Los recuerdos de cada año escolar han quedado en mi mente como fragmentos de esa parte de mi historia que acompañan y van y vienen evocándoles cada vez que se presenta algo que lo detona. Aún en estos presentes días, ver las flores multicolores de los pericos que en hilera crecían pegados al barandal de la fachada la cual abarcaba toda una cuadra, así como, asomarme a cualquier fuente y ver el reflejo de mi rostro en el agua, son motivos para traer a la memoria aquella escuela donde curse de 3ero a 5to de primaria llamada Lázaro Cárdenas o mejor conocida como "la 305”.
Al mudarnos de Saucillo a Delicias, a papá le pareció bien rentar la casa de enfrente de este centro escolar. Así pronto se convirtió no solo en recinto del saber sino que también fungió como patio de juegos, tener la cancha de básquet casi como propiedad, ayudó a que desde 4to hasta 6to fuera seleccionada para el equipo.
Sin embargo uno de los recuerdos mas firmes es la imagen de aquella maestra que por su vejez y gordura arrastraba el caminar. Situación que no le impedía cada tarde regresar a cumplir con el horario vespertino. Ella siempre al entrar al salón, esperaba el acomodo que hacíamos en las bancas de compartimiento doble y, con la vista corta, ayudada por anteojos de mica gruesa, con pasos largos caminaba por el pasillo formado por las bancas jadeando por el esfuerzo, y con tremenda desfachatez, uno a uno, jaloneaba del cabello a niños y niñas sentadas del lado del pasillo luego, se regresaba y continuaba haciendo lo mismo por el otro pasillo. Esta práctica era realizada diariamente, cada tarde. Comprenderán mi preocupación por llegar y ganar un lugar pegado a la pared.
Pero un día tratando de dejar dormido a Juanito, el menor de mis hermanos en esa época, se me hizo tarde, y cuando entré al salón observé con temor que solo había lugares contiguos al pasillo, sin remedio, con el corazón palpitante, me senté, en el pensamiento repetía una y otra vez lo que diría a la maestra cuando me tocara el turno de jalonearme el cabello, ¿Maestra no hicimos nada, porque siempre nos tira del cabello?, conforme llegaba el momento y la maestra se acercaba, el corazón se aceleraba, pero mi asombro fue mayúsculo cuando vi que la maestra cambiaba la costumbre, pasmada veía que se estiraba para alcanzar a niños y niñas de lado de la pared y pasaba por encima de los sentados sobre el pasillo, ¡no lo podía creer!, me había salvado del jalón, mi boca, se quedo cerrada y mi corazón egoístamente se calmaba.
Así también viene a mi recuerdo cuando pasar lo más rápido posible sin voltear a ver para dentro del salón de las maestras Queta y Enriqueta era común, no atender la curiosidad de escuchar los llantos, no fuera ser que enojadas por la intromisión fuésemos centro de sus agresiones. Y por supuesto, cada año calladamente pedíamos que no nos tocaran de maestras.
Los recuerdos de la violencia hacia los y las niñas son bastantes, a los niños les jalaba de las patillas, el borrador era objeto volador que desde el escritorio dirigido a veces a quien fuera o, a un “objetivo especifico” era práctica diaria, los metros, las reglas y las varas servían para dejar las manos enrojecidas, vi muchos hincados en las canchas bajo el sol o el frío. Era en esa época, común el castigar de estas formas, se veía natural y muy difícilmente los padres, quienes también tenían estas costumbres de educar con golpes, hicieran algo para que las y los maestros dejaran de maltratar, a nosotras siendo niñas, solo
nos quedaba el recurso de portarnos lo mejor que pudiéramos para no despertar el enojo de los mayores, o bien aprender a “hacerlas” sin llegar a ser descubiertas.
Martha González Rentería
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