Experiencias

Marzo, 2011

Fragmentos en Puebla

Carmen Díaz

Fragmentos de Dignidad: “ya nada, nunca es igual”…

Alejandra Montero Clavel

26 enero 2011

Durante ocho años de llegar viernes a viernes hasta el CERESO de San Miguel, las sensaciones y sentimientos se vuelven apacibles al estar con el grupo de internas.

Esas internas que terminan por convertirse en amigas. Mujeres que toman la decisión de atreverse a contar su historia; de abrir la puerta al mundo de la lectura y que me enseñan que esas puertas que se abren pueden ser cálidas mensajeras de nuevas aventuras, en las que entran el abrazo de un familiar, noticias tristes, buenas o frustrantes, que son testigos de la llegada o la salida de la muerte; o puertas de metal que acompañaron el ruido de una llave que se desliza de manera sutil por una reja y que refleja ese pequeño poder con el que nos topamos a diario, que te hace consciente de él cuando llegas a este lugar.

Ganar su confianza es uno de los primeros grandes retos. Ser testiga activa de su decisión de no abandonar el curso, a pesar del confrontamiento que experimentan, da fuerza, ayuda a deshacerse del miedo.

Cuando visualizan y piensan en su historia en blanco y negro, el dolor y las lágrimas y añoranzas; así como las risas que arrancan de los pasados buenos momentos, las lleva a caer en cuenta que no son más que un inconveniente y que con el tiempo tendrán la fuerza para calibrar los sucesos de sus vidas con ojos y pensamiento objetivos. Con una mirada de dignidad, con esa dignidad que da el control de situaciones, la responsabilidad de ellas mismas y la liberación de culpas.

Comprendo que ellas son como yo. Lo entiendo y aprendo que es tan sutil que pueda estar en su lugar o ellas en el mío.

Apropiarse de la escritura y la lectura son herramientas para soltar amarres, descoser y coser, de ya no ser tan duras consigo mismas y ser pacientes.

Caminan por un pequeño patio de paredes altas, torres de vigilancia, ojos que las observan, miradas que recriminan, voces que ordenan. En ese espacio cuentan cada uno de sus pasos. En el pequeño territorio donde duermen también caminan y vuelven a contar sus pasos. Queda la sensación de que cada pisada representa el tiempo que falta para abandonar de tajo el lugar.

Contar y caminar. Caminar y contar parece que les da un sentido.

Cuando vuelcan su historia en el papel ese sentido se trasforma. Cuentan su vida y no pasos. No caminan y se ciñen a su territorio de confinamiento sino ahora tienen un ancho mundo que les obsequia la lectura. Aprenden que son dignas de recibir. Su sentido es de pertenencia de ellas mismas.

La vida en el reclusorio despierta sensación de robo, de sentimiento de despojo de su alma, su vida, sus cariños y pertenencias. El despojo duele cada minuto, cada segundo que transcurre. Se convierte en el ladrón y dueño de las etapas de sus vidas. Ya nada nunca es igual.

Cuando su texto las refleja, logran perseverar en los momentos de soledad, de abandono, de situaciones difíciles. Se dan cuenta que arrepentirse de lo vivido no es lo importante, si no que lo importante es vivir los años que les quedan, no por el tiempo, sino por sus experiencias. Aprenden a vivir vidas completas. Son capaces de celebrar la vida. Sus vidas.

Tengo en mis manos sus escritos acabados. Impresos en esta publicación de editorial DEMAC que las hace vivientes para el hoy, mañana y siempre.

Nadie les vuelve a robar, desde su publicación, nada más.

De ese grupo a algunas, aún las resguardan las paredes de ladrillo, candados, puertas y rejas de acero; uniformes negros, botines con pisadas de imposición.

Sin embargo, algunas ganaron la libertad física. Son dueñas absolutas de su logro. Están a mano con la sociedad.

Las veo de nueva cuenta. Están frente a mí. Otro reencuentro para nuestra historia. Están arreglando sus vidas, se nota en su físico, en sus miradas. Ordenan su nuevo mundo. Restauran sus relaciones, se ponen al tanto de todo y de nada. Están logrando una nueva oportunidad.

Retrocedo la mirada, busco en la memoria y las recuerdo en el abandono de su cárcel, de su despojo. Imagino y vivo cada salida, la liberación de una pesadilla. Las veo con una pequeña maleta o una caja de cartón en la mano, frente al vacío.

Sus vidas, hoy, son diferentes. El patrón de la mía cambió.

Las heridas cicatrizan día a día. Sólo recuerdos y reflexión. Su palabra escrita les da permanencia en quien las lee. Les permite completarse. Con ella abandonan la sombra que las enferma.

Son imagen de esperanza y fe que trae a la memoria este poema:

“Conocí el bien y el mal, pecado y virtud, justicia e infamia; juzgué y fui juzgado,

Pasé por el nacimiento y la muerte, por la alegría y el dolor, el cielo y el infierno; y al fin reconocí que yo estoy en todo, y todo está en mí.”

Hazrat Inayat Khan

 

*Palabras ofrecidas durante la presentación del libro
Fragmentos de Dignidad, Puebla, Puebla.

 

¿Quieres saber más? No te pierdas la reseña de este libro por Celine Armenta…

 

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Alejandra Montero

 

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Angélica Domínguez

 

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Participantes y público