Lo intrincado de ser mujer
No puedo afirmar que la naturaleza de lo que es ser mujer consista sólo en el hecho de la capacidad para la procreación, porque entonces reduciríamos ese asunto a un mero aspecto fisiológico que haría a un lado otras facetas trascendentes de la personalidad de las mujeres y dejaría fuera a una gran cantidad de las que no hemos sido madres. Sin embargo, no negaré que las características específicas de la función reproductiva las provee de una vivencia particular, que marca sus recuerdos, y se convierte en una especie de antes y después. Antes de la primera menstruación y después de ella. Incluso, para las que ya llegaron, ese después es el del cese definitivo de la menstruación. Si alguien cree que el menstruar por primera vez es un acontecimiento insignificante, es que no ha reparado en ello. La experiencia de éste suceso es muy particular para cada cual. Puede ir desde la sorpresa, el susto, el rechazo, el enojo, la tristeza y el dolor físico y emocional; esto aunque se tuviera información previa al acontecimiento. Por lo anterior referiré, sin permiso de nadie, las experiencias de algunas mujeres, frente a ese acontecimiento.
En cierta ocasión, una tía me platicó lo sorpresivo que fue cuando tuvo su primera menstruación. Tenía quince años y andaba feliz de la vida jugando en la calle montada en la bicicleta cuando, de repente, sintió una humedad en su ropa interior. Fue al baño y verificó que no se había orinado por estarse riendo frenéticamente con su amiga Cata, la mancha de sangre le provocó tremendo susto. Como no sabía del asunto, pues nada se le había informado al respecto, corrió asustada con otra de mis tías a decirle del extraño descubrimiento. Su hermana la tranquilizó, le dijo que eso le sucedía a todas las mujeres y que en lo sucesivo así sería cada mes y por muchos años. Acto seguido, procedió a hacerle una compresa de tela de algodón y le explicó cómo debía usarla, pues en esos tiempos aún no había sido difundido el uso de las toallas sanitarias desechables. Mi tía pronto se acostumbró a su nueva situación, pero nunca olvidó la conmoción del suceso de aquél día.
Alberto, ese amigo de mi hermana oriundo de Hidalgo, alguna vez nos contó la forma en que concebían el inicio del periodo menstrual las mujeres de su familia; su abuela, sus tías abuelas y hasta sus tías las mayores. Era un uso corriente entre su abuela y las hermanas de ella el casarse siendo aún niñas, cuando todavía no habían menstruado por primera vez. Era habitual que tuvieran la menarca estando ya casadas y habiendo pasado por la experiencia de las relaciones sexuales. Los tiempos van cambiando y sus tías, más afortunadas que sus antecesoras, pudieron ir a la escuela y casarse con más edad que las otras. Pero resulta que se armó tremendo lío cuando la mayor de sus tías menstruó por primera vez. Una comitiva de mujeres de su familia armó un formal escándalo contra la concupiscente puesto que ya había menstruado y según sus suposiciones eso no tenía otro origen más que el trato carnal con un hombre. Unas hablaban de amarrarla, otras de golpearla y a cual más, le dirigían los peores insultos. Para fortuna de la muchacha una de las hermanas menores, con la información escolar mínima sobre la fisiología del acontecimiento, intervino aclarando aquella confusión y eliminó las intensiones de las belicosas.
Mi amiga Teté no me relató como se sintió la primera vez que menstruó, de eso sólo dijo haber empezado a muy temprana edad, a los nueve años. Pero visto desde afuera, la nota jocosa la dio su hermana. Siendo mi amiga la mayor de sus hermanos y habiendo madurado pronto, solía estar llena de responsabilidades a corta edad. Sus padres estaban atendiendo sus respectivos negocios y ella estaba en la casa, haciéndose cargo de dirigir y apoyar a la muchacha de la limpieza en las distintas tareas domésticas. En esas estaba cuando, muy asustada, una de sus tías le llamó y le dijo que fuera a su casa, pues su hermana tenía ya mucho rato llorando estrepitosamente, no sabía cuál era el motivo y no podía calmarla. Teté todavía tenía mucha ropa que colgar en los tendederos, aun así tuvo que abandonar sus tareas. Preocupada, fue a casa de su tía para atender a su hermana. Cuando llegó y se enteró de lo que sucedía, se dio la gran enojada. Luisa no tenía otra cosa más que su primera menstruación y lloraba escandalosamente. Enojada y a “grito abierto” exclamaba: “¡No, yo no quiero que me pase esto, no quiero!” y lo repetía muchas veces, negándose a aceptar que eso estuviera ocurriendo. Mi amiga decidió entonces exigir a su hermana regresar a la calma: “deja de llorar, ya sabes que así es, no puede ser de otro modo, sabes que es perfectamente normal en una mujer en condiciones sanas y que eso te permitirá un día ser madre. Con llorar no lograrás que sea como tú quieras”. Mi amiga calmó a la muchacha y logró que la caprichosa dejara de hacer semejante berrinche.
