La otra definición
Nací un 17 de julio y soy cáncer. Se dice que las personas de signo zodiacal cáncer somos emocionales, cariñosas, protectoras, simpáticas y con mucha imaginación e intuición, además, que nos gusta el romance. Pero que también somos malhumoradas, calculadoras, autocompasivas, viscerales y susceptibles, con dificultad para olvidar. Dicen que nuestro reto personal consiste en reconciliar el conflicto interno. Me parece que, aunque las características de los signos del zodiaco podrían aplicarse a todas las personas, éstas en particular me reflejan bien: es una descripción bastante acertada de mi ilustre personalidad.
Después de que nació mi hijo, me cambié de país. Mi marido me llevó al suyo en donde de repente me encontré sola y tratando de adaptarme. Fue cuando me diagnosticaron una enfermedad que transforma las células que proliferan de manera anormal e incontrolada: cáncer.
¿Será que el descontrol de mi personalidad me llevó a padecer cáncer? ¿O es que el cáncer padecido me llevó a un descontrol de la personalidad? La angustia y ansiedad crecieron como un tumor maligno, que no se formó en lo físico, pero sí en lo emocional.
Proliferaron en el seno de mis pensamientos situaciones y hechos destructivos. A pesar de querer continuar viendo la vida no sólo como si nada hubiera pasado, sino como un irreal y aberrante paraíso, mis miedos me abrasaron, llevándome a un descontrol inusitado.
Se reflejaron en mi forma de vivir la vida. También en mis relaciones con mi esposo y mi hijo, dos de las personas que más amo en este mundo. El malhumor, la desdicha, la presión, la tristeza, la susceptibilidad, el miedo, todos ellos hacían blanco en mis amados. Me convertí en una mujer manipuladora y chantajista con mi marido después de haber sido simplemente sensible y amorosa. Me convertí en una madre dura, rígida e inflexible tras haberme esforzado en ser una mamá cariñosa y firme.
Me convertí en una mujer paranoica, contagiando un poco de esa paranoia a mi hijo, llevándolo a su vez a chantajearme fingiendo enfermedades y dolores. Afortunadamente me di cuenta y me detuve a tiempo.
El horror de saberme enferma me llevó a exigirme realizar mis sueños a como diera lugar, haciendo crecer mi inquietud como si fuera un tumor en mi cabeza. Me llevó a torturarme y a sentirme culpable por todo lo que había hecho y por lo que no había hecho también. Me hice sufrir a mí misma.
Insomnio, con una vigilia que no me dejaba soñar. Que me hacía pensar que entrar en mis sueños era perder el tiempo. Que minutos y minutos de la vida maravillosa se perdían entre mi respiración cadenciosa y los ronquidos de mi marido. ¿Quién quiere estar acostada cuando hay tantas cosas qué hacer? ¿Para qué dormir si podría estar haciendo cualquier otra cosa, como leer o cocinar? Me dedicaba a hacer un recuento de mis sueños, a pesar de no estar paseando entre ellos.
Me salieron ojeras, aunque hasta la fecha no sé si fue la enfermedad, la angustia, la ansiedad, la depresión o el insomnio. Probablemente todas ellas juntas en un coctel aterrador que estaba menguando mi salud física y emocional.
Lo peor era soñar cosas que en ese momento me parecían inalcanzables. La salud, la estabilidad, la cordialidad, la cadencia entre mis vivencias y mis pensamientos. Soñar el futuro cuando el presente no tenía sueño. Soñarlo cuando se veía perdido. Lo único que quería era vivir y disfrutar la vida.
Finalmente el insomnio se fue y mi sueño regresó cuando supe que sí iba a haber un futuro. Que sí iba a vivir. Y que además iba a continuar sin necesidad de terapias monstruosas, que la vida iba a seguir ahí.
Vida, la palabra mágica que tenía que hacerme disfrutar de mis sueños y de las banalidades del mundo junto con todas las cosas que son o se consideran importantes. Sacar provecho de esa vida como la fuerza interna, sustancial, que me iba a permitir obrar; esa que desde siempre me permitió tener unidos el cuerpo y el alma. Animación, vitalidad, todo parecía retomar su camino.
