Talladoras de Palabras

Abril, 2010

Segundo secreto Silvia

La resurrección

Me entusiasma pensar que podría reconstruir mi pasado usando como guía, o incluso como material de construcción, las frases de algunas mujeres. También me da miedo no recordarlas, o recordarlas pero no haberlas hecho mías en los hechos, es decir no haberlas “aplicado” correctamente en mi vida.

Lo que es claro para mí es que, para frases… las de mi abuela. De eso no tengo la menor duda.
Mi abuela materna era la fuente, mi fuente, por excelencia de refranes, palabras raras (hoy diría en desuso), ocurrencias y por supuesto frases fuertes, de una contundencia brutal: podían hacer feliz a alguien o simplemente acabar con él o ella.

Recuerdo entre muchos, un dicho popular que a ella le encantaba: “El que por su gusto es buey, hasta la coyunda lame”. Yo no creo que en ese tiempo haya entendido bien el significado, pero sí que comprendí perfectamente que con mi abuela “poco y bueno”, por cierto otra frase muy de ella que siento ahora muy mía.

Las palabras antiguas también marcan. Decir cosas como “chipiturco” en vez de suéter o chamarra; referirse a una bolsa como “talega”, o comentar que yo preparo mis “menjurjes” hacen que una suene rara. Cuando repito esas palabras segura estoy que llevo conmigo el distintivo de las mujeres viejas de mi familia.

Sobre las frases ¿qué decir? No siento que me hayan marcado, sino forjado. Recuerdo que mi abuela me dijo “no te dejes, nunca te dejes”. Ella lo repetía convencida; era un consejo pero a la vez una orden: no te dejes. Creo que lo subyacía en la frase era: no hagas lo que yo, no permitas lo que he permitido yo ¡tú no!

Y así ha sido. Yo nunca “me he dejado”. Llevo conmigo la imagen de su rostro duro, serio; su mirada inquisidora. Pero también su dulzura a su manera. Y eso de ella que soy yo no me permite ser débil. Yo no me dejo; con esa postura y desde ella busco que otras “no se dejen”.
Los resultados de este comportamiento son muchos, yo diría que son buenos los más. Sin embargo los menos en cantidad no son menos en consecuencias; estar sola, sin compañero-pareja es una de ellas. La asumo tranquila pero no del todo feliz.

Ahora recuerdo una frase de mi madre. Ella siempre ha sido la figura amorosa de mi vida. Durante todos los años en que vivimos separadas, nuestra comunicación telefónica era intensa y frecuente. Yo solía bromearla diciendo que cuando hablaba con ella, la bocina chorreaba melcocha… y ella siempre seguía hablando igual, con infinita ternura.

Cuando yo era niña, me gustaba preguntarle cosas. Recuerdo que una vez, le pregunté qué tan grande era el cielo, respondió “es grande, grande, tanto que no alcanzamos a verlo todo” Yo volví a preguntar “¿me lo regalas?” Y ella dijo “es tuyo mi niña”.

Sentada en sus piernas el cielo era mío. Mi madre era el refugio por excelencia: en su cuerpo encontraba siempre espacio para acurrucarme y su forma de tocarme siempre ha sido suave, amorosa.

Tengo pocos, poquísimos recuerdos tristes. Mi infancia fue muy feliz y lo fue gracias a mi madre.
El cielo es mío. Ella me lo dio hace más de 40 años y todavía tengo mucho que hacer, mucho que explorar de ese espacio de mi propiedad.

Finalmente, recuerdo que he visto y escuchado a muchas mujeres decir cosas que me han hecho reflexionar y aprender. Aunque repetida hasta el cansancio, la famosa “una mujer no nace, se hace” de Simone de Beauvoir me sacudió cuando la leí la primera vez en la universidad, aunque ya no era tan joven. Igualmente identifico el famoso “cuarto propio” citado a partir del ensayo de Virginia Woolf, como una figura que reafirmó mi propia visión de lo que yo debía tener: autonomía.

También viene a mi memoria la frase de un actor que cerró una entrevista respondiendo a su interlocutor con una pregunta: ¿de qué lado del mundo estás?, pregunta que reavivó mi radicalidad y desató mis luchas internas por el equilibrio y la flexibilidad que sigo buscando.
Sin embargo, creo que una de las sentencias que más han delineado mi comportamiento, generosa e inquietante a la vez, fue la respuesta de mi madre a otra de mis preguntas: mamá, cuando yo sea grande ¿puedo hacer lo que yo quiera? A lo que ella contestó: “tú puedes hacer lo que tú quieras”, y además agregó: “y ser lo que tú quieras”.

Esa doble sentencia “hacer y ser lo que yo quiera” la he llevado en mi vida como la afirmación más contundente e irrenunciable. He hecho lo que he querido. He sido, ni más ni menos, lo que he querido.

No puedo decir que estoy satisfecha, porque siento que me falta mucho que hacer, decir, aprender, sentir, compartir… pero asumo totalmente la responsabilidad por lo que obtengo y por lo que dejo ir.

He sido bendecida por el Universo en las palabras y en las manos de mi madre y de su madre. Agradezco infinitamente por ello.

Pero no todo está resuelto. Llevo conmigo, junto con las palabras que me marcaron, las contradicciones y las preguntas; los sinsentidos y las rabias.

Vivo con lo que yo he querido ser e irremediablemente con lo que ellas siempre quisieron que yo fuera.

Silvia Elena Llaguno
Marzo 17, 2010

23 Abr22:28

ME GUSTO MUCHO TU ESCRITO...

Por Anónimo (no verificado)

Es muy gráfico,continuo y motivados contiene frases fuertes, poderosas: El cielo es mío...

Harás y serás lo que Tú quieras ser...son sencillas, claras profundas.

He sido bendecida por el Universo...así me siento...soy muy afortunada.

Y aún queda camino por recorrer y muchas historias por vivir y escribir.

Enhorabuena colega

 

 

 

 

26 Abr09:45

Respuest a comentario

Por Silvia Elena Llaguno (no verificado)

Colega,

Mil gracias por dedicar tiempo a comentar mi texto. Tus palabras me hacen sentir muy feliz y con ganas de seguir escribiendo.

Y sí... falta mucho que vivir y contar.

¡Saludos!