Como Luciérnaga
A veces no lo recuerdo, otras, tengo que hacer un agujero en la tierra para enterrar lo que quedó de sus sonrisas que tanta falta me hacen y un día como hoy me cae de golpe toda la sensación de tristeza y vacío que conlleva su partida…
Fue justo hace dos días, me encontraba haciendo trámites, de esos en los que te piden fotografías tamaño infantil que nunca tienes a la mano. Estaba yo en la búsqueda de pánico de última hora, rascando entre recibos, comprobantes de pago y otros papelitos inútiles que guardo en la cartera. Fue entonces cuando la foto de mi papá salió a relucir y, entre el apuro de la mujer que me pedía la documentación, la fila de personas que irradiaban maldiciones invisibles y mi consternación, se me vino encima el llanto, el olor a oficina, el nudo en la garganta y el desconcierto. Tomé mi carpeta repleta de papeles, ni siquiera voltee a ver a nadie ni valoré las horas que había esperado allí y salí de esa oficina burocrática que tanto odio.
Afuera, me senté en un macetero y me metí a la boca un cigarro casi instintivamente para calmar mi tristeza.
Con la idea de que había perdido un día entero tanto de trabajo como de trámites y maldiciendo las fotografías infantiles que nunca encontré, abrí la mano y ahí estaba, su cara triste, viéndome fijamente y reabriendo un hoyo en el pecho que se encontraba cerrado por órdenes mías.
Respiré como quien se da por vencida después de una larga lucha contra alguien o algo y lo acepté así, dejé salir ese llanto reprimido por años desde que me dejó, ese coraje que nunca quise demostrar a nadie por temor a parecer una niña o mujer desvalida por la partida del “hombre de la casa”. Yo podía sola y así se lo había repetido al mundo cuando me preguntaban con cara de humanidad: ¿y tú, como estás?, yo no sé que haría en una situación así, has sido muy fuerte. Y en un segundo, con el corazón, contestaba: ¿Cómo estarías tu después de que tu padre se da un balazo una tarde tan tranquila como las demás, en su propia cama y dándole el último de los sustos y angustias a tu madre? ¿Cómo crees que estoy si se me fue mi mejor amigo? ¿Cómo te explico que me quedé en medio del camino con tantas preguntas que no le hice?¿Como quieres…. Sin embargo, mis palabras eran otras: Estoy bien, ya me lo esperaba y estaba preparada para esto, además, nadie es para siempre, estoy tranquila de que haya sido él quien decidiera cuándo irse. Lo voy a extrañar mucho, pero ya no soy una niña y sé como cuidarme, la vida sigue. En verdad que he descansado y se me ha quitado un peso de encima, su sufrimiento.
Los años siguientes utilicé las mismas respuestas, con diferentes caras, a veces cambiaba un poco el discurso pero siempre dirigido a: estoy bien. Algunas noches me visitaba en mis sueños, era reconfortante tenerlo unos minutos conmigo, platicándome, abrazándome o simplemente sonriendo. Despertaba con un nudo de sentimientos compuesto de añoranza, tristeza y alegría porque había estado ahí. En realidad nunca supe cómo me sentí, al final terminé creyéndome mi falso discurso para el público y me posé en un estado de “ya pasó”.
Fue hasta ese día burocrático en el que se desató el nudo y las cosas se explayaron por todas partes siendo yo incapaz de traerlas de vuelta a su forma original. Decidí, por primera vez en mi vida, tomarme el día sin que nada me importara y fui reconstruyendo historias, tratando de analizar mis pensamientos y recordando mi pueblo, ese lugar del cual sólo me gusta el nombre y los recuerdos que yo me inventé: “Esperanza”.
Extraño su olor: el fresco de la noche, las hojas meciéndose y seduciéndose entre sí, la tierra mojada. Bastaba con posar mi cabeza sobre la almohada, casi recargada en el mosquitero sabor a tierra, y todo mi mundo se guardaba en el corazón a salvo de la noche, despertaba rejuvenecida y empezaba el día con la añoranza de regresar a casa aun sin haber salido de ella.
El sonido del tren viajaba a través del viento, el canto de los perros trasnochadores se columpiaba entre las horas y atravesaban mi ventana nocturna conformando la orquesta ideal para mis sueños.
