Literatura Carcelaria

Octubre, 2011

Un destino que encontrar

“Talladoras de palabras de Tepepan- Ciclo 2”

 

Autoras: Xóchitl Barón Reyes, María teresa Chávez Cabrera,
Enriqueta Hernández Hawk, Claudia Montserrat Pérez Lazard,
Lorena Muñoz Hernández, María de la Luz Villaba Ortega.

 

Había una vez una mujer cuyo corazón siempre latió intensamente con cada emoción percibida; anhelaba vivir una vida diferente, pues sentía que hasta entonces su rutina era monótona, intrascendente y poco interesante; se llamaba Amatic, nombre que le puso su madre, quien lo escuchó en una visita que hizo a Yucatán.

Un día Amatic decidió emprender un viaje que representaría el inicio de la búsqueda de sí misma. Empacó una pequeña maleta y se subió al coche sin rumbo fijo. Sentía que el camino auguraba sorpresas que cambiarían su destino. Era una mujer inquieta, dedicada exitosamente al negocio de la moda; tenía una vida llena de actividades, trabajo y amigos; pero aun así nada la llenaba.

Tras un buen trecho de carretera encontró un convento y algo en su interior la obligó a detenerse para entrar en ese lugar. Unos instantes después de que tocó la puerta, la recibió una mujer con hábito y rostro apacible, quien le preguntó en qué podía ayudarle, a lo que Amatic contestó que buscaba un sitio para pasar la noche.

La hermana María detectó una gran necesidad de paz en el rostro de aquella mujer. Sin hacer más preguntas la invitó a pasar e intuyó que su estancia en aquel lugar no sería corta. Decidió presentarle a la madre superiora, quien autorizó su estancia.

Sin darse cuenta, los días fueron pasando y Amatic se integraba a la vida del convento. Se despertaba habitualmente a las siete de la mañana, salía al jardín cuando había buen tiempo y se dirigía a la capilla a rezar con las monjas cuatro veces al día. Cuando Amatic oraba, lo hacía con fervor, pidiéndole a Dios que le diera su bendición para que su retiro en el convento fuera provechoso.

En ese lugar comenzó a recordar su niñez, cuando su madre le cepillaba el cabello para que le quedara brilloso y, al recordar, descubrió que hacía mucho tiempo que nadie la tocaba, de hecho hacía mucho tiempo que ella tampoco abrazaba o daba la mano a nadie más que como una cortesía social; con el transcurso de los años se había vuelto fría e indiferente al contacto humano y ahora se daba cuenta de que a pesar de tener varios amigos, no se daba el tiempo de profundizar con ellos y de que se llenaba de trabajo para evadir sus problemas.

Cada vez le sorprendía más ver que aquellas mujeres con hábito, despreocupadas de su apariencia, sin importarles el no tener pareja, ni hijos, ni lujos, se sentían plenas. Ella en cambio, se había dedicado por más de 15 años únicamente cuidar la apariencia de los demás, al negocio de la moda, olvidando cualquier gozo espiritual.

Un día, paseando por el jardín del convento, se encontró nuevamente con la hermana María y le preguntó cómo había logrado tener esa paz y tranquilidad. Ella respondió que también tenía un pasado y que al igual que ella llegó ahí en busca de la calma que ofrecía el convento. Amatic le pidió que se lo contara. La hermana María sonrió pero a la vez sintió un vacío en el estómago. Sin embargo sabía que estaba preparada para dar su testimonio y que éste era importante, pues ayudaría a otra mujer a encontrar la plenitud de la que ahora ella gozaba; así que comenzó a narrar su propia historia:

“Cuando yo tenía 18 años conocí a Justino, un hombre del que me enamoré perdidamente, era mayor que yo, apuesto e interesante; pero yo desconocía la maldad de su alma. Me llamaba la atención que él viajaba mucho, era muy respetado y a veces llegué a creer que hasta temido. Un día me fugué con él pensando que a su lado tendría una gran vida. En uno de nuestros viajes llegamos a un rancho de su propiedad, al llegar y ver el campo sembrado de árboles frutales yo quería correr por todos lados para conocer el lugar. Me sorprendí mucho cuando él enérgicamente me lo impidió, indicándome cortantemente la habitación que se me daría y me advirtió que no debía salir de ahí, que me llevarían mis alimentos y lo que necesitara; pero que oyera lo que oyera no debía asomarme.

Una noche escuché gritos, golpes y un portazo; no sabía si el ruido se debía a que los hombres de Justino estaban borrachos, no podía averiguarlo porque estaba encerrada. Pasados unos días me di cuenta de que Matilde, el ama de llaves, llevaba comida a otro cuarto, sentí rabia pues creí que quizá los ruidos se debían a que Justino había traído a otra mujer y por eso no quería que saliera de mi cuarto, para tenernos a las dos.

Justino acostumbraba visitarme por las noches y teníamos relaciones, pero empecé a sentirlo tenso, lejano, frío. Mis celos me traicionaron, le pregunté qué estaba pasando y le exigí que me sacara de ahí, él reaccionó violentamente y contestó asestándome un golpe en la cara, me recordó que desde un principio me advirtió que yo no tenía derecho a hacer ninguna pregunta. A partir de ese momento me di cuenta de que él no era quien yo pensaba, que había muchas cosas que me ocultaba y que estaba embarazada.

