Talladoras de Palabras

Abril, 2008

La leyenda de la Princesa Ameyahle

Para iniciarte en el ritual de la Escritura, debes conocer la historia de la fundadora de la Hermandad: 
 
La Princesa Ameyahle

Autora: Amparo Espinosa Rugarcía
Talladoras de Montaña
Publicado por Editorial Diana.

«Hace alrededor de 500 años vivía en el pueblo de Tepoztlán una princesa llamada Ameyahle, que acostumbraba pasear, solitaria, por las montañas del reino. Mientras contempla su pueblo desde lo alto, ella musita siempre las mismas palabras:

Mis dominios nada son si no tengo La Escritura. Los hombres tienen La Escritura y conocen el antes y el después. Por eso sus ojos ven lo que no se ve y sus oídos oyen lo que no se oye. En La Escritura guardan ellos sus secretos. Sus versos alcanzan otros parajes. Pero La Escritura nos está vedada a las mujeres. Ninguna mujer se atreve a buscarla. Mis dominios nada son si no tengo La Escritura.

…un día, se olvida del tiempo durante su paseo. La noche la atrapa: debe permanecer en la Montaña más alta en espera del alba… y ella, que a nada teme, comienza a sentir miedo del silencio y de las sombras. Entonces la Montaña le habla por primera vez:

Ameyahle, ve al Río Atongo al amanecer. Ha llegado tu momento. Atrévete. No destruirás al mundo. Habrás de transmutarlo.

… Con el primer rayo de sol, surge un Manto de Luciérnagas Diurnas y Ameyahle se prende de él. Va flotando hasta el Río Atongo y entra desnuda en esas aguas. Ahí brisea el Dios del Viento. Al mirar a la princesa, tiembla el Dios, sus ojos reverberan; de sus labios sale un oreo aromado. La Princesa Ameyahle lo tiene a su merced y él no lo sabe. Es la oportunidad esperada desde hace muchas generaciones de mujeres. Ha llegado por fin el momento de obtener lo prohibido.

Ocultando sus pensamientos, encendidas sus pupilas, la Princesa Ameyahle no espera más y sale del río cubierta de espuma, envuelta en flores de chompantle, sus largos cabellos cobrizos se arrastran por el musgo. Camina cadenciosamente hacia el Dios del Viento y le ofrece una de las flores. Él extiende su mano hasta tocar los dedos cautivantes de la princesa. En ese preciso instante, ella sonríe triunfal y él, arrebatado, emite un sonido agudo: la Princesa Ameyahle le ha robado La Escritura. Apartándose frenéticamente, como si hubiera sido tocado por un rayo, el Dios del Viento se yergue con los brazos en alto y, antes de desaparecer, le lanza a la princesa Ameyahle la Maldición Desesperada:

Escribirás con dolor.
… los dioses habían puesto como única condición para confiarles La Escritura a los sacerdotes, que jamás se la otorgasen a mujer alguna porque en manos de mujer La Escritura engendra Seres Almados que pueden destruir al mundo…

La condena cobró efecto cuando aún Ameyahle sonreía disfrutando su indolente victoria.

La Princesa Ameyahle no pudo empezar a hacer uso de la prenda robada de inmediato. Una febril ansiedad se apoderó de ella empujándola a seguir al Dios del Viento, presa de un amor inasible… Durante muchos soles y otras tantas lluvias, a través de cañadas y planicies, la princesa lo persigue. Cuando cree tenerlo entre sus brazos, él está ya en otro lugar… La Princesa Ameyahle se convulsiona. Sufre como si le arrancaran trozos del cuerpo, jirones de piel.

…pasadas muchas lunas, desapareció envuelta en un Manto de Luciérnagas Diurnas ya sin fuerzas para seguir al Dios del Viento. La Princesa Ameyahle reaparece en la Montaña con el corazón doliente algunas estaciones más tarde. La Montaña la acoge con ternura. Le habla al oído, a los ojos, a la piel, muy quedo, muy despacio, cual una madre. La Princesa Ameyahle escucha apenas.