Casi cada tarde se me pasaban las horas corriendo hacia la nada, sudada y fresca del alma disfrutaba de la tarde en los jardines de la plaza. Dejaba todo ahí, ni siquiera volteaba a ver qué se me había desprendido, cualquier cosa perdida era una ganancia para mí. Desde ese escenario, frente a mi casa, podía ver entrar y salir a mi abuelo, ese señor que por medio de un silbido casi alegre sacaba el asma que lo ahogaba por las noches. Le gustaba barrer parejito la banqueta, recogía las hojas de los algodones y regaba la tierra y parte de la calle; no perdía la oportunidad de saludar a las beatas que se dirigían a la misa vespertina con el encanto juvenil en un cuerpo de 70 años. Nosotras regresábamos corriendo de la plaza a la casa, a revolotear la tierra mojada de mi abuelo y él, entre todas las nietas, hacía chistes tontos y lo disfrutábamos mucho. Sacábamos las bicicletas y la cuerda y jugábamos toda la tarde, pasábamos horas dando vueltas y carcajeándonos de bobadas, cayéndonos y orinándonos de risa. En realidad, orinándome por la risa, eso me pasaba muy seguido cuando me divertía.
Mi familia, es una familia interesante de la cual se podría hacer un análisis antropológico. Siempre fueron algo misteriosos, disfrutaban mucho del enclaustramiento, de cafés y cigarros por la tarde, de guitarras y sonidos que daban vuelta a la casa. Mi abuela era una mujer fuerte, de carácter aún más fuerte y de tratos a veces bruscos. Le gustaba tocar el piano a las cuatro de la tarde, cuando el sol se reflejaba en el vitral de la puerta de acero y el piso mostraba su color rojizo encendido. El sonido cenizo de mis pies descalzos sobre el piso turbaban a mi abuela y rápidamente lanzaba la sentencia: “ponte zapatos, chamaca, y no hagas tanto ruido al caminar”, seguía con sus manos pecosas en donde se había quedado, sin interrumpir la pieza, fumaba y dejaba el cigarro en el cenicero de cristal cortado. Y así seguía la tarde, las nietas dando vueltas de aquí para allá, la abuela tocando, el abuelo regando sus árboles y el pueblo en calma.
Mi madre se ocupaba en alguna labor de la casa de su suegra, canturreando canciones que le recordaban su tiempo de anónima en la gran ciudad de México, cuando cantaba gotas de lluvia mientras le llovía del trabajo a la casa y se imaginaba un futuro mejor al presente que vivía.
Todo este circo lo montaba para olvidar el ambiente a veces opresivo de aquel domicilio con energías y sentimientos revueltos que, a veces, le daban la oportunidad de sonreír y sentirse en confianza y, en otras ocasiones, la obligaban a refugiarse en los dos cuartos en los que vivíamos.
En el otro lado estaba mi padre, era un hombre metódico, ordenado, organizado, obsesivo, culto, correcto, guapo, inteligente y cariñoso cuando la neurosis le daba algunos días de vacaciones. Siempre atento a nuestras cuestiones escolares, a las calificaciones, a la letra, a la limpieza del cuaderno. Le gustaba oír música clásica por las mañanas y entre cafés y cigarros se iba entre sus pensamientos revolucionarios de antaño que le recordaban su juventud, el movimiento estudiantil, las luchas sociales y la guitarra con letras de protesta. Cuando regresaba de su viaje se encontraba con tres mujeres frente a él; dos juguetonas y una concentrada en la música de jazz. Su estricta forma de hablar nos causaba nervios y, hasta la fecha, la voz de algún hombre enérgico me hace latir el corazón de forma acelerada y eso es algo que no tolero.
Mi padre me dejó muy pronto, aunque lo imaginaba, nunca creí que lo cumpliría, tenía 51 años. El final de sus días llegó una tarde calurosa cuando, en lugar de ir a mi clase de danza decidí regresar a casa con un nudo en el corazón. Llegué y todo el pueblo estaba dentro, los curiosos, los vecinos, los parientes lejanos, los tenderos, la ambulancia, la patrulla, los perros. Un circo montado para el acto principal: “el suicidio de Toño”. Todo el pueblo y sus habitantes terregosos fueron testigos de mi vida, de mis muebles, del olor de mi casa, de mi espacio, de mi padre, de mi llanto duro.
Cuando lo recuerdo, suelto un suspiro, tal vez de añoranza porque estuviera conmigo, de tristeza o de desesperación. Quisiera poder abrazarlo como muchas otras abrazan a sus padres, contarle lo que hice en el día y que me diera uno más de sus consejos que alivian el corazón.