Mi situación fue diferente pero igual me incomodó. Por la información de la escuela, ya sabía que tal cosa sucedería. Tenía catorce años y andaba tan despreocupada, pero entonces apareció la terrible mancha. Con un cierto lenguaje en clave que sólo otra mujer puede entender, le dije al oído a una de mis hermanas “ya”, y ella entendió perfectamente de lo que se trataba. Enseguida me instruyó en éstos menesteres y me proporcionó una toalla sanitaria, hizo lo que en otro tiempo hiciera mi tía con mi otra tía. Una vez atendido el inevitable flujo, no pude evitar ponerme triste ante tal acontecimiento.
Un antes y un después. El antes, la edad de la completa despreocupación, de los juegos y la inocencia, de los vestidos, los lazos, los moños, los encajes, porque te dicen que eres niña y las niñas deben vestirse así. Tú tienes frio en las piernas ¡pero no!, los pantalones son para los hombres. Y quieres jugar con un carrito o una pistolita, no ves nada de malo en ello, ¡pero no!; te compran una muñeca. Y también quieres jugar a la pelota y correr y trepar por las bardas, pero todo eso también te está prohibido, porque debes ser delicada y femenina. Pero luego lo más espantoso: otra especie de prohibiciones que, el adulto que las hace, asume una actitud de maldito inquisidor para inculparte por algo que no conoces, pero que gracias a su tenaz insistencia acaban por enseñártelo; el erotismo. Como en aquella ocasión en que, gracias a mi hiperactividad, fui regañada por mi abuela paterna y terminé sintiéndome mal. Mal por algo que no había hecho. Después de un buen rato de saltar, al final, me senté en una silla de frente al respaldo y con las piernas abiertas. En eso, con una severidad de militar, me conminó a que abandonara aquella postura: “¡las niñas no se sientan así!”. Por supuesto que me levanté de la silla ante lo amenazante de su tono, aunque sin saber el motivo. ¡Adultos de pacotilla!, los quema la lascivia. Lesionan el bello mundo infantil con su asquerosa concupiscencia proyectando en las actitudes de los niños su incontenible erotismo.
El después; después de la pubertad, la sorpresa de la menarca, el final de la introducción en el erotismo, la atracción por el otro género, la complicación completa de la existencia, el tiempo de los cambios en todos los sentidos. La afirmación de la propia identidad y personalidad, ¡no quiero usar vestidos! Sí, son muy femeninos, ¡pero qué incómodos!, sobre todo cuando hace frio y aire. Los pantalones, ¿por qué no?, eso no me quita el ser mujer. La adolescencia y todos esos cambios te introducen en un mundo de roles que te lo hace todo complicado. Las mujeres podemos sólo ciertas cosas, los hombres todas las que decidan, ¡hasta la del uso del lenguaje!, “las mujeres se ven muy mal diciendo altisonancias”. ¡Qué estupidez!, el lenguaje articulado es uso exclusivo de los seres humanos, nosotras también somos seres humanas, por un pleito de poderes se nos quiere excluir del uso de un cúmulo de palabras.
Tu primer novio con tu primer beso, tus primeras caricias, todo tan complicado por toda la basura que te hacen creer los adultos con sus actitudes de doble moral sobre el erotismo: que es malo, no es decente, no es bueno, es hasta pecado. ¡Qué falsos esos adultos!, con sus actitudes te prohíben practicar las relaciones sexuales, algo de lo que ellos gozan hasta el delirio, ¡cuánta hipocresía e inconsistencia! Nadie que eche una luz en tu cabeza para que no sufras, para que no sientas vergüenza de desear a un hombre que te gusta, para que no sientas culpa si es que te lo has permitido. Se entiende el porqué de la imposibilidad de gozar con el placer sensual. Eso es algo que no he conocido, tener plena confianza al tener relaciones con un hombre, confianza como la que tienen ellos.
