Mi hermana Ema Luisa solo vivió 56 años porque Dios y ella misma así lo decidieron. Creo que ella nunca superó la muerte de mi padre, al que admiraba y quería con adoración. En cierta ocasión, cuando se le pasaron los tequilas, me dijo: yo solo quiero irme con mi papá. Unos años más tarde fue diagnosticada con cáncer de mama y murió por esa causa. Dieciséis años tardó en hacerse realidad su deseo de reunirse con mi padre, en donde quiera que se hayan encontrado.
Ema Luisa tuvo la desventaja de haber sido la primera hija. De niña acusaba a mi madre de quererla tener “amarrada como un perro”, imagino que esa actitud era simple sobreprotección de madre inspirada en el amor pero que para la niña representaba aislamiento y soledad. Sabe Dios cuánto resentimiento habrá almacenado en su corazón, pero la verdad es que madre e hija nunca tuvieron una buena relación.
La diferencia de edad entre ella y yo fue factor importante para el distanciamiento y la falta de comunicación. Recuerdo cuánto se enojaba cuando yo quería andar con ella y sus amigas. Me llamaba colichi y me hacía llorar.
Cuando alcanzamos la edad adulta la relación mejoró pero siempre con reservas, ella era muy introvertida y nunca me confió sus inquietudes.
Segura de su vocación por el magisterio, estudió en el Instituto Pedagógico Chihuahuense para ser maestra de primaria y, al terminar empezó a trabajar de inmediato. Algunos años más tarde, después de haber estudiado en Italia el Sistema Montessori, decidió irse de religiosa a la orden del Sagrado Corazón. Ese fue un golpe muy duro para mis padres, no se por qué, pero para ella parecía representar su realización personal, hasta que sucedió lo del Mezquital, que tampoco sé con exactitud qué fue, pero que la hizo renunciar a su vida religiosa.
El Mezquital está situado en el estado de Hidalgo, es una de las zonas más pobres de México. Me contaba mi hermana que las mujeres otomís daban a sus hijos pulque cuando no tenían leche para alimentarlos. Allá, en medio de aquella zona árida, se estableció una comunidad de religiosas comprometidas con los pobres. En esa misma zona estaban ya ubicados un grupo de misioneros alemanes que trabajaban por el desarrollo de la región y fue así que los dos grupos religiosos convivían con la misma gente. Algo sucedió en esa convivencia que trajo consecuencias nefastas para mi hermana. Las religiosas del Sagrado Corazón decidieron que ella era una monja que no se apegaba a los lineamientos de la orden y le pidieron renunciar. Mucho tiempo tardó Ema Luisa en recuperarse de este golpe, pero volvió al hogar y retomó su trabajo como maestra en una escuela Montessori, actividad que realizó hasta que su cuerpo ya no le sirvió.
Mi hermana fue la promotora de mi matrimonio. Yo estaba dispuesta a ser madre soltera pero ella reforzó en mí la creencia de que mi hija necesitaba a su papá y que ninguna persona la iba a querer tanto como él. Siguiendo su consejo, me casé con el que fue el padre de mis dos hijos y ella se convirtió en una segunda madre para ellos.
El calvario de su enfermedad duró cuatro años. Primero confió en que la Homeopatía era un remedio efectivo, después buscó ayuda en la medicina Alópata, cuando ya era demasiado tarde. Le cortaron el seno izquierdo y un gran número de ganglios de la axila, también recibió quimioterapias con la subsecuente pérdida del cabello y cuando todo parecía volver a la normalidad, tuvo una recaída; en esa ocasión ya no quiso hacer nada, únicamente esperar el final.
Yo estuve con ella, le ofrecí respetar y apoyar sus decisiones y así lo hice. No quiso ir al hospital y en su casa recibió todos los cuidados que necesitó para pasar cómodamente sus últimos días. Cuando ya estaba agonizando pedí a la Virgen que se la llevara para que ya no sufriera mas y, después de rezar tres Aves Marías, y finalizar ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte amén, Ella se la llevó, para, al fin, hacer realidad el sueño de reunirse con su padre, y a mi y a mis hijos nos dejó un hueco imposible de llenar.
Vero Fuentes
Feb, 2011
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