Aunque metafóricamente lo dejé ir, se quedó instalado en mí. A la vez que me sentí inútil y sola, me llené de fuerza para seguir caminando y más tarde descubrí que algo no estaba bien conmigo, que por más cosas que hiciera había estado retardando el enfrentamiento con ese sentimiento. A pesar de los parches de felicidad, me seguía haciendo falta. Y después de varios años, experiencias y pasos dados, justo cuando me encuentro sentada aquí, casi inmóvil, puedo darme cuenta de que esa mujer que se hacía la invisible frente a él fue la base más sólida de mi vida, fue quien, entre cantos, me fue sembrando lo positivo y el amor por la vida, quien con sus besos nocturnos me calmaba las lágrimas que rodaban durante el día. Ella que a veces permanecía sumida en sus pensamientos y recuerdos, estaba presente siempre que él se escapaba a su mundo oscuro. Esa mujer a la que a veces ignoraba ante la presencia de ese hombre, siempre me perdonó todo.
Se me hizo tarde, los autos empezaron a pasar, las personas caminaban apresuradas para ganarle a la noche y yo seguía sentada ahí, en el marco de mi historia, asimilando que era yo una mujer que estaba sola en una ciudad con su propio ritmo, con planes trazados y una fortaleza que me empujaba por más. Me levanté, di un gran suspiro y con él salió esa niña indefensa que se sentía temerosa y deseosa de su papá. Se levantó en un vuelo casi tan mágico y liviano como el de una luciérnaga hacia algún lugar cerca de la luna. Tomé el primer taxi, le indiqué la dirección y, confusa, me fui a dormir. Fue curioso como esa misma noche mi padre me visitó por última vez. Con una sonrisa tierna que denotaba despedida – la misma que me regaló tantas veces- me dio un fuerte abrazo, como antes, y me acarició la cabeza, casi pude percibir el olor a café y nicotina entre sus dedos gordos. Me prometió que todo estaría bien y me deseó felicidad en la vida.
Entre sueños y casi despierta sabía que sería la última vez que lo vería, que aunque lo recordaría siempre, el dolor que producía la añoranza se fue con la niña luciérnaga y lo que quedó en su lugar fue la paz que brinda la resignación.
Esa fue la última vez que lo vi y, aunque todavía lo extraño, se me ha liberado el corazón.
Betz
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Viento mio
Por Anónimo (no verificado)El viento vino a mi, me recordó infancias y lugares olvidados, vidas no vividas y sin embargo tan presentes, tan mías, Me permitió volar en mis recuerdos, en aquellos días soleados, en aquellas calles con olor a ti, con presencia de tu esencia,con aroma a limón con sensación de poder tocar el barro que cubre tu piel que protege tu interior que amalgama la joya mas preciada de mi existencia. Tu, Tu mujer niña alma vieja, viajera de otros mundos viento de mi niñez, fuego de mi juventud, temple de mi presente. Me gusta descubrirte en estos textos, validar lo que siempre supe de ti, lo que nunca pudiste ocultar. Tu historia es mi historia, tantas historias, la historia de nuestro pueblo, de una mujer de bronce como nuestra raza que se forja a base de fortaleza, tenacidad, orgullo libertad eres el fuego nuevo de mis días futuros, eres ella a quien tanto ame y amare, ella que con una letra logra transmitirme olores y sensaciones, ella que me irradia de nostalgia y tristeza mezcladas con felicidad y fortaleza. Así se hace el temple, la mezcla de elementos, el fuego y el agua, los golpes y el tesón logran las mejores piezas. El tallar de tus letras me permite gozar de tu infancia, jugar contigo en la plaza, sentarme a observar a tu abuelo, conocer a la beata lupita entender el infierno en el pueblo, descubrir los sueños coartados, la paz del sepulcro, el olor de tus calles, el Rose de tus pies descalzos, conocer a tu abuela, descubrir porque huyes, porque te llamo viento, porque te amo tanto. Anónimo
Querida Betz: Primero,
Por Marisela (no verificado)Querida Betz:
Primero, quiero decirte que me impresiona la forma en que vas de un tiempo a otro describiendo las historias de tantas personas al mismo tiempo.
Después, decirte que admiro tu valor para hacer público el soltar de tu alma y corazón, ante una experiencia tan dolorosa como ésta. Te mando un fuerte abrazo, querida luciérnaga. No mejor elegido el nombre, chica, pues ahora con un corazón libre, andarás brincando de allá para acá con tu luz divina. Besos,
TE QUIERO MUCHO
Por Anónimo (no verificado)entre lagrimas, risas y la piel chinita leí todo ... me transportaste en el tiempo e hiciste que sintiera nostalgia a pesar de seguir aqui en el polvo y el sonido del tren... con ganas de volver y al mismo tiempo no te quiero mucho