Yuri Isabel Méndez Andrade
¡Fi fu fíu!
El chiflido de papá rompe el silencio de casa.
—¡Ahí voy! —escucho la vocecilla que hace lo suyo con la calma.
Pasos en las escaleras.
Faltan veinte minutos para las diez de la mañana. En mi habitación reina la paz. Los sonidos que escucho provienen de la radio encendida que alterna de vez en cuando con el ladrido de un perro, propiedad del vecino, o el trino de algún pajarito.
Con mis labios hago forma de “o”, soplo y muevo lentamente la lengua hacia arriba y adelante.
El sonido que sale es algo así como: ¡fúiiii!
—¡Ya voy! —gritas de nuevo.
—Buenos días —dice Heidy al tiempo que abre la puerta.
Salgo del cuarto.
—Hola, Heidy. ¿Cómo les fue? Pasen a desayunar.
—¡Yuri! Nosotras bien, gracias. ¡Saluda, Ximena!
—Voy subiendo —dices una vez más.
Hermana se dirige a la cocina. Papá ha ido por ellas después de ser requerido vía Nextel. Junto con mamá desayunamos hace unos minutos pero ella no ha terminado su cafecito, espera a sus crías para levantarse de la mesa.
Recargada en el marco de la puerta, espero de pie. Tus pequeños zapatos blancos suben uno a uno los escalones.
—Hola, mi vida —digo embelesada con tus movimientos, avanzas despacio.
Al llegar a la cima rodeo tu pequeño cuerpecito con mis brazos. Te urge ir a saludar.
—¡Abuela! —gritas fuerte. No me haces mucho caso y regreso a la habitación.
Aún no termino de delinearme los ojos ni he pintado las pestañas, falta también el maquillaje, rubor, brillo en los labios, crema de manos y, como toque final, el perfume.
Después del saludo con abrazo a la abuela entras en mi cuarto, me platicas y corres a la sala-comedor. La primera se ha ido convirtiendo en la sede de tus juegos. Traes algo que quieres mostrarme.
— ¿De dónde sacaste eso, Ximena?
— ¡Es mi nueva muñeca!
Que yo sepa ese tipo de juguetes ya no está en circulación y, casualmente, se parece mucho a una de mi propiedad.
— ¡Criatura del Señor!, ¿a dónde te fuiste a meter?
Cada una de tus pequeñas manos sostiene diez centímetros de plástico en forma de muñeca
con zapatos, peluca, calcetas, cuello y muñequeras en modalidad quita-pon. Una vestida de verde la otra anaranjada.
¡Cuántos recuerdos has traído a mi cerebro, chamaquita!
¡Si supieras cómo esos juguetes abandonados llegaron a nuestro poder! Me da gusto que los hayas rescatado.
Los primeros años de la infancia de tu mamá y mía transcurrieron en la casa de Vázquez Vela. Es imposible recordar mis experiencias de cuando tenía tu edad, pero desde que tengo uso de razón, visualizo una etapa con la única intención de jugar y jugar. Entre las muñecas favoritas estaban las sirenitas, comiditas, pelonas y nenucos, primero nenuco babitas, luego nenuco dulces sueños. Tu mamá después pidió nenuco niña. Ya en la casa actual: magic nursery.
Las pelonas no eran muy agraciadas físicamente. Su cuerpo era grande, apachurrable eso sí, y sólo poseían unos cuantos cabellos en el centro de la cabeza. No podíamos practicar los peinados en ellas como lo hacíamos con las Barbies, mucho menos pensar en cambiarles de ropa, su atuendo era un short y camisa, color rosa de una, azul de la otra.
Ahorita todavía no sales sola a la calle a comprar golosinas. Tu mamá y yo lo hacíamos seguido, no a tu edad, un poco más grandes. Nuestra tienda abastecedora de lunetas, bolsas pequeñas de pinole, popotes con dulce, gomitas y demás, estaba justo enfrente de la casa.
Con una moneda de mil pesos podríamos hacer maravillas.
Sé que tus papás ya andan buscando otro bebé biológico. Le pido mucho a Dios te conceda el privilegio de tener un hermano o hermana. Crecer con alguien cercano a tu tamaño es tan divertido. Heidy y yo jugábamos demasiado. Sí, nos peleábamos. Casi siempre yo la acusaba y a ella, como hija mayor, la regañaban más, bueno, eso es lo que ella dice. A veces me pellizcaba y sus labios se mordían hacia adentro con gran fuerza que el pensamiento de que se iba a sacar sangre me atacaba más que el propio pellizco.
Cada año la carta a los Santos Reyes no podía faltar. La mayoría de las muñecas que encontraste son regalo de ellos. Pedíamos cuanto juguete veíamos anunciado en canal cinco durante los comerciales o aquellos promocionados por Chabelo. No sé cómo le harían pero siempre llegaba todo. No recuerdo qué edad tendría cuando alguien en el colegio me dijo la verdad y fui yo quien dijo a Heidy quién llevaba a cabo esta ilusión. Seguimos y seguimos pidiendo y, hasta la fecha, algo nos traen. Ya no pedimos por escrito. Para reemplazar tal entusiasmo ahora hacemos el intercambio navideño con tus abuelos y papás.
Desde los ochentas, o antes, en la familia de tu abuela se hace intercambio de regalos. En aquél entonces era con toooodooos los primos y tíos. El veinte de noviembre es aniversario del fallecimiento de la mamá de mi mamá. Ese día se decide en qué casa será la navidad y se realiza el sorteo para saber quién le da a quién. Ahora, aunque el poder de convocatoria sigue siendo fuerte, no todos los primos entran; como tus papás lo hicieron el año pasado, algunos de ellos anotan a sus hijos. Yo sigo participando. No tengo egresos mayores que me impidan disfrutar de la ilusión de regalar y recibir. Espero que este acontecimiento dure años para que seas parte, por mucho tiempo, de estas emociones.
Te pido una disculpa por apachurrarte. Hace unos días me diste la lección del mundo. Un abrazo de koala como el de Go Diego go me hizo aplastar tu pancita. Tenías un bocado de gelatina que salió junto con el anterior, en forma espontánea ensuciamos tu vestido y mi saco preparados especialmente para la misa a la que vendrían los tíos y primos del lado de tu abuelo. Las dos tuvimos que cambiarnos.
—No te preocupes, Yuri, fue un accidente —me dijiste al ver mi cara de aflicción. Me angustió que vomitaras y tú eras la más tranquila. Sólo te angustiaba el olor, pusimos un poco de perfume pero no lo ocultó lo suficiente.
Prometo no volver a apachurrarte.
Ximenita: espero que mi paso por tu existencia sea para contribuir a tu felicidad. Tú has traído mucho a este hogar. Doy gracias a Dios que te haya puesto en mi camino. No me importa la falta de enjundia en tu saludo cada vez que llegas, sé que todas tenemos nuestros momentos. Tus manitas rodean mi cuello, tus piernas mis rodillas y recibo de tu corazón con dos años de edad todo el amor que me hace falta.
Te quiero mucho.
Tu tía Yuli.
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