Talleres Dirección General (D.F.)

Octubre, 2009

Y la mujer se hizo palabra

por Agustín Monsreal*

*Palabras ofrecidas durante la presentación del libro Seis niñas ahogadas en una gota de agua de Beatriz Espejo, editado por Demac.

Beatriz Espejo junta en un solo y complejo escenario, en un perspicaz libro espacio de encuentro -sugestión casi mágica, tablero literario y humano, importante suma de los talentos más notables de una época privilegiada-, los fascinantes microcosmos de seis figuras estelares de la literatura mexicana que son, cada una, numerosas figuras dueñas de fértiles impulsos creadores: Pita Amor, Guadalupe Dueñas, Elena Garro, Rosario Castellanos, Amparo Dávila, Inés Arredondo: Seis niñas ahogadas en una gota de agua, distintas dimensiones y actitudes vitales, enseñanza de vida la vida de cada una de estas mujeres, exaltación de la conciencia incanjeable e irrenunciable de tener conciencia de sí mismas, del valor de ser y estar en el mundo, en los diversos mundos que son sus habitaciones propias, sus secretos, sus sueños de carne y hueso, sus realidades de ideas y palabras, mujeres que nos hablan desde la culpa, desde el púrpura de la vergüenza, desde los silencios autoimpuestos, desde la sexualidad en llamas disimuladas, desde la historia personal y los cercos de una sociedad envuelta en trampas, ocultamientos, insinceridades, espejos vueltos hacia la pared, destinos y voces, mitos, alianzas, gota que es un océano, sombras que se aclaran, mujeres niñas en variados ámbitos de rebeldía, en diversos procesos íntimos para romper moldes y creencias inoperantes, cárceles emocionales y sociales, vasallajes atávicos, censuras sonoras y lamentos ensordecidos, tradiciones caducas.

Beatriz Espejo reconstruye, decisiva, meticulosa, sabiamente, los pasajes más hondamente significativos de la existencia pública y privada de estas seis joyas de la corona de la literatura mexicana. Lección útil y verdadera, cada uno de los ensayos que componen Seis niñas ahogadas en una gota de agua es ejemplo de sagacidad, rigor y objetividad. A Beatriz Espejo, cuentista mayor, la madurez de su inteligencia, la agudeza de sus observaciones, la precisión de su pulso narrativo, le permiten urdir con eficacia los destinos escritos de estas mujeres de palabra y de obra: la mujer y la escritora, la mujer leal detrás de la escritora, la escritora que se asume esencialmente mujer, la visible y la otra, la niña perpetuamente vulnerable que asoma apenas entre los refugios de la infancia, continuo diálogo de identidades materiales y espirituales, ella consigo misma y a través de sí misma:

Pita Amor y la alegría de besar los labios de Dios, criatura nacida de su propia imagen lunática y doliente, histriónica, sujeción patética y atormentada a la arbitraria aventura de amarse por sobre todas las cosas;

Guadalupe Dueñas y sus afanes, su calvario, su retraimiento conservador que, quizá con un dejo de amargura, pugna entre el deber y el sueño, la soltería a cambio del conocimiento, y del paliativo de la creación;

Elena Garro y los extravíos en los ecos de lo insondable, el sinsabor infinito de las relaciones inciertas, la tragedia vuelta polémica y desmesura, ronda inacabable y cruel en el tiempo sin tiempo de los recuerdos;

Rosario Castellanos y el amor que es pérdida desde antes de ser encuentro, los atisbos de felicidad, la cancelación de los anhelos, el derrumbe de las ilusiones en medio del fragor de la inteligencia, los abandonos; Amparo Dávila y las pasiones que se encostran y convierten en herida eterna los actos indecorosos, en realidad concreta la ciega desobediencia de los fantasmas rencorosos y siniestros que trastornan la intimidad;
Inés Arredondo y los desgarramientos, las mutilaciones del alma, las dilatadas agonías en los límites de lo prohibido, las crisis infernales, las condenas coléricas, la mortificación de la sexualidad convertida en ética profana:

juegos obsesivos, ficciones del corazón, lealtades invisibles que mantienen el espíritu en vilo: es el diario vivir y desvivirse de estas mujeres puestas en la múltiple encrucijada de la domesticidad: mujeres niñas llenas de humanas contradicciones y dudas, inquietas y poseídas por el asombro de haber salido indemnes del insomnio, de recobrarse y seguir sobre la tierra, se arrepienten, se recriminan, se vuelcan en el remordimiento, vacilan entre el perdón y la dicha, tan distintas en sus circunstancias particulares y sus actitudes vitales, en sus incompartibles soledades, sus maneras de concebir y enfrentar las secretas camisas de fuerza que las ciñen, sí, tan radicalmente distintas y, después de todo, tan semejantes tanto en su íntima desvalidez como en la obstinación de seguir un destino literario pese a los yugos de los convencionalismos familiares y sociales, los prejuicios religiosos, las restricciones históricas. Insólitas, obcecadas, se otorgan para siempre el derecho de pertenencia en un mundo que les escamotea cualquier atributo que no sea el maternal y, ocasional y sesgadamente, el erótico. Quién las viera, como decía mi nana Elisa, mujer de pocas luces pero de una cegadora luminosidad interna. Quién las viera con la frente y la pluma muy en alto postulando y defendiendo su verdad, divulgando sus inconformidades y desafíos, tan puras, tan íntegras, tan humildes, tan solitarias, tan heroicas, tan todo junto a la hora de medir centímetro a centímetro la extensión de su vida, pues lo mismo se afilian a la evanescencia de los fantasmas que a la de las ilusiones; lo mismo se edifican en las ideologías de clase que se derrumban en los traspatios sentimentales; lo mismo confluyen en el dolor y el sacrificio que en la más inclaudicable independencia; lo mismo creen que reniegan del ejercicio de su libertad constreñida no pocas veces por los propios atavismos y los tormentos rabiosos del sinsentido; finalmente, misterio o signo de predestinación, ellas, mujeres niñas ahogadas en una gota de agua, eligen y determinan cuál es su camino.

En éste, como en todos los libros de Beatriz Espejo, destaca el certero manejo de un estilo que nunca pierde la compostura literaria, que cuida con igual esmero la precisión que el detalle, la insobornable escrupulosidad con que profesa el arte de lo bien escrito; documentada y estricta en sus hallazgos, descubre con sutileza las vetas más escondidas de la naturaleza humana en general y de la condición femenina en particular; poseedora de una brújula exacta y delicada que orienta el rumbo de cada uno de los ensayos de Seis niñas ahogadas en una gota de agua, construye, con la vida y la palabra de las protagonistas, una obra puntual para conocer y comprender los puntos de partida y las consecuencias de un quehacer intelectual consciente de su propio valor, y por eso ella, Beatriz Espejo, es sin objeción alguna la séptima joya en esta imprescindible corona de la literatura mexicana.

SEIS NIÑAS AHOGADAS EN UNA GOTA DE AGUA, Beatriz Espejo