-¡Bravo!-rompieron en gritos y aplausos los invitados a la ceremonia.
Julio, el esposo de Valeria, corrió a su encuentro, se sumió en su pecho, la apretó contra sí y lloró de emoción. Ella reaccionó con lentitud. Primero le acarició el cabello con suavidad y después correspondió con besos y agradecimientos.
El director de la Facultad sonrió como si él fuera el graduado. Accedió a tomarse fotografías con algunas compañeras de la ahora abogada, pero en cuanto era liberado de un abrazo extrañamente efusivo -puesto que era la primera vez que las veía y ojalá fuera la última-, se limpiaba las manos con el pañuelo de seda que extraía del bolsillo de su saco.
El resto de los sinodales salieron al patio a darse un respiro. El ambiente había sido tenso pero no se amedrentaron. Hostigaron con preguntas complejas y capciosas, muchas más de las que normalmente hacían en estos casos, a la aspirante a licenciada. No la doblegaron. Por el contrario, esa mujer de mirada penetrante, los sedujo con su firmeza. No tuvieron más remedio que otorgarle el título.
Fumaron y rieron. Reflexivo, el más viejo de ellos se apartó un poco del grupo y se paró en medio de la explanada observando a la gente con una solemne curiosidad, escuchando risas de una explosividad inusual, se diría catárticas y una plática compulsiva, como una necesidad apremiante de pronunciar todas las palabras antes de que les fueran arrebatadas.
Valeria no salía del susto. En esa tesis le fue la vida en el último año y parecía increíble que por fin hubiera obtenido el título. Con su bebé en brazos, recibió decenas de felicitaciones, miradas tiernas, de admiración, también de lástima. Ella casi no habló, sólo abría más sus enormes ojos color miel y se preguntaba por qué ni siquiera en esa ocasión podía bajar la guardia. Se aferró a su pequeña hija y a su marido, el alimento a su sensibilidad, para recordarse que seguía siendo humana y sólo entonces sus tiesos labios se relajaban y las comisuras caían en una mueca más bien triste.
Observó a su madre, ahí, sentada en una silla de fierro. ¡Cuánto había envejecido! Se sintió culpable y conmovida porque esa señora, que en realidad no tenía una edad muy avanzada, en aras de hacer sentir bien a su hija, hacía las veces de anfitriona en ese salón ajeno y servía platos con tortitas de mole que ella misma había preparado, rellenaba vasos de plástico con refrescos y de vez en cuando volteaba a ver a la que siempre sería su nena con un gesto de ternura y humillación, como temiendo importunarla.
Sus compañeras la sacaron del trance. Una broma, el bendito humor negro, barco en el que todas zarpaban para navegar ese mar revuelto que, de manera inevitable, ahogaría a una por una.
-Hasta que te vemos arreglada Valeria-, se burló Irasema, la más ruda del grupo, una mujer alta, gorda, morena, con el cabello teñido de rubio.
Ni a ella ni al resto de las amigas se les vio nunca sin aretes y polvos de colores pastel en los párpados. Valeria siempre se preguntó de dónde sacaban ánimos para eso. ¿Cómo era posible que aún en los momentos más áridos, ellas se retocaran el lápiz labial corrido por la baba de lo absurdo, o hicieran pausas en medio de la tormenta para ponerse más rímel en las cada vez menos pestañas de tanto llorar?
Quizá hasta esa mañana lo entendió. “No pasarán”, fue lo primero que se dijo cuando vio su imagen en el espejo: la cara iluminada por el maquillaje, el cabello recogido cayendo en alegres y tiernos rizos; dulzura contrastada con la mirada violenta que adquirió un toque sensual por el efecto del delineador de ojos que profundizaba la expresión de las pupilas.
Sonrió con ellas tímidamente. La evaluación no había terminado. Las autoridades, con discreción o a descaro, continuaron observando cada uno de sus movimientos. Se comportaría hasta el final como lo que ya era, una licenciada.
Su asesora de tesis la felicitó.
-Muy bien. Me gustó la fuerza con la que defendiste que los presos no considerados de alto riesgo, deben gozar de libertad bajo palabra.
-Y ¿qué esperaba asesora?-respondió con ironía, provocando que la maestra se ruborizara, bajara la vista al suelo y luego, pretextando la garganta seca por la emoción, se alejara hacia la mesa donde estaban las bebidas.
Fueron dos horas entre esa muchedumbre de familiares ya extraños, de amigas de las que, en otras circunstancias, hubiera huido; sólo su cariño por Julio parecía inmutable. Su único buen recuerdo, su mejor presente… ¿sería su peor futuro?
Respiró un poco cuando los sinodales partieron. En su despedida, algunos se atrevieron a llamarla “colega”, y agregaron un cínico, “nos vemos pronto”.
Hasta entonces la graduada se dio el lujo de contar y escuchar algunos chistes, de quitarse los tacones y correr como niña tras otra rebanada de pastel.
La tarde avanzó. En medio del patio, el cielo se vistió de azul cobalto. Un timbre se escuchó como señal de que el festejo debía terminarse.
-Ya vamos a cerrar el salón- advirtió al aire una custodia y luego, con una dura mirada y un tolete colgando de su cintura, ordenó a propios y extraños abreviar el encuentro.
Valeria se puso firme de inmediato, fue hacia su madre, la abrazó sin lágrimas, le encomendó que se llevara a las tías, sobrinos, primos y demás familia que había acudido y le dio la espalda.
Después, caminó hacia donde estaba Julio con la hija de ambos. Su marido no habló. Sólo le acarició la cara, le limpió las lágrimas, la miró con ternura y prometió volver pronto. Estaba consciente de que eran observados.
-Cálmate Valeria-, le susurró mientras le pasaba a la bebé que en toda la fiesta estuvo con su padre. Le dio un beso en la mejilla y salió aprisa del salón sin voltear hacia atrás.
Las compañeras tomaron las bolsas negras de plástico. Las llenaron de la basura regada en las mesas, acomodaron las sillas, otra, trapeador en mano, limpió el piso. En unos minutos, volvieron a su rutina y a ser ese conjunto de mujeres con la misma ropa en beige, que sólo se diferenciaban por los collares, pulseras y tenis que cada una llevaba puestos.
Angelina, quien nunca se había enterado de lo que sucedía en su vida, perdida siempre en otros mundos, caminó pensativa al lado de Valeria y la bebé mientras cruzaban el patio.
-¡Qué bonita fiesta! Lo único que no me gustó, fue ese cuento que contaste al principio, está muy triste, ¿no?
-¿Cuál cuento?-, respondió entre sollozos la abogada.
-Ese que yo creo que a los señores que vinieron tampoco les gustó porque te hacían muchas preguntas… ese, el de la libertad.
Valeria sonrió un poco. Quizá por primera vez en su vida, Angelina estaba lúcida.
-Ah, sí, el cuento ese…- respondió con desilusión mientras la custodia ordenó silencio, apagó las luces y echó llave a la celda.
Anaid
¿Qué te pareció este texto? Escribe aquí tus comentarios o envíalos a diana.perez@demac.org.mx