Como con Mario, siempre lo quise, desde que lo conocí y siempre sentiré la misma atracción por él. Fuimos novios en dos tiempos diferentes, cuando estuvimos en la prepa y veinte años después. Luego de que se casó tuve la certeza de que nunca volvería a tener nada con él. Después, ¡yo qué sabía que ya estaba divorciado si pasé ocho años trabajando fuera! Hasta que él decidió buscarme y, ya sin el impedimento de su matrimonio, reanudamos nuestra relación. A mí me dio mucha risa aquélla vez en su casa, cuando por mis actitudes cohibidas advirtió tan bien que yo tenía vergüenza de mi propio deseo, “¡hey, señor policía, váyase, váyase! Si, un policía interno que la desgraciada educación hipócrita, de doble moral, parece haber implantado para siempre en mi cabeza, es el vigía de mi erotismo y del cual no acabo de desprenderme.
Nunca he tenido hijos, ni siquiera he estado embarazada, y a estas alturas, ya no creo que lo vaya a ser, ni a estar. Siempre creí que eso de tener hijos es una gran responsabilidad. No se me dieron ciertas cosas, como haber tenido un marido o un embarazo no planeado. Por otro lado, soy muy cobarde para convertirme en madre soltera, y pensar en todo lo que ello implica me llevó a rechazar cada vez más la idea de un embarazo en solitario. Primero, la panza, ha de ser incómoda, después, el parto y lo horrible que ha de doler. Y por último, la crianza del niño, lo más difícil. Así que no me ha quedado de otra más que no tener hijos. En cambio, no tengo las preocupaciones de las mujeres que sí son mamás. No me atareo en labores que estarían encaminadas hacia un hijo, tengo todo el tiempo para atenderme a mí. A veces, como a toda la gente, no me alcanza el dinero, sin embargo, ante esas estrecheces económicas, no tengo la misma presión que si tuviera que hacerme cargo de un hijo. Lamentablemente, ahí están los demás para ejercer presión y decirte lo mal que haces al no ser madre. Se da por sentado que eso es lo que debe de ser y los demás asumen que tienen autoridad para exigirte hacer lo mismo que ellos, ser padres o madres. A veces las exigencias son directas, “ya ten un hijo, se te va a pasar el tiempo”, “ustedes (a Víctor un amigo, y a mí, un compañero de trabajo), no la gocen tanto, ya cásense”. A veces son indirectas, “no maestra, yo tengo más importancia que usted porque yo sí tengo hijos”. Yo pienso, “sí, cómo no”. Al respecto tendría mucho que decir, sólo diré que me rio de muchos y muchas por el papel tan pobre, tonto y confuso que hacen siendo padres o madres. Además, el que no sea madre no me resta importancia como ser humano. Hay tantas formas de ser mujer, como mujeres hay en el mundo. No soy madre y por eso no soy más mujer que otras, pero tampoco soy menos que otras, simplemente soy ésta mujer; que vive, piensa, siente, actúa de un modo determinado, vocifera cuando se enoja, dice altisonancias cuando le da la gana, la que no está para complacer a los demás, es soltera y no tiene hijos.
Martha Imelda Rodríguez
¿Qué opinas de este texto? Escribe aquí tus comentarios o envíalos a diana.perez@demac.org.mx
Cuando terminé de leer el
Por Carmen Trejo (no verificado)Cuando terminé de leer el relato de Martha, me sentí muy contenta. Me identifiqué con gran parte de lo que escribió. Claro que hay muchas formas de ser mujer, y yo como ella soy una de las rebeldes: sin marido y sin hijos, a veces con poco dinero, pero con todo el tiempo para mí. Gracias, Marha por compartirnos tus experiencias con tanta claridad.
felicitaciones.
Por María Raquel Muñoz Pérez (no verificado)Martha, gracias por tu sincero y franco relato. Saludos