La reina de la escuela
Yo corría cuesta abajo por las escaleras de la escuela cuando casi choco de frente con la maestra de inglés. Ella se paró en seco sorprendida más por mi aspecto que por el sobresalto del encontronazo; resulta que yo llevaba puesta una sudadera como dos tallas más grandes, pantalón de mezclilla azul muy viejo, muchos aros en las orejas simulando arracadas, además de que múltiples trencitas hacían el papel de peinado en mi cabeza. La maestra me miró de arriba abajo y me preguntó que qué clase de vestimenta era esa, yo guardé silencio, ella movió la cabeza de manera desaprobatoria, dio la espalda y se regresó para gritarme cuando yo ya iba lejos “¡Con esa cara tan linda serías la reina de la escuela!”. Alcancé a escucharla y esas palabras quedaron vibrando en mi mente, pero no lo quise reconocer, cómo iba a ser yo una niña linda si no era más que una escuálida figura andante; cómo iba a ser linda si apenas tenía unas cuantas monedas en la bolsa que debía apretar para que me alcanzara para ir y regresar de la casa a la escuela y viceversa, no podía serlo, ni mucho menos creerlo; si me dolía la cara porque mi pobreza me avergonzaba, nunca iba a poder compararme con mis compañeras de brillantes melenas y blancas sonrisas, siempre vestidas a la moda mientras yo escondía mis manos gastadas y ásperas en las bolsas de mi pantalón viejo.
Casi no me maquillaba, sólo la boca con un labial que me había comprado en el mercado del barrio, tenía el cabello hasta la cintura y una delgada figura, me seguían muchos chicos de la escuela; pero yo solo quería esconderme, no entendía por qué me seguían tanto, no me gustaba llamar la atención y entre más pasara desapercibida, mejor. Tenía en la mente las palabras de mi madre, que no se cansaba de repetir que mis hermanas y yo no valíamos nada, desaprobaba todo lo nuestro, la música, la ropa, nuestros sueños; parecía que su único objetivo era terminar con el poco amor propio que sentíamos hacia nosotras mismas. De tal forma que me sentí ofuscada cuando la maestra de inglés me dijo esas palabras. ¡Cómo una señora tan fina, tan bien vestida, de piel blanca y pequeña figura me dijo eso! ¡Cómo la maestra Leonor Veloz podía decirle a una niña flaca y fea que podía ser la reina de la escuela!
A pesar de que me sentí avergonzada, desde ese momento sus palabras quedaron guardadas en mi corazón marchito, ahí estuvieron por mucho tiempo, esperando el momento para ver la luz de nueva cuenta…
Crecí alimentada por la poca fe, con el camino iluminado por la violencia de mis padres, vestida con las ropas de la vergüenza y la pobreza, maquillé mi cara con el colorete de la desventura y la apatía. Así encontré lo que pensé que merecía, un novio violento y alcohólico y, sin más luz en el camino, me casé con él. Ambos éramos muy jóvenes, desde luego que esto me hizo más infeliz aún, pero de todas maneras, me aferraba a ese “amor”. Estaba sumida en una depresión muy negra, pero yo no me daba cuenta, sin embargo, en un rinconcito de mi corazón había una flamita que me calentaba la sangre y me ayudaba a sobrevivir, eran las palabras de la maestra Leonor, que ardían tímidamente… la reina de la escuela… sí claro, yo valgo mucho… y no sólo era la idea de una belleza física, era algo más trascendental. Sabía que esa vida que él me prodigaba no me hacía feliz, de modo que pasó muchas veces por mi mente la idea de separarme pero al mismo tiempo me sentía aterrada con esa idea; estaba ante una disyuntiva, cualquier opción repercutiría en mi vida para siempre. De pronto algo hizo girar mi vida matrimonial de manera tan abrupta que, a pesar de todo, me sacó del pantano en el que vivía: mi esposo tenía embarazada de cuatro meses a su compañera de trabajo, me lo confesó como era de esperarse, en una de sus borracheras. El mundo se me vino encima, hizo pedazos mi poca autoestima, era la muñeca fea y ahora, rota. Aún con este hecho tan devastador seguí con él, me convertí en una sombra amargada y gris, murmurando por los rincones, rumiando mi dolor.
