Vorágine
Todo empezó un año antes de la muerte de mi padre. Nadie de la familia sabíamos que estaba enfermo, cuando él se enteró se aisló de todos nosotros, estaba muy asustado porque no quería morir, sabía que era inevitable, iba a morir mucho más pronto de lo que nuca hubiese imaginado. En lugar de confiarnos su tristeza, se encerró como una ostra en sí mismo y transformó su miedo en agresividad. Se enojaba fácilmente y quería estar solo.
Él, que nos enseñó que Dios no existe, visitó varias religiones intentando encontrar respuestas para clamar su desasosiego; visitó incluso a brujos y por supuesto éstos le dijeron lo que quería escuchar, alguien lo había embrujado. Un día lo encontramos escarbando todo el jardín, escarbó y escarbó, removió la tierra y todas las plantas en busca del objeto escondido embrujado. No era sólo tierra lo que removía cada vez que metía la pala, hurgaba en lo más profundo de su ser; no sé lo que buscaba dentro de sí pero nunca encontró el objeto embrujado. El cansancio de tanto remover y escarbar ya nunca más lo dejó, su cuerpo perdió fuerza cada día, perdió peso y su espalda se encorvó, su mirada se volvió turbia. Recuerdo esa mirada introvertida, desesperanzada, muerta.
Nunca tuvo el valor de decirnos a nosotros, sus hijos, que estaba enfermo, que iba a morir; tampoco tuvo el valor de decirnos que nos quería, probablemente eso nos hubiera importado más que todos sus prejuicios y sus miedos; podríamos haber desmentido sus miedos.
¡Valor! Cómo pedirle valor a quien está a las puertas de la muerte; era mi padre y sí, me hubiese gustado que hubiera tenido el valor de no dejarse consumir por la estúpida tristeza y el miedo inútil.
Sergio murió a los 36 años. Mi padre se fue desde un año antes. Cuando finalmente murió, la tristeza fue grande, pero aparentamos de algún modo que no, e intentamos vivir como si fuéramos muy fuertes.
Luego nos enteramos que mamá también estaba enferma y también iba a morir más pronto de lo que todos hubiésemos querido. Mi madre no cometió el mismo error que papá, ella nos dijo que nos quería y nos hizo prepararnos para su partida.
Cuando mi madre murió, perdí también a mi familia, a mi hermano, a mis tíos, a mis abuelas; ellos estaban vivos, pero el dolor que todos sentíamos era tan profundo que nos cegó y nos impidió ver más allá de nuestros propios y miserables sentimientos.
Me sentía muy sola, me dolía el estómago de la angustia, sentía que las entrañas me quemaban; sabía que mucha gente me quería pero nadie podía ayudarme a llenar ese hueco en mi pecho, a desatar ese nudo en la garganta y a quitarme ese maldito frío que me tenía tiritando todo el tiempo, frío que sentía en lo más profundo de mis huesos, que entumía mis manos, mis rodillas y adormecía mis sentimientos. Siempre tenía ganas de orinar y me era muy difícil aguantar para llegar a un baño; recuerdo tener que bajar del metro, del autobús, salir de clase, caminar rápido, correr, intentar volar con tal de... llegar.
Me dolía ver a mi hermano sufriendo, realmente me dolía el cuerpo. Mis torpes intentos por decirle que lo quería y que me permitiera ayudarle eran inútiles y propiciaban situaciones que nos hacían sentir peor a los dos. Cada vez nos hablábamos menos, nos alejábamos más, ya no nos conocíamos. Me ha dolido mucho no poder ayudar a mi hermano y más me ha dolido sentirme abandonada por él; si tan solo me hubiese dicho algo, mi angustia hubiera sido menor.
¡Valor! es lo que reclamaba a mi padre, ahora yo estaba hundida en la miseria. ¡Ya no podía más! Un día decidí que no quería seguir sufriendo por quienes no me escuchaban, me costó mucho trabajo arrancar de mi piel a mi hermano pequeño, a mi abuela y a mi tío. Cada vez que sentía que me quemaban las entrañas, el corazón se me estrujaba y las lágrimas se me agolpaban en los ojos, tenía que hacer otra cosa, moverme, hablar, comer, lo que fuera. Me llevó tiempo, sólo entonces pude llorar, pude asumir mi dolor, aceptar que era enorme pero era sólo mi dolor. Lloré mucho, muchos años. Grité reclamando atención, me enamoré reclamando compañía y amor; tuve un poco de suerte y conseguí compañía y seres que me dijeron que me querían pero no como yo esperaba, no para quedarse conmigo. Aprendí que no se consigue amor reclamándolo y no es cosa de suerte.
Aprendí también que los sentimientos dolorosos se vuelven reflejos, llega un momento en que una no sabe donde empieza y termina el malestar; es fácil sentirse víctima; evitarlo requiere un esfuerzo titánico. Para no odiar hay que desprenderse hasta de las cosas más queridas.
No es verdad que el tiempo traiga consuelo, el consuelo sólo llega si una trabaja por conseguirlo, si una tiene el valor de desenredar la maraña que se forma en el alma.
Me he sentido rota por muchos años. Me llevó más de una década superar los cinco años que duró la vorágine de pérdidas que viví.
Estoy lista para reencontrarme con mi familia. Hay mucho que hacer aún. Lucho cada día por tener valor y dar valor a los seres que amo, no quiero ver una vez más en el espejo esa mirada introvertida, desesperanzada, muerta que vi, por primera vez, en los ojos de mi padre.
Fabiola Vieyra
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