Aprendí a escribir con los métodos de las escuelas de los sesentas en el siglo pasado. Hoy me recuerdo de niña, en el kínder. Estábamos quietos, mirando cómo dibujaba las letras del alfabeto el compañerito que ya se las sabía todas. Sentí el impulso de copiar los caracteres y al momento de tomar el lápiz, recibí un manazo en la mano izquierda.
En la primaria, Azela nunca tomaba el dictado con la mano derecha. La critiqué pero ella se defendió. “Yo soy zurda”, son palabras que todavía suenan en mi mente y que con los años fueron cobrando significado porque fui descubriendo que encerraban un regalo para mí.
En casa, mamá exigía que ensartara una aguja. Con toda el alma quería dejar de ser una idiota, pues ese calificativo lo recibía porque el hilo no entraba, hasta que mi carcelera de lujo se descuidó. Entonces cambié, dirigí el hilo con la izquierda y la aguja quedó ensartada. De inmediato me puse a coser.
A los quince años me divertía leyendo los encabezados de los periódicos que los expendedores ponían al revés. Reparé en que no me costaba trabajo encontrar revistas colocadas de cabeza. Así aprendí una estrategia de presión que parecía inofensiva: de ese modo conminaban al lector inoportuno a comprar el material, pero yo tenía el poder de leer las revistas como las pusieran.
Una compañera de la prepa me dijo:
Regresé a casa perpleja. Entonces ya sabía que para exprimir un trapo durante las faenas de limpieza, tenía que poner la izquierda por delante. Si hacía lo contrario el trapo no quedaba bien. Seguía ensartando las agujas con la izquierda y cuando cruzaba los brazos me sentía mucho más a gusto si el brazo izquierdo quedaba encima.
Tuve problemas con aritmética y matemáticas. Siempre alimenté curiosidad de por qué con la izquierda no, en todo lo que se refería a actividades que requieren precisión. El lapso comprendido entre mis cumpleaños 27 y 28 fue un tiempo difícil. Decidí que mi curiosidad se vería satisfecha ante la desaprobación general. Dormía 12 horas diarias, perdí dicción, me volví tartamuda. Todo mundo, alarmado. Hubo quien dijo: “En cuanto esa muchacha se case, terminarán las inquietudes raras”.
Como el galán les urgía más a ellos seguí practicando y poco a poco recuperé mi tiempo de sueño, cedió la tartamudez y la dicción regresó. Aprendí a escribir de zurda, y la letra que tengo es como la que tenía en primaria, antes de desarrollar la llamada “Palmer”, que me salió hasta que iba en quinto de primaria.
Sé que nunca voy a tener con la izquierda una linda escritura, pero es legible y puedo tomar dictado, puedo registrarme en la recepción de una dependencia aunque traiga la diestra atiborrada de cosas, la vida en ese sentido se me ha vuelto muy cómoda. Puedo adaptarme a cualquier espacio.
Crucé la barrera que me pusieron. Ahora disfruto lo que es legítimamente mío poniéndome a escribir de zurda cuando tengo algún problema y no puedo hallar la solución. Parece magia, pero creo que mi mano izquierda es genial.
Madame Grogneur