Este mes te presentamos la colaboración de Martha Elena Villaseñor, y es “Atrevida” porque concursó en los Premios Demac 2007-2008 con la obra “Equipaje de mujer”… Esperamos que disfrutes de este nuevo texto que se titula:
Mis dos abuelas
-Y a usted, ¿qué la trae por acá?- Preguntó Flora curiosa y rejuvenecida.
-Quién nos trae a ambas, querrá usted decir. Pues mi nieta, sus inquietudes, sus pensamientos, sus dudas, parece que nos pensó con tal intensidad y fuerza, que logró penetrar por encima del espacio y el tiempo y, con su imaginación, logró traernos hasta aquí- contestó Celia, con su finura y natural elegancia, joven y hermosa como está en la foto.
Ambas voltean a ver a su derredor, interesadas en los objetos. A Celia le parecen los muebles, los adornos, los aparatos, tan modernos, tan novedosos y desconocidos, en cambio a Flora todo le es familiar, excepto la presencia de Celia a quien sabía muerta desde hacía mucho tiempo, y eso le causaba cierto temor, ¿acaso estaba soñando?, siendo así, el sueño le estaba gustando, pues como nadie platicaba ya con ella, la presencia de aquella elegante dama que le mostraba interés, le halagaba. A Celia, en contraste, más le interesan las personas que aparecían en las fotos de la pared (vecinas de aquellas de las que ambas emergieron), que su curiosa compañera.
-¡Así que mi nieta es también su nieta!, ¡qué somos consuegras!- concluyó Celia después de observar con detenimiento las fotografías de los cuadros y aún más interesada en los rostros que ahí se presentaban que en su interlocutora.
-Sí, ¿Qué usted no ve todo desde arriba?, ¿desde el cielo?- preguntó Flora con esa ingenuidad que siempre se le dio tan bien y con la que sabía siempre provocar largas conversaciones, no importando edad, sexo o nivel social o cultural de su interlocutor, ella platicaba con todo mundo y a todo mundo agradaba.
-Bueno, sí, aunque al principio estuve demasiado ocupada recibiendo a mi hija mayor (quien me siguió), y consolándola porque, ¿sabe? repitió mi historia, también dejó a sus hijos huerfanitos, no los vio crecer, se perdió la dicha de ver esos rostros infantiles cambiar sus rasgos a juveniles y luego a los definitivos, los de adultos, como me pasó a mí. Luego, llegó mi esposo, a quien le reproché haber dejado a nuestros hijos en total desamparo. Por último mi hijo menor, ¡tan joven! Lo recibí con los brazos abiertos, ¿sabe? Lo dejé muy pequeño, me fui con el pendiente de todos, pero más de él.
Heredó de mí esa maldita enfermedad que nos hace pasar por el purgatorio y llegar hasta el mismísimo infierno terrenal, penar en vida. Lo recibí con amor, todo el que ya no pude darle aquí— le comentaba Celia a Flora.
-Sí, fue muy triste, bueno, triste para nosotros porque lo queríamos, ¿sabe? Yo conviví mucho con él, aunque me imagino que para ustedes fue bonito reencontrarse- decía Flora empezando a impacientarse de que nadie apareciera por ahí y ofreciera algo de beber a las visitas, con una “cubita” platicarían más a gusto. Veía pasar gente, pero al parecer, nadie pensaba atenderlas.
-Perdone que insista, tengo mucha curiosidad, ¿qué más veía usted desde allá? Preguntaba Flora cada vez más intrigada.
-Pues, fui testigo de cada boda de mis hijos, de cada nacimiento de mis nietos, trataba de ayudar con mis oraciones cuando tenían dificultades, me sentía feliz con sus triunfos, triste con sus fracasos. ¡No sabe cuánto la envidio! Usted vio el doble que yo, yo me fui todavía en mis cuarentas-comentó Celia con amargura.
-Si, se fue usted tan joven y con tanto dolor según dicen- le decía Flora conmovida.
-¡Cuánto hubiera querido ser usted! Hubiera cambiado todo lo que tuve por una larga vida. Tener su frescura, su simpleza, su inmensa fe, quizá hasta su bendita ignorancia, que la hicieron ser tan querida, que la hicieron participar en todos los eventos, conocer y cuidar hasta a los bisnietos. Me hubiera gustado mucho haber sido usted- reafirmó Celia muy convencida.
-Pero ¡cómo se le ocurre!, ¿cómo iba a querer ser yo?, si usted fue bella, rica, fina, elegante y educada-decía Flora incrédula.
-Quisiera no haber tenido todas esas riquezas que me impedían amar, a causa de ese amor tan contrariado, tan prohibido y quizá hasta maldecido, fue que todo en el universo conspiró en nuestra contra y todo en nuestra familia fue tragedia. Usted tan simple, usted sin lujos, usted sin nada. Quien con tanto esfuerzo sacó a sus hijos adelante. De todos modos, ¿para que sirvieron mis riquezas si les fueron arrebatadas a mis hijos?- meditó Celia con tristeza y amargura.
-Si, es cierto, sólo les causaron pleitos, injusticias. Pero, ¿usted se acuerda qué pasaba cuando se fue?- decía Flora tratando de mitigar el dolor de su nueva amiga, de su consuegra Celia.