Tiene el alma llagada.

La Montaña no ceja. La colma de regalos. Le revela, en su inconmensurable sabiduría, las intimidades de los ahuehuetes y de los palos de rosa, de los arroyos y de las estaciones… Reconfortada con tales regalos, la princesa puede, por fin, pronunciar estas palabras:

Ya tengo La Escritura. Se la robé al Dios del Viento. Pero debo pagar mi afrenta con un dolor punzante que no me deja desde entonces.

La Montaña le responde:

Por eso estás aquí, Ameyahle. Talla tu historia en mis cavernas. Tállala una y otra vez. Horádala. Penétrala. Repítela. Hurga en cada uno de sus rincones. Cuéntala de mil maneras. Descubre sus vericuetos, sus texturas. Sumérgete en el manantial de sus atrevidos matices. Yo soy la transmutación.

Guiadas por La Escritura, las manos de la princesa comienzan a tallar en las cavernas de la Montaña la historia de su encuentro con el Dios del Viento. Lágrimas incontenibles brotan de sus ojos. Los misterios de su cuerpo, los enigmas de su mente, los arcanos de su corazón van descifrándosele en las rocas talladas…

…Llora tanto la princesa, que sus lágrimas forman un Manantial en el corazón de la Montaña. Fue en aquellas aguas en donde se vio a sí misma por primera vez. Desde entonces ese manantial es sagrado y se le conoce como el Manantial de los Susurros.

Un día, transcurridas nueve estaciones, La Princesa Ameyahle descubre que su dolor ha sido purificado… Se sienta sobre una roca al borde de su propio manantial y comienza a surcar suavemente las aguas con los dedos. De pronto un abanico de imágenes emerge de las sorprendidas olas. No sólo el rostro de la princesa dibujado con inédita claridad se refleja ahí, también los rostros de otras mujeres de cuyas bocas emanan voces silenciosas que le susurran al oído:

Somos historias que queremos ser contadas, ser talladas, ser escritas.

Entonces la Princesa Ameyahle sabe que necesita encontrar a esas mujeres. Necesita compartir con ellas su camino, invitarlas a tallar… Las mujeres de Tepoztlán empiezan a acercarse. La Hermandad de las Talladoras de Montaña no tarda en nacer.

…Inexplicables brotes de luciérnagas diurnas alumbran el paso de estas iniciadas… Los hombres, embriagados de temor, calumnian a la Princesa Ameyahle…

La Princesa Ameyahle no escucha las habladurías. Empeñada como está en profundizar en los misterios de La Escritura, se mantiene al margen de estas liviandades. Ha alcanzado la Transmutación.

La Hermandad de las Talladoras de Montaña crece ante el estupor de los hombres que comienzan a temerle abiertamente a la Princesa Ameyahle y a sus seguidoras. Los rituales tradicionales cambian. El ritmo de las costumbres se altera. Las mujeres se ausentan de sus hogares… El aura del pueblo modifica su color. Las cosas llegan a extremos tan violentos que la princesa debe salir huyendo porque peligra su vida.

Hay quienes aseguran que llega hasta las montañas de Stonehenge en Inglaterra, hasta las rocas de Fontainebleau en Francia, de los Cárpatos en Rumania y de Maracauasi en Argentina en busca de aquellas voces de mujeres brotadas de su manantial… Muchos aseguran que es imposible que la Princesa Ameyahle haya llegado hasta esas lejanas tierras, pero no las seguidoras de la Princesa Ameyahle, a las integrantes de la Hermandad de las Talladoras de Palabras, nombre con el que ahora son conocidas desde que la hoja de papel se convirtió en su montaña personal, no les cabe ninguna duda de que así fue. Apropiarse de La Escritura, poner por escrito sus historias, como lo hizo la Princesa Ameyahle, les ha permitido, también a ellas, emprender aventuras igualmente extraordinarias.