Gloria Guerrero Rosas
Soy un ser humano dotado de inteligencia, con un alma que es la chispa divina que viene del infinito.
Soy la creación más perfecta del universo, que el creador ha puesto en la tierra, con una misión que cumplir y, al terminar, regresar esta chispa al seno del creador.
En estos momentos camino sin rumbo fijo por las calles del lugar donde vivo. De pronto, sin darme cuenta, me veo frente a la banca de un lindo jardín. No sé si por cansancio o por inercia, llegué a este lugar. Decidí sentarme a descansar y a escuchar el canto de los pajaritos que, inquietos, brincan de rama en rama. De pronto, al mirar el cielo, contemplo un grupo de hermosas nubes que se mueven formando figuras caprichosas, y entre ellas se cuela, juguetón, un rosado rayo de sol del atardecer, que me hacen recordar días lejanos.
De regreso, en casa, teniendo en mente el recuerdo de tan bello atardecer, escuchando música instrumental, me acomodo plácidamente en mi sillón favorito, cierro los ojos e imagino que viajo sobre nubes, a las que, con la mente, guío a lugares lejanos de mi adolescencia, que por años han estado guardados en lo más profundo del corazón. Me dejo llevar, y con la ayuda de la mente, revivo esos lugares y acontecimientos. Estaba en nuestra casa, en Ameca, parada bajo el limonero; veía a José, el papá de mi hermana, con su pierna enyesada, que hacía papalotes que volábamos en los potreros de Toluquilla. También estaba colgada una gran piñata hecha con dos cántaros que formaban cabeza y panza del cuerpo de un payaso al que mi mamá le cosió un vestido de dos colores, con papel crepé. En los pies tenía unos zapatos viejos y, de manos, unos guantes rellenos de algodón. Con ansias, esperábamos el domingo para, en compañía de mis hermanos y los niños del barrio, ir al campo para romperla. Caminábamos con la piñata que colgaba de un largo palo, cargada por dos niños de los más altos. Cuando nos dábamos cuenta ya éramos muchos y parecía un convite. Para mí, y creo que hasta para mi mamá, era una tarde feliz porque estábamos juntos y no teníamos miedo de estar esperando a José, como cuando estábamos en la casa, porque si se tardaba nos invadía el miedo, porque no sabíamos en qué condiciones llegaría. Después de romper la piñata volábamos el papalote, brincábamos la reata, comíamos frutas y dulces.
Mis nubes también me llevaron a dar un paseo por los cañaverales del ingenio azucarero de San Francisco. Admiramos sus altos chacuacos, por donde salían grandes columnas de humo. Seguimos hacía el puente, con su caudaloso río y seguimos observando. A lo lejos estaban las torres del santuario de la virgen de Guadalupe. Seguimos nuestro camino, que nos llevó a la hacienda La Esperanza, donde degustamos un poco de melado, un tamalito de “cacazole”, así como un pedazo de “panocha” prieta. De regreso pasamos por la estación del tren de la hacienda de La Vega; el tren estaba parado y subían a vender tamalitos, especialidad del lugar, y los muñecos hechos con hojas de maíz, cargados con pequeños “huacalitos” con dulces, también unos burritos hechos con lo mismo, y con su carga.
Después de disfrutar tantas cosas lindas, emprendí el regreso y ahora me encontraba disfrutando el panorama de Cholula, donde hoy vivo, pudiendo admirar a nuestro gran gigante, el popo, que con la nieve forma su falda, mientras exhala una blanca bocanada de humo que se esparce en el aire formando figuras. Seguí hasta el cerrito de los remedios, coronado por su iglesia, y admiré la gran pirámide, testigo de nuestro gran pasado.
De pronto, escucho la sirena de una ambulancia que me hace volver a la realidad. Pero, ¡qué bello es volar con la imaginación!
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