Alicia
Tengo 29 años. Aún no tengo clara mi misión en la vida, mi pasión. He ido y venido por muchos lugares y me he topado con gente que si la tiene definida. Me nutro y me inspiro de la pasión de los otros y sigo adelante en busca de la mía. ¿Dolor? ya no tanto. He depurado mi mente y mi corazón de muchas maneras, en esta ocasión fue gracias a las ‘hojas mágicas’.
El agua se llevó el dolor arraigado, ahora fluye la comprensión y los peces acompañan al duelo. Ellos se comen aquello que fue amargo y así nos ayudamos mutuamente. Debo aprender de ellos, a fluir con la corriente, a comer amargo pero también a gozar del cauce del río.
El viento lentamente se llevó mis lágrimas, mis decepciones, la incertidumbre y mis dolencias más necias. Aprendí con sorpresa que, así como la hoja se quemó en un abrir y cerrar de ojos hasta hacerse cenizas, así mismo se pueden quemar las dolencias y heridas. Que cuando quemas y te deshaces del enojo y el rencor hay regalos que no esperamos pero que la vida nos tiene preparados. Ahí, en el fondo de la cubeta donde quemaba mi dolor encontré un tulipán de papel intacto, quemado por fuera pero aún colorido y claro por dentro como el dolor que no muere, el dolor inevitable que se transforma, sana y llena el vacío. Sus pétalos ahora son nuevos, de sonrisas y entendimiento. Gracias al fuego, hoy comprendo.
Garabatos de dolor se quedan en el recuerdo. Son la experiencia del duelo, hacer y deshacer, tropezar y levantarse, caer otra vez.
Al menos ahora me acepto en el ritual, me acepto en el reto. De nuevo me percato que en la escritura me acepto, me libero y trato de aceptar aquello que no entiendo. La incertidumbre, la desesperación, la ceguera de mis miedos, la idea de ser yo tal cual soy. Aún me cuesta hacerlo, pero mi familia me muestra que soy parte de ellos. Me enseña cómo hacerlo y me permite errar y reparar una y otra vez. Me da fuerza para entender y me recuerda que no importa si tengo clara o no la misión de mi vida, ahí estarán para apoyarme, acompañarme, guiarme y celebrarme.
¿Escribir duele?, sí. Pero también te lleva a aceptarte, hacer ensayos de posibles metas, probarte, perderte, retarte y encontrarte. Escribir me trajo a una nueva familia donde nuestra ‘condición común’ es tallar letras, donde me siento bien conmigo y me inspiro de sueños ajenos de los que aprendo y disfruto, ya llegará en su momento mi propio sueño. Hoy mi misión para con esta familia, es aceptarme más cada día y no olvidarme de las letras, las más aliadas de mis amigas.
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