-¡Claro que me acuerdo! Me fui a finales de los cuarentas, había terminado la horrenda segunda guerra mundial y los años de la expropiación petrolera. Era la época de oro del cine mexicano: Pedro Infante, Sara García, Jorge Negrete, María Félix, Dolores del Río y tantos más, ¡ellos eran mis ídolos!
Pero, ¿qué pasó los siguientes cuarenta años en el mundo?, ahora dígame usted que llegó a ver más allá del dos mil- insistía Celia.
Flora no sabía por dónde comenzar, ¡eran tantos acontecimientos! ¿Cómo describirle las navidades, los años nuevos, los problemas y preocupaciones, también las fiestas y celebraciones.
No sabía Flora por donde comenzar, así que comenzó por contarle de ella:
-Pues, aquí me hice vieja, con ellos, alrededor de ellos, atestiguando el paso de los años como un testigo mudo en mera contemplación, tratando siempre de ser útil, viéndolos, escuchándolos, dándoles la bendición, cuidándolos, aconsejándolos como siempre - Decía Flora con nostalgia.
-Y, ¿se ha fijado si cuando está ahí, ellos le hablan?, ¿si la ven?, ¿si la tocan?, ¿si la escuchan?
-preguntaba Celia a su nueva amiga, tratando de acercarla a un espejo para que se convenciera, viéndose de nuevo joven, más no sabía si el impacto le causaría conmoción o si desfallecería por la impresión.
-Bueno, pensándolo bien, creo que no, pero eso ya ni se me hacía raro, pues verá usted, a últimas fechas así es, a los viejos ya nadie los toma en cuenta. Nos dejan en un rinconcito para que no demos lata y nos olvidan durante toda la fiesta, nos quieren en sus celebraciones como un monumento familiar, como un mueble rústico y viejo, como una reliquia, no sé si valiosa o no. Si acaso, nos arriman algo de comer y yo ya ni comer puedo, ni oír, ni ver, ni caminar, ni nada, así que, con los sentidos que no se han extinguido aún, me conformo con participar desde mi rinconcito, imaginando, ahí, ya casi espíritu, ya casi nada.
¿Porque, sabe? Me encogí, sí, me hice pequeña y flaca, es porque, como le digo, ya ni comer puedo - seguía diciendo Flora, y Celia la dejó continuar:
—Sin embargo sigo esperando que alguien se interese en mí, que se acerquen, que me pregunten: cómo estoy, cómo me siento, como lo hace usted ahora. Si supieran que los viejos somos sabios, que podemos contarles mil historias, que la vida nos hace ricos en experiencias, en consejos, pero ellos no han cumplido ese misterioso recorrido que de la intransigencia conduce a la piedad- decía Flora con un dejo de tristeza.
-Pues ya ve, nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido. ¡Si tuviéramos otra oportunidad! Lo haríamos todo diferente. Pero no se apure, allá, donde la voy a invitar, todo es bonito, ¿por qué no ha querido ir?, ¡de lo que se ha perdido! Ese lugar es maravilloso, lleno de paz, lleno de amor, ahí no hay dolores ni temores, preocupaciones ni enfermedad.
Vamos, yo la voy a acompañar, le voy a enseñar el camino: un camino brillante, hermoso, de luz y no de tinieblas, de jardines preciosos, perfumados, llenos de flores de todos los colores- decía Celia tomando a Flora del brazo y haciéndose acompañar por ella.
Y Flora se dejó llevar, no sabía a dónde pero, si ese lugar existía, era maravilloso. Al principio, se resistía a irse, por fin se dejó ir un poco y comenzó a andar lento con paso trémulo e incierto por temor a su dolencia de piernas y de pronto se percató: ¡podía andar! ¡ya no le dolían!
Y la nieta las miró alejarse platicando, sabía que ya no andarían vagando solitarias en la penumbra, que se acompañarían como amigas por toda la eternidad. Entonces, después de escucharlas las conoció y comprendió muchas cosas de ellas. Complacida y emocionada lanzó un beso al aire a manera de despedida, luego otro, para esas dos bellas y entrañables mujeres, sus antecesoras: sus abuelas, admirables, cada una en su estilo y se quedó con un gran suspiro de tranquilidad una vez aclaradas sus dudas e inquietudes.
-Amén- la voz de todos los presentes la hizo volver a la realidad, salir de su enajenación, era el primer aniversario luctuoso de la abuela Flora (Magüe).
-Pasen a tomar un atolito y tamales por favor- invitaba mamá apagando las veladoras.
-¿Qué te pasa? Durante todo el rosario parecías hipnotizada viendo esas fotografías, estabas como en trance, casi levitando, contestaste todo el tiempo como una autómata, ¿te estabas acordando de ella? ¿de tu abuela? Cuéntame, ¿qué pensabas?- preguntaba Rocío, su prima favorita.
-Nada, ¿sabes? Estaba escuchando toda una conversación ficticia en mi ofuscada mente ¡ya sabes cómo soy de loca! Mi imaginación vuela en arremolinados espirales hasta el mismísimo cielo, pero ven, vamos a los tamales- le decía Marlene a su prima, conduciéndola al comedor.
-Sí, vamos, oye, pero cuéntame, ¿Quiénes platicaban? -seguía preguntando intrigada Rocío, mientras ambas caminaban al comedor.
-Pues mira, haz de cuenta, que se salieron de las fotos: Magüe Flora y mi otra abuelita: Celia, entonces se pusieron a platicar y se preguntaban cosas una a la otra...