RED LECTURA
Por Inés Carmona Pérez, Demac Querétaro
Sobre el libro Como yo te he querido de Erma Cárdenas
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¿Quién no ha leído sobre las grandes historias de amor que se han dado a lo largo de los siglos? ¿Quién no ha escuchado hablar de Marco Antonio y Cleopatra, de Adolfo Hitler y Eva Braun, George Sand y Chopin, Frida Kahlo y Diego Rivera, Juana la loca y Felipe I? Sólo por mencionar algunas. Todas ellas, historias llenas de pasiones, arrebatos y tragedia. Es en esta energía que nos mueve y nos impulsa, al extremo de abandonar toda razón y cordura, donde se sostiene gran parte de esta obra escrita por Erma Cárdenas. La autora, a través del libro Como yo te he querido, nos presenta una biografía no sólo acerca de una mujer, Concepción Lombardo y un hombre, Miguel Miramón. La obra también desentraña un profundo y apasionado amor entre los dos, tan férreo y perdurable que bien es digno de añadirlo al universo de las tantas historias de amor que merecen ser contadas generación tras generación.
Consciente de su belleza y confiada en su posición social, Concepción Lombardo, a través de sus memorias y gracias también a la pluma de Erma, nos abre su alma internándonos en un pasado lleno de convencionalismos sociales y restricciones donde el tabú, el pecado y la apariencia tienen un papel protagónico para las mujeres de su tiempo. El México de mediados del Siglo XIX tal vez no estaba preparado para una mujer como ella, rebelde, osada y con una admirable determinación de ser auténtica. Tampoco cualquier hombre estaba preparado para una mujer así, a excepción del general Miguel Miramón. Hombre decidido y capitán en aquel entonces, se enamoró de Concepción el mismo día que la conoció. La osadía se vuelve a entrelazar en esta historia, ya que no sólo él tiene el atrevimiento de proponerle matrimonio en esta primera entrevista, sino que ella se da el lujo de despreciarlo y exigirle, para tales efectos, que por lo menos ostente el cargo de general. Entre ellos el amor juega las veces de perdición.
Ella reconoce el efecto que le causa su cercanía y como todos sabemos, la entrega también significa rendición. Cito, en palabras de Erma Cárdenas, en la voz de Concepción:
Estábamos solos. Seguramente, los demás habían escogido una vereda menos peligrosa. Tu presencia, tu rostro tan cerca del mío, alteraron mi respiración. Adiviné que me ibas a besar y no hice nada por evitarlo. Que mi primer beso me lo robara un hombre tan joven, guapo, guapísimo… Para mí sería inolvidable. ¿Para ti, también lo fue?
Aquella mañana nuestros labios se unieron tiernamente. Permanecimos juntos, inmóviles, escuchando los pájaros, el rumor incesante del viento entre las ramas. Las trabas de la educación y la moral desaparecían. Me besaste otra vez. Me acercaste, aún más, hasta oprimir mis senos contra tu pecho. El sol, el calor, me bañaban. Quizá te hubieras detenido; yo… te devolví el beso. Me miraste estupefacto. ¿Una señorita decente te alentaba a…? Segundos después, me quitabas el sombrero; las horquillas caían perdiéndose entre las piedrecillas, y yo, paralizada por la emoción…
El matrimonio entre Concepción y Miguel significó algunas rupturas para ella, ya que la relación estuvo marcada desde el principio por las diferencias políticas. La lealtad familiar de ella yacía con los liberales y su unión con un conservador vino a romper el esquema de lo permitido, de lo aceptable y de lo racional. El amor que ella le profesaba a Miguel Miramón fue de alguna manera una mancha que la persiguió por el resto de su vida, flotando como una nube negra por encima de su cabeza, que terminó por extenderse a sus anchas y ensuciar todo a su alrededor con una tinta inmunda y obscena cuando su esposo es acusado de ser traidor a la patria. Para él, haberla conseguido como esposa bien pudo haber significado una conquista más, desde el punto de vista político. Sin embrago a lo largo de la obra, podemos develar el profundo amor que él le tuvo y la dedicación que, tanto cuanto le permitieran sus funciones políticas, le daba a su mujer y a su familia.
La devoción por ella está inscrita en la tinta de sus cartas, mismas que llevan impresa el alma de un soldado que mantiene encendida la esperanza de volver a mirar directamente a los ojos a su amada. La sombra constante del miedo a la muerte en batalla y de que ese encuentro pueda llegar a diluirse sin remedio en el mar de lo imposible, hace todavía más valiosas cada una de las palabras que él escribe. Cito su carta fechada el 31 de agosto de 1858:
Amada Concha:
La falta de tus letras me había hecho pensar en mil necedades, entre otras el que preferías al hombre que se interpuso entre nosotros, hace tres años. Por consiguiente, mi humor insoportable y mis días pesados. Tu carta me vino a tranquilizar y a ahuyentar aquellos pensamientos infundados.
