Fue hasta que mi hijo fue a dar al hospital, que sentí el más grande dolor de toda mi vida.
Saber que su salud, e incluso su vida, pendían de un hilo, nos pusieron a su papá y a mí en una desesperación total.
De pronto, frente a este problema, yo sólo tenía lágrimas.
Un sentimiento de impotencia me embargaba, el miedo de perderlo y una invocación a Dios, fueron mis compañeros durante esos largos, largos días.
Su cuerpo flaco y sin fuerzas me recordaba su fragilidad y mi inhabilidad para ayudarlo.
Antes de su ingreso al hospital ocurrieron varias visitas al médico sin obtener mejoría, en la desesperación por no recuperar su salud, fuimos de un médico a otro, quizá eso fue un error, porque lo que opinaba uno lo desaprobaba el otro, dejándonos en la incertidumbre por la que pasan los padres primerizos.
Aquella mañana su imagen era la de un manojo de huesos, había perdido peso, estaba muy deshidratado, con ojeras, sin lágrimas para llorar, bastante irritable. Era inminente buscar ayuda médica urgente. Ese día fue el más largo de mi vida.
Sin poder hablar aún, por su corta edad, Manuel y yo teníamos muy buena comunicación, como la tienen todas las madres con sus hijos.
Cuando me lo arrebataron para que se quedara en ese cuarto de hospital, se me partió el alma al verlo llorar. Sacando la poca fuerza que le quedaba, intentaba alejar a la enfermera, me pedía con los brazos extendidos y esa mirada que no he de olvidar jamás, que no lo abandonara.
La voz del médico fue terminante, yo debía salir para dejarlos hacer su trabajo.
La noche transcurrió muy lenta, yo tampoco tenía fuerzas, ni lágrimas.
Un sólo pensamiento me sostenía: implorar por la salud de mi hijo al Dios todo poderoso, en quien confío.
Pasado el peligro, su recuperación fue pausada.
Sin embargo, dos cosas crecieron enormemente en mí, la confianza y la gratitud a Dios.
Han pasado ya varios años, y sigo agradecida por el hijo que tengo, al cual bendigo, y al que le he pedido que también aprenda a poner su confianza en Dios, ante cualquier circunstancia.
Lidia Guadalupe García Hernández.
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