Pero yo quedé marcada sin darme cuenta de las consecuencias. Me esforcé tanto en gozarla que no me di cuenta de que me estaba ahogando en esa vida, en esos sueños que regresaron con el sueño. Que daba patadas para flotar en lo que se convirtió la marejada de mi existencia.
Me enojé con esos sueños que estaba empeñada en realizar solamente porque se me dio la oportunidad de volver a soñarlos. Sin darme cuenta de que no estaba obligada a cumplirlos a como diera lugar.
Empeño necio y terco que me empezó a frustrar y a hacer insufrible mi vida y la de mis hombres. Mi humor cambió. Mi tolerancia menguó. Mi paciencia se acabó.
Y ellos, mi esposo y mi hijo, terminaron por entrar en mis consecuencias, en el descontrol. Les hice la vida casi imposible. Mi mal humor era tan incontrolable como esas células. Entre más me empeñaba en convencerme inútilmente que DEBIA ser feliz simplemente por estar viva, más descargaba la ira de mi frustración, de mi angustia, de mi mal humor.
Empecé a escribir y eso calmó un poco mi ánimo. Pero la inspiración se acabó y con ella la poca tranquilidad que había logrado.
Entonces empezó mi susceptibilidad para acompañar mi ira. Pasaba de los gritos a las lágrimas sin aviso previo. Ellos... ellos seguían sufriendo, tanto como yo, pero no más.
Cuando por fin pude retomar la escritura, encaminada por mujeres más serenas, empecé a darme cuenta de muchas cosas. La presión salió y mi estado de ánimo se calmó. Escribiendo sobre mí misma me vi forzada a reflexionar muchas cosas.
Entonces mi ánimo comenzó a cambiar, evolucionó. Con la tranquilidad que me da escribir me doy cuenta que no es una obligación alcanzar los irracionales sueños que vinieron con el sueño después de haber vivido el cáncer de mis pensamientos. Empecé a volver a vivir, a disfrutar la vida... MI vida. Esa que entiendo como el todo que conforma mi ser, mi alma etérea y no nada más el control de mis células o la estabilidad de mi cuerpo.
El cáncer comenzó a convertirse nuevamente en mi signo zodiacal, en mujer sensible y amorosa; la vigilia en un descanso reparador, y la vida en lo que respiro todos los días, tratando de disfrutar mi mundo, descansando mi alma en paz.
Cada una de estas palabras tiene un significado diferente y totalmente dispar, pero están estrechamente trenzadas en el pedazo de mi vida que más me ha dolido vivir. Cada una de esas palabras tiene un significado, una definición.
Definiciones todas que me ponen temblorosa por las vivencias, conflictos y verdades a los que me encararon. No fue fácil ni lo ha sido hasta ahora, pero hoy puedo expresar todo lo que siento. Puedo darle forma de palabras a mis sentimientos más íntimos para perdonarme y pedirles perdón a ellos...
Ahora sé que esas palabras tienen también otra definición. Cáncer: mujer amorosa y tolerante. Insomnio: otra forma de despertar a los sueños. Vida: mi lugar para vivirlos simplemente, día a día.
Adela
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comentario al "Tercer secreto" de Adela Cisneros.
Por Adela Medina (no verificado)Hola Serenas:
El escrito de Adela Cisneros, me conmovio profundamente, sobrio y contundente, una historia que estaba ahi, contandome vivencias que yo crei habia compartido con ella desde mis huesos, y que al leerla, me hizo ver otras cosas, me di cuenta que al sumirme en mi propio dolor y miedo, lo unico que yo queria ver de ella era su valentia y su casta. Alma milenaria esta hija mia bienamada.
Te amo, mi mami entrañable y
Por AnónimoAdela Cisneros (no verificado)Te amo, mi mami entrañable y adorada. Gracias por haber estado y seguir ahí. Gracias por compartir tus sueños ybdejarme compartir los míos. La distancia duele pero no importa: tú y yo seguimos siendouna. Cómplices amorosas. Si no hubiera sido por tí, no sé qué hubiera sido de mí cuando la pesadilla se acabó. Te amo, mi mami entrañable y adorada.