Supuesto que deseas saber lo que pasa, te lo pondré en conocimiento. Por ahora, se trata de conquistar San Luis Potosí, que el enemigo ocupa y que según unos defenderá a toda costa contando para ello con 7 mil hombres y 24 piezas; otros dicen que sólo tiene 5 mil soldados y 37 piezas; el caso es que, ya sean pocos o muchos, te prometo que para el 11 del entrante, te he de escribir desde esa plaza. Es segura la victoria por nuestra parte, pero debes pedirle a Dios que nos esperen, pues si huyen como acostumbran quién sabe cuándo concluiré lo de estos rumbos.
Saluda a tus hermanas y piensa cuánto te ama tu Miguel.
La vida de ambos se mueve como un remolino, jugando y esquivando las constantes problemáticas que aquejan al país, donde las pugnas entre liberales y conservadores y la intervención extranjera forman parte de una realidad concreta y tangible, pero de alguna manera paralela al amor que crece entre ellos, mismo que se alimenta de la unión, de los hijos, de la intimidad y las caricias. Pero la realidad no perdona. El general Miramón, defensor y colaborador de Maximiliano, termina siendo apresado junto con él y a pesar de todos los intentos de Concepción por liberarlo, la fatalidad traza el destino de ambos.
El Amor, la traición, la lealtad, el dolor… las eternas cuestiones son siempre las mismas. La naturaleza humana se rige por las mismas pasiones y llora las mismas pérdidas. El duelo se convierte en la materialización y expulsión del dolor, como quien saca una espina de la piel. Para Concepción Lombardo, esta espina llegó y se instaló, sacándole sangre, punzándole en la epidermis, vistiendo de luto el resto de sus días. ¿Cómo enfrentar la pérdida de un amor, cuando ésta significa la desaparición material, la terminación de la vida, la destrucción y descomposición de un cuerpo donde hubo un corazón latiendo al mismo ritmo que otro? Tras el fusilamiento de su amado en el Cerro de las Campanas, le son entregadas sus pertenencias a la ahora viuda.
Entre ellas Concepción encuentra una serie de cartas dirigidas todas a ella. Cito una:
Amada mía:
He recibido a Dios y estoy lleno de confianza en su misericordia. Te he bendecido, así como a mis hijos; mi último pensamiento en la Tierra será para ti. En el Cielo, si Dios me lo concede, rogaré por ti y por mis hijos. Te ruego tengas resignación, perdones a los que te causan tanta desolación y pidas a Dios por el descanso de mi alma.
Miguel
Nadie mejor que ella para describir los sentimientos que surgieron al revisar estos objetos que, tan sólo unas horas antes, traía puestos el hombre de su vida:
Bajo esos manuscritos estaban las ropas que mi esposo llevó al patíbulo. Al ver aquellas ropas ensangrentadas, quemado y hecho pedazos el chaleco, el pantalón por donde habían corrido arroyos de sangre y la camisa que había perdido su color, volviéndose roja, mis ojos se anegaron en llanto. Un torrente de lágrimas desahogó mi espíritu y me salvó de morir.
Erma Cárdenas nos regala en su libro un retrato emotivo, sensual, inteligente, intenso, de lo acontecido en las vidas de estos protagonistas de nuestra historia política y social. La autora nos regala al Miramón hijo, esposo y padre, y nos invita a entrar en el alma de la Concepción hija, madre, pero sobre todo, amante.
Para cerrar con broche de oro, quiero compartir con ustedes el prólogo que abre esta obra en la voz de, como él la llamaba, Concha:
Mes de octubre del año 1867.
Aparto la pluma pues, de repente, me irrita. “Virgen Santísima”, pienso, llevándome una mano al corazón, “mi pena tiene medida”. Han transcurrido cinco meses desde la fecha trágica, fatal. Cinco meses en que vivo sin vivir. ¿Imagino? Oigo la descarga de seis fusiles. ¿Desvarío? Veo a un hombre caer sobre la hierba seca. Y tu existencia, Miguel, termina.
Las semanas en que deambulo, ajena a todo, abarcan desde el instante en que tú aún me pertenecías hasta este presente, totalmente absurdo. Creí, ¡pobre ingenua!, que mi sufrimiento disminuiría para no volverme loca… como ella, la Emperatriz. Llegué a odiarla. Ahora, sin embargo, la compadezco. Perdió a su esposo y ese dolor, inmenso, la redime. Quizá, durante sus momentos de extravío, visualiza la descarga de seis fusiles, el cuerpo se derrumba. Dos muertes nos unen fundiéndonos en una sola angustia… Y también, nuestros recuerdos.
Me equivoqué, Miguel. La pena no disminuye. …. Ya no estás, ni conmigo ni en mí, amor. … mi vida se ha convertido en un pasado ardiente. Crece, me absorbe, borra a nuestros hijos…
Debería llenar mi existencia… no es así. Pienso en ti, en ti, siempre.
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