Son las seis de la mañana, abrí los ojos y pude sentir la mano pesada rodeando mi cuerpo, la separé tiernamente y él se dio la vuelta, movimiento mecánico realizado por los años, al permanecer los dos cuerpos unidos al iniciar el día.
Lo abracé y rocé mi boca a su espalda para percibir el aroma tan conocido, mi aliento invadió su espalda, mientas los cuerpos se amoldaban perfectos uno al otro.
En mi mente di gracias a Dios por esa paz que se siente. Seguridad intensa al tener la cercanía de mi esposo adherido de aquella forma; pero sobre todo, la mente tranquila, gozando a plenitud el momento.
La caricia suave de mi boca en su espalda, provoca que se despierte y me abrace; luego, me besa, iniciando largas conversaciones, juegos conjugados de caricias, momentos perdurables con los años, es el instante que se planea la rutina del día o la semana.
Me levanto directo al baño, el agua fresca me despierta y acrecienta la energía. En la cocina el café me espera. Mientras ordeno lo que falta para el desayuno, los hijos duermen plácidamente en sus recámaras.
Él me llama: “¿Me da mi ropa?”.
Selecciono lo que se va a poner, no sin antes darle abrazos y besos.
Mi cuerpo se resiste a dejarle.
Él inicia su día en el taller, yo las labores del hogar. Que la oficina, que la comida… con cualquier pretexto voy a verle, compartimos un refresco o le llevo algo de comer, permanezco el mayor tiempo posible a su lado, en su trabajo, la casa o recreo.
Le preparo los papeles, le ayudo en la limpieza, me retiro a terminar mis obligaciones del hogar. Espero con ansias que concluya el día para nuevamente permanecer descansando a su lado en nuestra alcoba.
Por las tardes, mientras llega, mi columpio me acompaña; pensativa, medito y disfruto el paisaje, lo que pasa, escribo con la mente lo que me rodea.
No hacen falta las palabras para decirnos cuánto nos amamos, sólo la mirada habla, grita y susurra lo que pasa.
Nos conocemos como espejo o una sola carne desde años.
En el ranchito disfrutamos, tardes, noches entre estrellas y el aire fresco que acaricia nuestros cuerpos y nuestras almas.
Alguna que otra cabalgata, sueños entre besos y caricias, miradas entre amantes, esposos, amigos nos acompañan cada día de rutina.
Julieta de León Muela