Talleres Puebla

Julio, 2011

Dormir contigo

 Susana Pla Rovira

Talleres Ibero Puebla

Habían pasado más de 30 años desde la última vez que se vieron. Ella despidiéndose de sus compañeros de trabajo pues contraería nupcias en dos meses, y él detrás de su escritorio denotando una personalidad que lo caracterizaba, entre tímido y bromista a la vez; una rara mezcla de simpatía, carcajadas y velados intentos de galantería seguidos por un apocamiento tal que, a sus 32 años, no le había permitido establecer una relación estable,  conveniente para lo que dictaban los cánones de aquella época. Ella, en la flor de la edad temprana, 21 años, dispuesta a iniciar una vida de matrimonio, más enamorada que consciente de lo que ello significaba.

Era febrero y el viento y la llovizna hacían que se sintiera mucho frío; se encontraron en un bullicioso café, cercano a la oficina de ella, para hablar de trabajo y, sutilmente, para restablecer la débil e inconclusa relación que los había intentado unir tres décadas antes; se reconocieron fácilmente a pesar de tanto tiempo sin verse; nerviosos como colegiales, entre café y café  conversaron de todo y de nada, tratando de ponerse al corriente de sus vidas, no obstante que el ambiente era poco propicio; mucha gente, mucho ruido y mucho tiempo sin verse.

Él nunca se casó y a sus 63 seguía igual de calvo que a los 32, viviendo con una hermana, también soltera; viajando de vez en cuando; ya casi retirado del negocio que había establecido años atrás y que le permitió independizarse de la empresa donde se conocieron. Pero eso sí, divirtiéndose de lo lindo, saltando entre relaciones amorosas tanto cuanto se lo permitía una salud menguada después de haber sobrevivido a un infarto masivo a los 40 y que le había dejado como recuerdo indeleble la colocación de dos o tres stents en las arterias del corazón.

Ella, quien buscó la cita, trabajaba dirigiendo, administrando y recaudando fondos para una organización de segundo nivel dedicada a apoyar a instituciones asistenciales en su estado, que a su vez, atienden directamente a la población marginada, mientras seguía reponiéndose de un divorcio voluntario, necesario y tormentoso, tras 28 años de triste matrimonio; esforzándose por convencer a “su cliente” de invertir en la institución, se perdía entre las explicaciones técnicas y las triviales.

Pasaron casi tres horas entre risas y más risas; con él no era posible estar serios, era un cascabel, a todo le encontraba el chiste; indudablemente que con el paso de los años no había perdido su carácter gracioso, dicharachero y bromista, al contrario, se había acrecentado la simpatía que la timidez no  logró opacar ni permitió brotar en su totalidad durante  su juventud.

Entre ocurrencias, guasas y carcajadas, acordaron verse una siguiente vez para… pasarla bien y reírse más, pues el donativo que ella buscaba no se lo iba a otorgar; él no era un tipo altruista ni tenía los suficientes medios para serlo; sin embargo sí le interesaba seguir viéndola y le pidió su teléfono. A pesar del fracaso laboral, ella salió del café emocionada y curiosa sobre el cauce que tomarían las cosas si es que él volvía a buscarla como le había asegurado; hacía más de 30 años que no se veía con ningún hombre con otras intenciones como las que, probablemente, ahora intuía.

Pasaron tres semanas y ella siguió con sus actividades laborales. Asistió a un Taller en Querétaro, no tan lejos de la ciudad donde vivía; reunida ahí con personas conocidas dedicadas a la misma tarea, tratando de aprender cómo hacerla mejor en un ambiente social poco propenso a la filantropía. Era todo un reto, un verdadero desafío lograr que los que más tienen aporten algo para los que no tienen nada. Sin embargo el trabajo social voluntario que realizaba desde hacía quince años y se había convertido en su sustento, pues ya recibía una remuneración económica, la hacía sentir realizada y contenta por su aportación en el ámbito del desarrollo social de su comunidad.

Ensimismada en sus proyectos, preparándose para dejar el hotel donde estaba hospedada, escuchó sonar su teléfono móvil y al atender la llamada de un número desconocido, inmediatamente reconoció la voz alegre y festiva de él.

-Te invito en la noche a una cata de vinos

-¿A qué hora? Respondió ella, con la vaga esperanza de que le diera tiempo para llegar.

-A las nueve, contestó él.

-Voy saliendo de Querétaro, llegaré allá alrededor de las ocho; ¿en dónde nos vemos?

Después de esa invitación, se sucedieron una y otra: a comer, a cenar, a tomar la copa, un café; advertido él que ella no buscaba un romance por el momento, respetuosamente no se permitía ninguna insinuación de relación más íntima, aunque estaba implícito que, una pareja de 52 y de 63 años, no podría seguir mucho tiempo de “manita sudada”, como se dice de manera vulgar.

Pasaron tres meses de algarabía en algarabía, sin ninguna atadura, sin ninguna responsabilidad más allá de la diversión; ella sintió que después de dos años de separación ya debía tener superado el duelo del divorcio y que era  momento de darse permiso y aceptar una relación más profunda con él, una relación que le permitiera recuperar la ilusión perdida; él era un hombre sumamente respetuoso y, convencida y atraída por su simpatía y gentileza, iniciaron un idilio como de juventud, con el brío, la pasión y el desenfado que la caracteriza.

