Martha Creel
Bajo el manto sagrado de las estrellas estoy, callando... Escucho el canto de los grillos y las ranas allá en lontananza, donde mis ojos no llegan pero su sonido sí, donde se funde la oscuridad con el velo infinito de los astros, las galaxias, los espacios vacíos desconocidos y más lejanos de lo que la mente alcanza a comprender. Ante esta inmensidad no sé si me siento grande o pequeña. Soy una con el universo. Me preparo a fundirme con él. Soy diminuta, menor que una hormiga ante esta grandeza. Me envuelve el misterio de la vida. La noche me toca con sus energías. Mi voz aquí carece de sentido porque lo que emanan son los pensamientos sueltos, desestructurados, cansados ya de actuar con tanta lógica durante el día. Se preparan para el descanso, para la asimilación callada de las experiencias vividas; se recogen como lo hicieron ya hace horas las aves en sus nidos.
Surge la voz interior, la que ahora intenta sumar el equipaje, los mapas, las llanuras, las huellas y los ecos, los senderos y las rocas. ¿Qué somos sino viajeros, tripulantes de esta súper nave espacial, partes integrantes de una especie que busca sobrevivir y se afana por encontrar su camino? Si quedara ahora desnuda ante el olvido, ¿qué me quedaría sino mis recuerdos y experiencias? Somos sembradores y aprendemos consecuencias. Reunimos fuerzas y unos cuantos objetos que simbolizan los momentos especiales en la incansable búsqueda del amor, de la pertenencia. Encuentros con otros seres que igualmente vagan sin rumbo en busca de sueños, explicaciones, atrapando historias, a veces atrapados en fracasos, otras más en desencantos, y a veces en las breves caricias en las que nos envolvemos extasiados.
¿Qué quedará cuando ya no estemos? Nuestros genes... en otros cuerpos, en otras conciencias, las historias entretejidas de los ancestros hasta los descendientes. Pero ahora es ahora y en este espacio sagrado de la noche me encuentro conmigo misma, en el interior de mi montaña al tiempo que en su cima; rodeada por los tesoros de mi vida, mis momentos, los especiales, los que tocaron las almas también especiales que me han acompañado en el viaje y han vibrado conmigo. Me rodean también los senderos que me trajeron hasta aquí, las experiencias, los aprendizajes, los ecos de las voces de quienes me enseñaron y me guiaron para no perder el rumbo. Me rodean las huellas que he dejado, los caminos andados, las metas alcanzadas, los sueños realizados. Pero miro alrededor y estoy sola; el equipaje y todo lo que me rodea se queda en el mundo, a donde pertenece. Todo nos fue dado. Todo nos es prestado. Ni siquiera nuestro cuerpo, esta envoltura que nos acompaña desde que tocamos tierra, ni siquiera ella nos queda. Solos ante lo inescrutable. Solos ante el impenetrable misterio que tal vez algún día nos sea dado comprender. Por ahora, sola yo ante el infinito y sus estrellas, callo, porque solo el silencio hace honor a tanta belleza y a la gran oportunidad recibida de transitar por este mundo, vivir la vida y develar sus misterios.
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