Del otro lado del auricular se escuchaba la voz de mi amiga Estela:
-Déjalo, manita, a ver, dime, ¿qué es lo peor que te puede pasar?, ¡si lo peor ya lo pasaste!¾Ahí estaba ella, mi amiga de la adolescencia, poniéndole fin a mi disyuntiva.
-Manita, ¡cómo que estas en la disyuntiva de dejarlo o quedarte ahí!, ¡no, no me digas eso, por favor no hay tal disyuntiva!, a ver, dime, ¡¿qué es lo peor que puede pasar?!
…nada, que un día tomé mi maleta y salí corriendo para nunca volver…
Una tarde de verano, estaba frente a mi querida amiga, la miraba mientras tomábamos café y comíamos crepas con cajeta, su voz alegre, su personalidad desenfadada y parlanchina, su atrevida manera de ver la vida, sus ojos chispeantes… y mientras la miraba recordaba esa llamada, esa frase que me dio el coraje suficiente para salir de esa situación tan difícil y desde entonces, cuando me encuentro ante una disyuntiva, me digo a mi misma: “a ver, …¿qué es lo peor que puede pasar?”.
Me temblaban las piernas. La noche anterior no había dormido bien, pero ahí estaba, frente a la pequeña puerta de su cubículo; creo que toqué muy fuerte, salió una mujer delgada, bajita, de pelo negro que me hizo pasar ofreciéndome su mano suave para saludarme.
-Hola, soy Mirna¾dijo, mientras yo ya estaba sentada y pude verla bien. Sus grandes y hermosos ojos serenos me dieron confianza, su sonrisa me reconfortó y su voz apacible me animó a hablar. ---Dime, Caro, ¿por qué estás aquí?
Ese fue el principio de mi reconstrucción, quería dibujarle una eterna sonrisa a la muñeca fea, ponerle ropita nueva para que ahora se viera bonita y sobre todo pegarla, reunir los pedacitos salvables y desechar lo que ya no funcionaba; pero el proceso fue y ha sido muy duro, he pasado por momentos en los que ha sido necesario sacar de nuevo el pasado, darle un soplido al polvo acumulado, descubrir cosas dolorosas que estaban guardadas en la memoria de mi piel y mi alma. Esas cosas me derribaban, me hacían sentir que no podía más y una mañana llegué con Mirna, me encontraba devastada, me sentía profundamente sola. Ella me miró directamente a los ojos y con su característica voz apacible me dijo:
-Ya no quiero que te sientas sola, me tienes a mí, estamos caminando juntas de la mano.
La escuchaba y sólo podía decir sí con la cabeza mientras las lágrimas me ahogaban el corazón, pero la escuchaba y me sentía contenta y reconfortada con sus palabras. Y así fue, ella caminó junto a mí por algún tiempo y, cuando fue necesario, soltó mi mano y me encaminó en el sendero de mi propia vida. Pero pese a que todavía hay muchas cosas que arreglar, ya que no es fácil, ya no me siento sola, recuerdo sus palabras y lo mucho que me ayudó a salir de la casa abandonada en la que vivía. Siempre le estaré agradecida a mi querida y entrañable terapeuta Mirna.
Y quizá ahora ya no pueda ser la Reina de la Escuela, eso ya fue hace mucho tiempo, pero sé que con determinación, y sobre todo con amor y con mi autoestima muy bien cimentada, puedo ser la reina de mis sueños, la reina de mi espacio y de mi tiempo, la reina de mi propia vida.
Miston Tapia
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QUISIERA UN DIA HACER LO
Por Anónimo (no verificado)QUISIERA UN DIA HACER LO MISMO SALIR Y NO VOLVER PERO NO ES FACIL, FELICIDADES POR HABERLO HECHO Y GRACIAS POR HACERME PENSAR QUE YO TAMBIEN PUEDO
me has dejado sin aliento...
Por Faride (no verificado)Me dejas sin aliento...algo así me sucedió y he pensado en muchas ocasiones salir de donde estoy y me he sentido con miedo de lo que pueda suceder...aprendo que siempre hay algo más que pueda surgir de un cambio...
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Por Anónimo (no verificado)Me pareció un excelente texto, con unas palabras muy emotivas y con esta historia nos ayuda a reafirmar que nunca es tarde para enderezar nuestras vidas. Y que siempre habrá a nuestro lado un ángel para tomarnos las manos y hacernos ver la vida de nuevo.