Mónica Díaz de Rivera A.
El agua apenas alcanzaba a golpear las rocas y un remedo de espuma lamía las piedras a la orilla del lago. El paisaje era perfecto, a las seis de la tarde todo el mundo había huido con las primeras brisas: a la gente le gusta mucho quemarse al sol, pero no soportan la posibilidad de un resfrío. El sol se empezó a poner rojo cuando decidí, al fin, a bajar del coche. Era una promesa y debía cumplirla, así debe ser ¿o no Federico?
Conforme nos acercamos al pequeño muelle un aire fresco empezó a golpear mi rostro y a dificultarme la respiración, sin embargo, apresuré el paso.
¿Te parece bien que lleguemos a la punta del muelle, Federico? Ya sé que tú preferirías pasear un rato por la orilla, pero en esta ocasión creo que todo puede apreciarse mejor desde ahí. Por fortuna tengo puesto el abrigo y el frío no alcanzará a perturbarme. ¿Te acuerdas en dónde lo compramos? Fue hace doce años, cuando te acompañé en aquel viaje que hiciste a Los Angeles. No querías que fuera, debía cuidar de los niños y tu mamá estaba delicada de salud. Pobre doña Prudencia, si estuviera aquí ya se estaría quejando del reuma. Menos mal que sus últimos días los pasó con Sandra, tu hermana, en Cuernavaca y no en la capital con nosotros. ¡Mira que era difícil tu madre!: Soledad, a mi hijo no le gusta comer picante, procura aprender a cocinar con menos grasa. Soledad, las verduras son salud, no me extraña que Federico se queje tanto de tu comida, ya me haré yo cargo de que se alimente bien cuando regrese conmigo, seguro te deja en menos de un año...siempre la pusiste por encima de mí, la querías tanto...
Me gustaba la sensación de libertad que sentía en esos momentos. Mis pies pisaban fuerte el otrora resistente piso del embarcadero. La madera crujía lento al sentir mi peso, suave, rítmica, estimulante. A través de sus rendijas podía ver el agua mientras se filtraba por ellas un aire húmedo que se enredaba en mis piernas.
Sabes, Federico, tras veinte años de matrimonio, sólo recuerdo haberme sentido amada una vez: la noche de nuestra boda. ¿Te acuerdas? Me trajiste a este mismo lugar. Ocupamos una pieza en el hotel tres estrellas cuya ventana se abre sobre la orilla del lago. Hacía calor y te empeñaste en que durmiera desnuda, hicimos el amor muchas veces… Y nos prometimos volver, volver siempre, mirar el lago juntos desde la misma ventana hasta la eternidad, regresar a la magia de la luna reflejada en tus ojos y en los míos...
Al llegar al extremo del embarcadero tomé aliento. Lejos, en la ribera, una pareja. Una niña pequeña, con un vestido blanco, se entretenía en la arena. No parecía levantar castillos, ni dibujar princesas, ni caballos, ni astronautas con su pala; en cuclillas, miraba el agua. Al igual que yo, parecía extremadamente solitaria y el agua seguramente le inspiraba, como a mí, cierta curiosidad.
¿Qué crees que siente el agua cuando acaricia las piedras de la orilla una, y otra y otra vez, Federico? No te vayas a reír de mí, pero creo que esa constante es una de las más sensuales en la Naturaleza. El agua me acarició así a veces cuando me enviaste con los niños a la playa unas vacaciones. Tú tenías trabajo, no pudiste acompañarnos. Tampoco pudiste amarme a caricias y de estreno nunca más. Me poseíste, me penetraste y te clavaste en mí entre abrazos discontinuos, fugaces, breves…, y prometiste, prometiste que volveríamos al lago alguna vez, al menos por una última vez...
Me detuve en seco. Levanté la vista para observar un cielo ensombrecido y colérico ante la ausencia del círculo rojo que estimula sus amaneceres. Un grillo madrugador cantó a lo lejos. Fue entonces que comencé el ritual: destapé la urna de madera con dedos ágiles, sin tropiezos; con furia. Introduje la mano derecha en la caja y palpé a un Federico sumiso, volátil, sometido a la presión de mi pulso ardiente y lleno de vida.
¡Aquí estamos, Federico! ¡Hemos vuelto al lago! ¡Yo te conjuro a permanecer aquí siempre, lejos de mi vida, por la eternidad! Hago llegar al agua tus cenizas, Federico. Y ahora tendrás que cumplir tu promesa de amarme de nuevo en este mismo sitio, bajo la misma luna. ¿Te dije que me puse el abrigo, verdad? Sí, lo traigo encima de una piel violentada, urgida de besos, hambrienta de deseo. Vengo desnuda, pero no para ti, sino para el agua, para sus caricias. ¡Acaba de caer de una buena vez que yo caeré contigo! ¡Mézclate con el agua!, así, así... ¡no tienes oportunidad, Federico! Ya cumplí mi promesa y ahora tú deberás hacer lo mismo. ¡Júntate con el agua y penétrame con ella en esa constante!
Eres polvo, Federico,... al principio y al final eres polvo, aunque no polvo enamorado.
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Comentario
Por Roberto (no verificado)La frase "Sabes, Federico, tras veinte años de matrimonio, sólo recuerdo haberme sentido amada una vez:", me parece toda la novela, una frase fuerte, tremenda, buena. De poco tiempo para acá he venido poniéndome al tanto de la literatura hecha por mujeres mexicanas, para mí ha sido todo un descubrimiento. No sabía, lo confieso, que hubiera tanta calidad y abundancia de narrativa. Me gustaría leer varios de los libros de los que he leído tan sólo unas cuantas líneas por aquí. A lo largo de mi vida, acaso no muy larga, pero sí llena de muchas lecturas, me siento con cierta capacidad crítica para valorar una buena literatura de lo que es sencillamente puro malabarismo sintáctico o puro ejercicio de los rudimentos tradicionales de la narrativa. Creo que la verdadera lliteratura sólo se puede hacer cuando se tiene algo que decir. Las historias de tantas mujeres de vidas tremendas son materia prima de valor, ya no sólo literario, sino como claves para entendernos entre nosotros y ellas.
Gracias por tanta sinceridad y buena literatura.
Saludos cordiales,
Roberto
Muchas mujeres vivimos
Por Xochitl (no verificado)Muchas mujeres vivimos amando, dando caricias, besos y abrazos, pero también vivimos esperando ser acariciadas, besadas, amadas, y pasa el tiempo y eso no llega; pero insistimos en quedarnos ahí en tener la esperanza de que algún día suceda.
Realmente este cuento me hizo reflexionar sobre mi vida, gracias es muy bonito.
comentar a soledad
Por Anónimo (no verificado)Parece la vida de miles de mujeres: promesas no cumplidas, sueños volátiles, amargura contenida, vida sexual apenas perceptible. Cuan ilusas, cuan desilusionadas existimos; tal vez existimos para todos menos para nosotras.
Me encantó, hacerle cumplir la promesa de cualquier manera.
Felicidades.