¡Con que se trataba del Dios del viento, ¿eh?!
Ya decía yo que alguna razón debía existir. Esta resistencia que tenía hasta hace unos momentos, ¡era por la presencia de este dios! Bien, pues una vez que tiene nombre aquello que daba vueltas y vueltas a mi alrededor, como confundiéndome, distrayéndome, o peor aún, alejándome de este poder de la escritura; aquí voy, a encontrarme con mi propio río, mi propio reflejo, a ver qué alcanzo a ver en el fondo…
Primeramente, reconocer que me gusta el ritual que enmarca el oficio de escribir. Hoy, he robado tiempo en mi lugar de trabajo, el que creo merecer después de una jornada de compromiso con mis asuntos pendientes.
Me gusta mucho mi oficina: amplia, paredes blancas y por ahora, “pelonas”, pues apenas me estoy –también- apropiando de ella, al recién estrenar este puesto. La música, no puede faltar su compañía; sobre todo si es clásica, barroca o zen, siento que este tipo de música es la que le da masajito a las ideas que andan danzando y que esperan ser invitadas a salir. Sentarme cómodamente, indispensable. Sin zapatos, de preferencia. Me gusta sentir todo lo que estoy tocando, tanto con las manos, como con los pies.
Líquido, muy necesario, para que fluyan los sentimientos, justo como ahora que mi corazón late tan rápido, que ya no sé si es ansiedad, emoción o qué, pero me gusta sentirlo así. A veces, agua simple, otras, cuando lo que estoy escribiendo es más profundo, un rico té de manzana con canela. Y cuando de encararme con las emociones del “patio de atrás” se trata, entonces mi amigo el cigarro es el acompañamiento ideal.
Ese cigarrito que, al encenderlo, parece decirme: “muy bien, Marisela… María Marisela…aquí vas otra vez. Me gusta ver tus dedos casi volando por la prisa de escribir rápidamente las palabras que veo en tu mente, ¡no sea que me las vaya a llevar con el humo!
Entonces, reparo en mis nombres: María, Marisela. Recuerdo que cuando era niña no me gustaba, ni uno, ni otro. María, porque era sujeto de burlas por parte de las y los compañeros: “ja,ja,ja, María, como las ‘Marías’ del mercado”, solían gritarme. En ese tiempo y en esa edad, por supuesto no sabía (ni sabíamos) que eso se llamaba violencia verbal, discriminación.
Marisela. Siempre he pensado que es un nombre que suena fuerte, firme…ahora que lo re pienso, veo que es porque tal vez de pequeña, -también-, no recibí un trato verbal cariñoso por parte de mi mamá. Es más, ahora que trato de recordar, veo que era raro que se dirigiera a mí por mi nombre y, cuando lo hacía, era porque estaba hablando de mí con alguien más.
Hoy en día, sigue siendo así. Afortunadamente, ahora lo acepto y ya no me causa dolor al hablar –o escribir- acerca de esto. Bueno, y he de decir, gracias también a las no sé cuantas sesiones de terapia para poder “reconciliarme con la madre”, si no, ¡me hubiera dado en la misma, verdad! …Veo con gusto en este momento, que también me estoy apoderando de mis nombres:
María: de origen hebreo. La elegida, la amada por Dios. Es el nombre más popular entre los cristianos, por ser la madre de Jesús.
Marquisela: (lo más cercano a Marisela), de origen francés: pequeña marquesa.
En el sitio de esta moderna herramienta, internet, que consulté para por primera vez saber qué significan mis nombres, esto fue lo que encontré. En cuanto a la descripción de la personalidad de quien los porta, coinciden muchas cosas. Sí, en efecto, como una marquesa, me gusta la comodidad, dar órdenes y vivir en orden. Claro, esas órdenes, me gusta darlas con cortesía y amabilidad. En efecto, me veo atraída por trabajar con y para la gente. Me dio mucho gusto ver que decía “puede ser buena para…maestra o…escritora”… ¡pero este canijo dios del viento, sigue por aquí!, ¡ya lo sentí! Porque escribir maestra, lo hice con fuerza y gusto, pues es una de las actividades que realizo con muchísimo placer; pero, teclear es-cri-to-ra… lo hice despacio y con duda…
Es insistente, se expresa con autoridad y lealtad, continúa la descripción. Así que, veo revelado ahora mismo, que lo que quiero, necesito y ordeno (autoridad y lealtad) al dios del viento, es que se retire de mi espacio. Éste que he preparado solamente para mí. La música que me deleita, no llega a sus oídos; mis pies no tocan ni su sombra; mis manos no se ocupan de su presencia para intentar tocarlo –si es que aún sigue aquí- y si sigo con la sensación de que por aquí continúa merodeando… ¡le echaré el agua que había servido para mí!
MARÍA MARISELA
Septiembre 9, 2010
(Con ayuda, de alguna forma, de las Serenas…)
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