Me cuestiono, ¿qué es para mí la maldad? Es la propensión a obrar mal. La mayoría de las veces no ha sido mi intención obrar mal o hacer algún daño a mi prójimo, pero sin premeditación, seguro que lo he hecho.
Deliberadamente he comentado algún acontecimiento fuera de lugar o alguna hazaña con sarcasmo; he rechazado, he criticado sin darme cuenta de que hiero los sentimientos de los demás; en otras ocasiones he lanzado miradas retadoras, he ignorado, he sido intolerante, considero que eso es la maldad, obviamente las respuestas no se han hecho esperar.
Reflexiono. No siempre soy así, sólo cuando hay motivos. Aún así, medito sobre estos sentimientos negativos por los que he pasado y los malos momentos que han pasado los demás por mi culpa y no deberían tener razón de ser. Pido a Dios me ayude a cambiar mi carácter; a perdonarme y aprender a perdonar a los demás, para ser dispensada por mis errores.
Me preparo para vivir la experiencia de caminar a obscuras y con los ojos vendados por toda mi casa como sugiere el manual. Comencé por nuestro dormitorio, testigo de encuentros y desencuentros, de amor y desamor, de repentinas indiferencias por parte de alguno de los dos, de mi marido o mía, de vivencias de malestares inexplicables. Seguí adelante, con las manos extendidas por la habitación de mi hijo Mauricio, hoy convertida en salita de televisión, entré a la habitación que un día fue de Humberto, mi hijo primogénito y que ya no vive con nosotros porque está casado desde hace diez años, y que ahora ocupa Mauricio.
Salí y pasé por el cuarto de baño, no me pareció interesante entrar, bajé por las escaleras de madera, apoyándome por el muro de madera, llegué al comedor, toqué las sillas, recordé a tantos invitados amigos y familiares con los que hemos pasado tantos momentos felices, compartiendo con tanto gusto el pan y la sal, esperamos que nos sigan acompañando mientras tengamos vida.
Al recorrer la cocina entre tinieblas, la sentí más grande de lo que es en realidad. Mi amado laboratorio.
Estuve en la alcoba que duerme mi mamá cuando se queda en mi casa, lamenté que no estuviese esta noche, pero necesitaba estos momentos para estar conmigo a solas, para experimentar mis tinieblas, reflexionar, leer, descansar, escribir, seguir adelante con la vida que yo decidí llevar, que yo elegí para mi familia y para mí. Estoy convencida que si no es mi felicidad completa, sí es mi tranquilidad, pues antes de tener el compromiso de cuidar a mi madre, vivía angustiada por ella y por su enfermedad senil. Me reconforta saber que estoy cumpliendo con mi deber de hija, no sé hasta cuándo me alcanzarán las fuerzas y la capacidad para ayudarla a seguir adelante.
Cuando realicé el recorrido con la vela, fue mejor la experiencia, pues con la pequeña luz que me alumbraba, lo hice con más seguridad. La recorrí toda, el resultado del ensayo fue muy agradable pues mi casa también es testigo de mis alegrías, de mis dichas y desdichas.
Escribo sobre mi cama, misma que si hablara, podría testificar que he llegado a sentirme culpable por saborear y disfrutar mis ratos de soledad. Concluí que me siento bendecida por tener un techo en dónde resguardarme de la vida exterior, tener un lugar en donde recuperar mis energías para seguir adelante en el arduo camino que a veces la vida nos depara, sentí la seguridad de que es en mi casa donde, aunque me tropiece o me caiga, me podré levantar; sí, definitivamente, mi casa es el pilar en el que siempre me podré apoyar.
Lic. Martha A. Medina Sánchez
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