Talleres Chihuahua

Noviembre, 2010

Gracias a Dios por mis 27,672 días

Que son igual a mi edad actual. Nací el día 8 de enero de 1935, cuento con 75 años, 10 meses que suman en total la cantidad de 27,375 días más 18 días de los años bisiestos dan un subtotal de 27,393. Y por último, si a esa cantidad, le agrego los días de este año hasta hoy día 14 de octubre del 2010 que son 279 que han trascurrido, dan la cantidad de 27,672 que llevó de existencia.

Nunca me había puesto a pensar lo maravilloso de esta cantidad de días, menos a ir hilvanando los acontecimientos que he podido presenciar, como el que acaba de ocurrir el pasado 4 de octubre, algo nunca visto aquí en la ciudad. Fue la toma de protesta del gobernador electo en el Estado de Chihuahua, la cual se llevó a cabo en la Plaza Mayor (Plaza del Ángel), con una magna concentración tanto de invitados especiales, como de ciudadanos de varias partes de la República Mexicana.

En este número de días, cuento también las horas de sueño, las de trabajo, otras que pasé, paso y sigo pasando dentro del hogar en donde desempeño tareas domésticas: barro cuando puedo, trapeo de vez en cuando, lavo ropa dos o hasta tres veces al día, según se necesita, porque tengo que asear a mi hermana que está enferma; tiendo camas, preparo la comida y para que salga rica y sabrosa, agrego el ingrediente principal: EL AMOR.

A propósito de esto, cuando platicaba con el señor Andrés Páez Chavira, director del periódico Tercera Edad; a manera de broma él me decía que no con amor, que se cocina con aceite. Es cierto que se deben usar los ingredientes necesarios para que todo salga delicioso, ya sea desde un caldito de pollo, sopa de arroz, rajitas de chile con queso y hasta al postre que puede ser gelatina de sabores, esto es un ejemplo sencillo de comida casera. Todo varía de acuerdo al presupuesto de cada familia o de lo que ha podido adquirir y guardar en el almacén, para de esta manera, salir adelante cuando hay gastos imprevistos o situaciones difíciles, como el desempleo, una enfermedad o el fallecimiento de alguno de sus miembros.

Tuve la dicha de contar con mi mamáHortensia y mi abuelita Felícitas; ellas siempre trabajaron para que tanto mi hermana mayor, Chepina, mi hermano Jorge y yo la más pequeña de los tres no careciéramosde lo más indispensable.

A mí me daban permiso de ir a la casa de la familia Carrejo, mi tía Manuelita estuvo casada con uno de los hijos de esa familia y quedó viuda con un par de gemelitas: Julia María y María Alicia Carrejo.

Al medio día, cuando yo salía de la escuela, en lugar de ir a mi casa, me iba a la de la calle 16 y Coronado, tan pronto como llegaba me lavaba las manos, me ponía el delantal y hacía lo que me mandaban; unas veces pelaba papas, otras, rallaba amole pues este, se utilizaba para lavar los trastes. Luego se servía la comida, enseguida, recogíamos la cocina. Por la tarde debíamos volver a la escuela, así que nos lavábamos manos y cara y nos poníamos crema.

Don Pancho Carrejo, fundador de la “pomadosa” cantina “La antigua paz”, lugar tradicional en nuestra ciudad, que acaba de cumplir un siglo de vida al servicio de los chihuahuenses; acostumbraba darnos una monedita de dos centavos para la compra de nuestros “chuchulucos”. Había una dulcería de paso a la escuela en la calle 16 y de la Llave, contra esquina de los consultorios de la clínica Del Parque, y ahí llegábamos a gastar nuestros centavos.

Los días domingos nos daban diez centavos, a mí se me hacía un capital, sería porque oía este dicho de un tonto “¡Ay! qué carambal de pesos, dijo el que se halló un centavo”.

En aquellos tiempos se respetaba mucho salir con el permiso. No se iba uno de “pinta”, porque ni siquiera sabía lo que era eso, ya que sin saberlo, no le iba a uno bien si se llegaba a distraer viendo algo, como a mí me sucedió una vez que me fui a la casa del locutor de radio Enrique Domínguez, ahí había una perra que tuvo perritos, yo me puse de boba a verlos y me entretuve un buen rato.

Regresé a casa muy contenta y me preguntaron que dónde andaba, con gran emoción les contesté “viendo unos perritos en la casa del tío Enrique Domínguez”, porque así le llamábamos a él, bueno para que otra vez no te vayas sin permiso ¡tómala y tómala! con unos leños me pegaron, lloré y después me dijeron que no debía irme sin avisar.

Ese día, me dieron una buena “pela”; fue la última vez, porque si mi mamá nos arrimaba, mi abuelita nos la secundaba o viceversa.

Con los años he comprendido que me querían y que a su manera trataban de evitarme peligros que cuando se es niña no los mide uno, no los ve. Sobre todo, en el pasado que uno no tenía malicia y estaba llena de candor. Esto fue como a los 12 años.

Marta Esperanza Carreón Rivera