Una huella muy importante en mi vida fue lograr terminar mi carrera de Secretariado, el decidir qué estudiar para lograr ser alguien en la vida y valerme por mí misma; me costó trabajo y mucho esfuerzo, primero quería ser enfermera porque mi hermana Lupe trabajó de enfermera en el sanatorio de Santa Mónica, que era de monjas, en la Ciudad de México y en ocasiones me llevaba ahí; me gustaba ir a los cuneros que estaban en una sala con una ventanilla enorme y yo tenía que parame de puntitas para poder ver a los bebés. También festejaban el día de la enfermera con una comida y bailable; recuerdo que en una ocasión mi hermana, junto con otras enfermeras bailaron el baile del conejo, todas con su uniforme y con unas orejas de conejo. Me gustó tanto que todavía lo recuerdo. Mi hermana Lupe cuenta que ahí conoció a muchos artistas como Pedro Infante, Jorge Negrete y otros más.
Después quería ser maestra, me gustaba mucho ir a la escuela, mi primera maestra, Isabel, que tuve en primero y segundo año de primaria, siempre arreglada, con mucha personalidad y que desarrollaba muy bien su profesión, me motivaba a ello.
Por fin me decidí por Secretariado, quizás porque a la casa llegó infinidad de publicidad de Academias de Comercio y Administración en las cuales te preparaban en tres años para poder laborar en alguna empresa; y no había de otra, ya que para entonces cinco de mis hermanos ya estaban casados y con sus propios gastos, que ya no eran con mi mamá, sino con sus esposas e hijos. Mi papá tenía 76 años, ya no trabajaba y sólo ayudaba con lo que podía.
Agradezco a mis hermanos Rodrigo y Fermín que fueron los que me apoyaron con colegiaturas, uniformes y libros; mi papá me daba para los pasajes y para comprarme algo en la cafetería de la escuela.
Mi escuela estaba en Tlalnepantla, Edo. de México y en ella estuve dos años y medio. Cuando mi mamá decidió venir a Querétaro mandó traer a los cuatro hijos que quedaban solteros, incluida yo, sin entender su decisión. Sufrí mucho por dejar mi escuela y a mi primer novio, pero mi madre fue muy inteligente al hacerlo. Ya en Querétaro, a buscar trabajo, mi primer empleo fue en la tienda de abarrotes La Guadalupana, recuerdo que pasaba y pasaba y no me atrevía a preguntar si ahí solicitaban una secretaria, fue la dueña quien me preguntó: “¿Vienes por el trabajo?” y le conteste que “sí”, me pasó con su esposo, me hizo un examen y me quedé. Entraba a las 9 am y salía a las 7 pm, en ocasiones hasta las 8 o 9 pm; me sentía muy a gusto, tenía de compañero al suegro del dueño, que era contador, ya era grande de edad, tenía como 65 o 70 años. Recuerdo que contaba el dinero con su máquina registradora, contaba y contaba; una vez me dice: “Conchita, me faltan mil pesos, ayúdeme a buscarlos”, y el billete estaba en el bote de la basura. Fue muy bueno conmigo, me decía: “Agarra lo que quieras, abre la caja de galletas o chocolates, lo que gustes”. Yo nunca me atreví, en ocasiones él abría las cajas y me convidaba y empezaba con sus charlas de cómo iniciaron el negocio y de muchas cosas más.
Yo quería terminar mi carrera y una tarde buscando Escuelas de Comercio, vi un letrero que decía: “Oficinas del Sindicato de Gerber”, entré y pregunté a dos señores que se encontraban en un escritorio cómo podía entrar a Gerber y me dijeron que en ese momento, pero como obrera. Yo les dije que no, que yo quería pero en las oficinas y me dijeron que aprovechara, que estaban solicitando personal obrero y que ya adentro podía pasar a las oficinas. Me convencieron. Al otro día yo ya estaba vestida de uniforme blanco con unas bototas y una boina cubriendo el pelo, eran tantas emociones y nervios; me llevaron al departamento de producción, donde olía muy rico, con tanta fruta como piña, plátano, mango, papaya; aquello era una delicia, había dos enormes bandas en las cuales corría la fruta y dos hileras como de veinte mujeres por cada banda. Ahí me dijo la supervisora, a la que le decían “la Tía”, que me pusiera a pelar plátano y que los colocara en la banda que corría, eran unos enormes racimos de plátano, yo muy mona me puse a pelar como lo hace uno normalmente, una tirita y luego la otra, y una señora me dice: “no, jala hacia arriba y aprieta para que se vaya en la banda”; era muy divertido, también llegué a pelar papaya y piña; el mango y el durazno pasaban por otra banda donde se quitaban los maltratados. Duré dos meses ahí porque “la Tía” me pasó al departamento donde se pesaba el puré de plátano para exportaciones. Ahí estuve como tres meses, ya que “la Tía” me pasó al departamento de pampero, donde una máquina elaboraba pan molido con especies, era un departamento pequeño donde una máquina llenaba las bolsitas y como quince mujeres metían las bolsitas en cajitas de color anaranjado y otros colores y otras sellaban las cajitas. No me gustaba cómo olía a puras especies, ahí duré como tres meses; después me hablaron del departamento de Control de Calidad, que si quería ser Inspectora de Control de Calidad y lo rechacé, les dije que yo quería estar en las oficinas. Cuando el trabajo escaseaba daban de baja a muchas trabajadoras, yo tuve la suerte de que me acomodaban en otros departamentos; como en el que se vaciaban los frascos en una banda y pasaban a una máquina donde se lavaban y se esterilizaban para después pasar a su llenado. Un día que me tocó estar en ese departamento, llegó “la Tía” y me dijo: “Conchita, ve a la sala de juntas a hacer un examen para el puesto de secretaria, ahí va a haber otras dos señoritas que vienen para lo mismo”. Yo no sabía dónde estaba la sala y con mi uniforme pasé por unas oficinas hasta llegar, ahí las dos chicas ya estaban en su examen, saludé y me senté. Era una sala enorme con alfombra azul turquesa, una mesa larga de caoba y unos sillones de terciopelo azul. Cuando terminé mi examen regresé a mi trabajo, me sentí tan fea con mi uniforme, y las dos chicas tan guapas que iban, que pensé que no me iban a dar el puesto; de pronto llegó un señor de traje y me preguntó: “¿Tú eres Conchita? Acabo de revisar los exámenes y tú eres la más indicada para el puesto, pero veo que no has terminado tus estudios”. Yo le expliqué mis razones y deseos de seguir estudiando y me dijo que nada más faltaba otro examen para decidir quién se quedaba en el puesto y, gracias a Dios, fui yo; busqué una escuela donde podía estudiar y trabajar, así logré terminar mi carrera de Secretaria Ejecutiva y durante un año salía de mi casa a las 7 am y regresaba a las 10:30 pm, pero era tanta mi felicidad y mi orgullo de ver realizados mis sueños, que no sentía ningún cansancio.
María Modesta Concepción Mata
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