillas, hospitales y doctores. Sufría de depresión y yo de despecho. Era como una historia sin solución y yo le pedía renunciar al trabajo, regresar a Alemania.
Como buena Adelita, a la mexicana, hablé con dicha colega de mi esposo y la corrí del trabajo. Ella también negó todo y sólo admitió las invitaciones que ella aceptaba porque era sola, pobre, abandonada por el esposo, con un hijo y una madre que mantener.
Hice que mi esposo me diera un trabajo en su proyecto si acaso renunciar le costaba demasiado en dinero y prestigio. Hablé con sus colegas y directores en Alemania y ellos me apoyaron, supongo que no querían escándalos. Y comenzó una nueva vida para mí con oficina, traductora alemán-mongol, colegas, amigos, fiestas y eventos en embajadas y demás. Me ocupaba de la publicidad de todas las empresas que manejaba el proyecto alemán. Conmigo se realizaron los libros que editaron para las empresas de construcción, moda, madera, imprenta…
Las relaciones con mi supuesto jefe, mi esposo, mejoraron. Nunca supe si fue mentira o verdad lo sucedido. Tampoco nunca reconoció haberme algún día dicho que no me amaba. Después de dos años regresamos a Alemania y yo me dediqué a hacer una carrera en las mejores academias de Cosmiatría del mundo que estaba en Colonia. Imposible describir la alegría y contagio que trajeron a mi vida aquellas jóvenes colegas. Me gradué con muy buenas calificaciones, cosa que fue mucho orgullo por ser de las pocas extranjeras del idioma alemán que lograba esto. De mi hobby, la pintura, hice un trabajo que me llena hasta la fecha de placer y del que me he ocupado desde entonces montando exposiciones en Alemania y México.
No sé en realidad si esta es una historia de dolor, sólo sé que es una historia donde me reinventé, donde me sentí obligada a salir de la zona de confort, a través de la que de crecí y conocí otras facetas de la vida.
Es como si… a la jovencita de mí le hubieran pasado 100 años de arrugas y de canas, para luego salir de la ancianidad y pasar a ser una nueva jovencita… Obviamente que ya no lo soy, pero queda la vibra de ser joven por siempre.
Martha Schumacher
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De cristal y acero estamos
Por Cristal y Acero (no verificado)De cristal y acero estamos hechas nosotras las mujeres. La fragilidad y la dureza conviven con nosotros día a día. Leer tu secreto, leerte ha sido confirmar lo que vi en ti el día que te conocí en persona. Sensibilidad y fortaleza en tu corazón. Todos cargamos un costalito lleno de memorias, lo bueno es que ahí caben las buenas y las malas. Escribir es una manera de SANAR.
Me gustó mucho lo que escribiste, no así el motivo, pero es la vida y hay que aprender a vivirla. Un abrazo grande Martha.
Empatía
Por José Miguel (no verificado)Recuerdo que una vez te escribí y te decía lo siguiente:..." tu rostro dice muchas cosas de tí y sabes que es el espejo de tu alma.... y no te digo más por si acaso me digas que soy una especie de mago Merlín...".....
Y no me equivocaba. Sabía que detras de ese bello rostro y a pesar de la microdermoabrasión, había un corazón astillado como un " Vidrio que se rompe en cachitos...". Pero, querida amiga, te levantaste, hiciste, como se suele decir, de tripas, corazón y te reinventaste... Si. Es una historia de dolor pero también de curación y con eso me quedo. Y el otro día te decía también que tu rostro había cambiado. Que lindo es descargar de nuestra mochila viajera, el rencor, la venganza, el despecho. Y sustituirla por ilusión, ganas de vivir, coraje..... es la única forma de empezar de nuevo, de quitarte años de encima y seguir siendo joven por siempre.
Un fuerte abrazo tan grande como la distancia que nos separa.
Aqui, un amigo. José Miguel