Ella se sentía libre y feliz con ese hombre de sangre  ligera; se divertía y se reía como nunca antes; entre la realización que le hacía sentir su trabajo y su relación con él, sintió recuperar la autoestima perdida tras muchos años de imposiciones, dominio y celos infundados de un marido inseguro y prototipo del hombre “macho”.

Empezaron a asistir a eventos sociales juntos; la presentó como su “novia” ante su familia para sorpresa de todos, pues era la primera mujer que les presentaba como tal. Por alguna razón desconocida para sus familiares, él nunca había tenido una pareja duradera que hubiera sido introducida en su círculo de amigos y parentela; “fueron puras pendejadas, nada que valiera la pena, nunca antes me enamoré”, argumentó alguna vez.

El parecía feliz y renovado; sus hermanos y sobrinos encantados y satisfechos de verlo rejuvenecido aceptaron de buen agrado a la compañera del hermano y tío solterón. También sus amistades cercanas le aplaudían su visible enamoramiento el cual no tenía ningún recato en presumir, comparando su sentir al haber alcanzado el “paraíso”.

Pasaban los días, distraídos cada uno en sus quehaceres y por las noches, cuando se encontraban, se sentaban a oír música de todo tipo; en una de esas veladas escucharon a Luis Miguel interpretando “Dormir contigo”, letra con la que él se identificó y que a partir de entonces hizo suya, al igual que “Voy a cruzar los dedos”, de Rafael.

¡Escúchalas, mi amor!, le decía a ella, me describen a la perfección: “voy a cruzar los dedos para que no termine tanta buena suerte…porque a partir de ti fui un solitario menos, contigo conocí lo que es amor del bueno, porque a partir de ti que bien me va la vida, porque tu piel en mí, me queda de medida… voy a rezar bajito para que no te vayas nunca…, para que nada cambie este amor tan bello…, para que no despierte de este hermoso sueño…, mi sombra no está sola, te tengo junto a mí y soy otra persona, porque el amor al fin está de parte mía, porque a partir de ti, sin ti no sé qué haría…, voy a cruzar los dedos, no está de más mi amor ni está de menos”.

Los días transcurrían en esa especie de marasmo provocado por el enamoramiento; se sentían transportados a otra dimensión e inauguradores del edén: “dormir contigo es el camino más directo al paraíso…”, disfrutando sus encuentros y conviviendo el mayor tiempo posible, tanto cuanto sus obligaciones les permitían. Se acercaba la fecha en la que ella debía participar en un nuevo taller similar al de Querétaro; cada tres o cuatro meses se llevaban a cabo y el siguiente tendría como sede Cozumel en los primeros días de Junio.

-Acompáñame a Cozumel -le dijo.

-¡Claro! -aceptó él gustoso.

Cumplidos todos los preparativos para el viaje, boletos de avión y reservación de hotel, el domingo anterior a la partida se despidieron acordando no verse ni lunes ni martes, pues ella estaría muy atareada con un evento que tendría lugar el martes; se trataba de una comida a la que había convocado la institución para la que  trabajaba y a la que se había convidado a empresarios y gente del gobierno de la localidad para invitarlos a participar en los proyectos que la organización tenía en el estado para apoyo de la comunidad.

Así pues, resolvieron verse hasta el miércoles en la estación de autobuses a las siete de la mañana, desde donde abordarían un autobús que los conduciría al aeropuerto de la ciudad de México y después... el avión hacia Cozumel.

El lunes transcurrió rápido para ella entre tanto preparativo y ajetreo; no tanto para él. Solamente platicaron un rato por teléfono en la noche.

Se llegó el martes; la asistencia a la comida fue nutrida; atender invitados, acompañarlos hasta sus lugares previamente designados, entregar gafetes, material informativo, todo había que checar que se hiciera a tiempo e impecable: ella era la responsable. Los ponentes, especializados en la materia, dictaron sus conferencias  en tanto que los asistentes degustaban la comida.

Mientras tanto él, en su ex casa, como le nombraba desde los inicios de su romance con ella, esperaba el llamado a comer de su hermana, viendo las noticias en el televisor, cómodamente recostado en un sillón reclinable con la maleta junto, preparada, lista para irse a la playa al día siguiente; estrenaría esa camisa que le había traído de Egipto, Nando, su hermano más querido.

-Moncho, ya vente a comer -gritó Martha desde la cocina-, ya llegó Nando.

El llamado se repitió varias veces sin que él acudiera al comedor hasta que  por fin Nando fue a su recamara por él.

Tenía dos parches de nitroglicerina en el pecho, estaba sobre la cama, sin camisa, inerte, sin vida.

Ella acudió a su sepelio sintiéndose su viuda y despidiéndose de su único, verdadero, efímero y tardío amor.

 

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12 Sep18:22

PERFECTAMENTE NARRADA

Por Anónimo (no verificado)

MARAVILLOSA HISTORIA, TRISTE DESENLACE