Por María Esperanza Borell S.
La escritura me salió al encuentro poco antes de llegar a engrosar las filas de los adultos mayores convirtiéndome en sesentona. En ese entonces mi vida se encontraba inmersa en el caos existencial. Mi salud era tan precaria y la depresión apegada a mi alma tan aplastante que, con frecuencia, me negaba a salir de la cama para integrarme a la vida. Sentía que el bache en el que estaba era tan profundo como insalvable.
Mi existencia atravesaba nuevamente por otra etapa desgarradora —quizás la más atroz que me ha tocado enfrentar—, que empezó cuando el hombre que más amé en la vida y con quien creí iba a envejecer, comenzó, de repente —y de forma por demás cabrona—, a alejarse de mí. Así nomás, sin dar explicaciones ni ponerme al tanto, se cobijó en unos brazos más jóvenes.
Al poco tiempo tuve que lidiar con la muerte inesperada, violenta y cruel de tres miembros de mi familia, todos ellos, muy cercanos. No fue tanto lo duro, como lo tupido de la desgracia lo que hizo mella en mi ánimo. ¡Fueron demasiadas pérdidas en muy poco tiempo!
La falta de tantos afectos me dejó en la orfandad. Las excesivas pérdidas minaron mi entusiasmo y le torcieron el rumbo a mi vida, ya de por sí depresiva. No sabía dónde buscar la fuerza necesaria para seguir habitando este mundo vacío de querencia.
Transcurría con las emociones anestesiadas; como si alguien ajeno y desde fuera de mí me estuviera viviendo la vida y yo no participara conscientemente en el desarrollo de la misma.
Así me encontró la escritura; devastada y con la vida en ruinas. Al poco tiempo de haber aterrizado en DEMAC oí por primera vez el concepto de Proyecto de vida, y ¿Qué es eso? ¿Para qué sirve?, me pregunté. Había vivido mis casi sesenta años al tanto y como fue pidiendo; funcionaba y resolvía las cosas al ahí se va, improvisando, como cualquier funcionario público de los tan odiados hoy en día.
Ahora entiendo a la perfección este concepto. La escritura me otorgó mi propio proyecto de vida en el cual me encuentro enfrascada y feliz. Escribir me fascina y me nutre.
Desde mi lejana adolescencia quise narrar la increíble y escandalosa vida de mis ancestros; me había apalabrado con un amigo que es escritor para que llevara a cabo la monumental tarea. Jamás consideré que podría ser yo misma quien lo hiciera. El taller de autobiografía me dio la confianza para realizar personalmente este proyecto. La narración está ya muy avanzada y me gusta como está quedando.
La escritura me llevó de la mano a escarbar muy profundo en mis adentros, a recordar cosas que creí olvidadas y/o sanadas, a darme cuente del sentido que hasta ahora ha tenido mi existencia y de las cosas que quiero cambiar en mi vida. La escritura me dio el valor de abrir ciertas puertas que, por miedo, había mantenido cerradas negándome a experimentar situaciones nuevas.
El haber descubierto esta capacidad latente en mí me ha dejado gratamente sorprendida. Ha sido tan estimulante, terapéutico y sanador que me ha llevado a la reconciliación conmigo misma. Considero a la escritura un arma mucho más eficaz que la psicoterapia, ya que la sanación emocional que nos otorga es muy rápida y directa. La escritura me ha dejado, además, la gratificación de la experiencia creativa.
La escritura ha sido el parte aguas de mi vida; ésta tiene ahora un nuevo sentido. Hoy, ya sesentona, sé donde estoy, lo que quiero hacer con mi vida y hacia donde me dirijo. La escritura me ha devuelto la capacidad de soñar.
Donde hay un sueño hay un camino; y en la escritura lo acabo de encontrar.