DIOS… ¿EXISTES?
Texto de Musmé Díaz de los Ramos Martínez
Presentación por Ma. Eugenia Munguía Osorio
La orfandad accidentada e intempestiva irrumpiendo y transportándote de tajo a la realidad dura e implacable; tu familia desarticulada, tu lugar arrebatado, no verte bienvenida en la familia de papá ni con los abuelos; la duda acerca de si tu brújula apunta al femenino; el etílico refugio, la tentación de escaparse por las rendijas de la inconsciencia; el amor embistiendo, llenando la panza de mariposas, descubriéndote todos los tonos de rojo que caben en la pasión y todo lo que puede abrirse el pecho para sentir; el secreto matrimonio entre sus ganas –las de Orlando- y las tuyas; el peso de la decisiones y las soluciones económicas; la soledad oscura de algunos días cercada por los hijos y el esposo; el amor vuelto tarea y teñido de obligaciones; al fin tu espacio en donde podía habitar la complicidad entre tú y Orlando, estrecho en sus dimensiones, pero infinito en sus posibilidades; el sexo violentado; las horas ineludibles en el consultorio; tu padre a kilómetros de distancia de tu corazón, soltó tu mano y aunque la buscaste varias veces, no lograste recuperarla; tu vientre habitado inaugurando la vida y al mismo tiempo anunciando la partida de los tres hijos… el abandono; la trágica experiencia que cruzó frente a ti y que hizo que aquella niña perdiera fatalmente a su madre; la residencia itinerante hasta descubrir en dónde estaba tu lugar; el plácido aire fresco de la amistad incondicional ; los médicos hurgando en tu cuerpo, haciendo las composturas a tu dolida anatomía; la intrusa desconfianza rondando en la habitación marital; la decepción, la coraza ante el amor, tu confianza traicionada… pero si ya sé Musmé… aquí no pasa nada.
Y ¿si no entiendo lo que pasa?, y ¿si no me gusta lo que pasa?, y ¿si es injusto lo que pasa?, y ¿si me encuentro vulnerable ante lo que pasa? Dios… ¿existes? Cuántas veces cada uno de nosotros nos hemos hecho esta pregunta, a veces nacida de la rebeldía, otras de nuestra humana vulnerabilidad, del desconocimiento, del desconcierto, del dolor, hasta que la vida nos devuelve al lugar que se extiende en nuestro interior... ahí, de poco a poco, vamos encontrando las respuestas, aquellas que pudiste leer cuando estuviste lista. ¿Quién te dijo que tenías que ser fuerte?, ¿que tú no necesitabas ayuda y que tenías que llenar las expectativas de los demás y responder siempre con tu comprensión y tu incondicional ayuda? Y sí, gracias a Dios, somos humanos, sensibles, vulnerables y contradictorios, con todo lo de divino y terrestre que serlo implica; así vamos, como tú, transitando entre la tragedia y la felicidad, en constante búsqueda de quiénes somos.
Musmé nos lleva de la mano a transitar cada año que vivió desde 1966 hasta 2007, cada año que marco una experiencia, cada año en que la vida le probó sólo para verla salir victoriosa, la victoria que va más allá de la solución de las situaciones difíciles, sino el autodescubrimiento de cada una sus aristas, apropiándose de su existencia, de cada uno de sus pasos ya fuera certero, tímido o errático, pero viajando en sus propios pies. Cómo pueden ser tan cortos doce meses y al mismo tiempo ser tan elásticos para que en cada doce de ellos se suceda, al mismo tiempo, toda una vida. No es el paso de los años sino de la vida por cada nervio y músculo, lo que relata Musmé en su texto.
Es a lo largo del recorrido que has abierto tu mirada a la ayuda de otros, a la autoayuda, a la exploración de la terapia, has aprendido a soltar y a perdonar; y al fin, te encuentras reconciliada con la vida, aceptando tus historias con papá, con Orlando, con tus hijos y hermanos, ¡ah! y la tuya contigo misma, como lo que han sido, ni más ni menos. ¿Has respondido tu pregunta?, ¿ya has visto, sentido y tocado a Dios? Supongo que para eso has tenido que rescatarte de entre tus demonios, aquí esta Dios en las palabras de tu texto, las que escribiste y también las que dejaste sin escribir.
Al fin te has convertido en la morada en la que alberga a una mujer dispuesta a no engañarse a sí misma, viva entre estas páginas que nos compartes, esperanzada y alerta a lo que la vida traiga. Gracias por dejarnos Musmear en tu historia, en varias de sus escenas podemos reflejarnos tus lectores; no hay fin de tu libro ni en tu crecimiento, ni en tu autodescubrimiento. No cabe duda, existes Dios…y existes Musmé.
Mayo, 2010
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