Pasadas unas semanas, cuando Justino apareció nuevamente en mi habitación, tras el último disgusto, le dije que tendría un hijo suyo, nuevamente su respuesta fue de rabia, se sentía indignado como si yo lo hubiera ofendido, me tiró al suelo y por un rato no dejó de patearme; luego se fue tan enojado que dejó abierta la puerta. Al ver esto una fuerza salió de mí, había sido tan humillada que no me importaba que me pateara más, yo debía irme. Aturdida, llena de dolor por dentro y por fuera, me incorporé y fui hasta la puerta, no había nadie, parecía que todos se fueron tras Justino, así que aproveché para salir primero con cautela y luego corriendo lo más rápido que pude. Los hombres de Justino estaban en la entrada del rancho, armados y hablando entre ellos. Algo me hizo voltear hacia la derecha, para ver que en la barda que circundaba el rancho había un pequeño hueco por donde podría salir, yo estaba agotada y noté que de entre mis piernas corría un hilo de sangre; pero sabía que no había otra opción, corrí y corrí y milagrosamente logré salir del rancho por un costado; no pude correr más, caí desvanecida pero me arrastré hasta la carretera consciente de que era mi única oportunidad; a lo lejos vi los faros de un camión, le hice señas para que se detuviera, le rogué al chofer que me ayudara a llegar a un hospital, al verme tan mal, me dijo que me llevaría al dispensario de un convento que estaba cerca, sobre la carretera.

El camino se me hizo muy largo pero al fin llegamos, el chofer me regaló un rosario y me dijo que pediría a Dios por mí.

Una monja me recibió, creo que entonces perdí el conocimiento. Al otro día me encontraba en una habitación sencilla, pero muy limpia, en la que se respiraba una sorprendente paz. La hermana que me atendió me explicó que había perdido a mi bebé a pesar de que hicieron todos los esfuerzos para salvarlo, yo no quise contarles nada del padre por temor a que lo buscaran y él diera nuevamente conmigo.

Me quedé varios días en recuperación y las monjas me llevaron un radio para que mis horas fueran menos largas, una mañana escuché la noticia de la detención de Justino, decían que era un secuestrador y que en ese momento tenía cautiva a una mujer… No se trataba de una amante.

La madre superiora vino a mí, me invitó a que diera gracias a Dios por haberme dado la oportunidad de salvar mi vida y a que considerara qué iba a hacer yo ahora con ese regalo, con mi segunda oportunidad. Me invitó a tomar en mis manos el rosario que me dio el chofer del camión, rezamos y en ese momento sentí la imperiosa necesidad de cambiar mi vida, de buscar paz y desde entonces me consagré a Dios para ayudar a los demás. Luego supe que ese día encontré la vocación que en mí albergaba desde siempre, pues mi labor en el convento me ha hecho sentirme tan plena que logré perdonar y perdonarme.

Como ves no soy tan distinta a ti, hemos estado buscando el sentido de la vida en un camino equivocado, tú Amatic, tampoco has encontrado tu camino porque no tienes paz, no eres feliz, te sientes incompleta, te invito a que te sinceres contigo misma y sepas si lo que buscas está aquí en el convento”. 

Al otro día Amatic se sintió inquieta. Se dio cuenta de que en el convento no encontraría lo que estaba buscando y decidió que era tiempo de partir. Fue a buscar a María y a las otras hermanas y les dio las gracias.

Se subió a su coche y partió en busca del primer poblado que pudiera encontrar, para conocer otras cosas, otras formas de vida y continuar así su búsqueda. A las dos horas de camino vio un letrero que decía: “bienvenido a Jolapaxopan de los chiles. Población: 1,500 habitantes”. El nombre del pueblito le llamó la atención y se dirigió a él llena de curiosidad. Lo primero que buscó fue la capilla y entró a ella para dar gracias y solicitar la bendición de Dios en su nueva aventura; sin embargo, la capilla estaba vacía, sólo encontró a una señora con mandil floreado orando, quien al verla entrar se acercó para preguntarle si ella era nueva la maestra.

Al oír esto, Amatic se sorprendió y comprendió que era la oportunidad perfecta para tener una nueva aventura. Le contestó a la mujer que aunque no era maestra, tenía la disposición necesaria para serlo, si ellos la aceptaban.

Amatic salió muy contenta de la iglesia y se dirigió al chilar para conocer a sus nuevos alumnos. Llegando ahí se presentó con los padres y sus hijos.

Un niño pequeño se puso tan contento que sin pensarlo la abrazó y le dio un beso; Hilario era así, el alma de ese lugar… y Amatic apenas lo conocía, pero ese niño sería la llave maestra para ganarse la confianza de los miembros de esa comunidad; pues con su alegría característica fue acercando poco a poco a los demás pequeños para que conocieran a Amatic. Al paso de los días los niños les platicaban a sus padres lo que iban aprendiendo en la escuela, y al percatarse del avance de sus hijos, los padres se acercaban a Amatic para mostrarle su agradecimiento.

Ella conoció otra vida, la dureza del campo en palabras de aquella gente que, cuando iban a recoger a sus hijos, tras una dura y larga jornada de trabajo, le contaban que aún faltaba hacer las tortillas para el otro día, lavar la ropa en el arroyo o reforzar el techo de su choza improvisada para que no se colara el frío.

El pequeño Hilario le abrió a Amatic la puerta de una vida que para ella sólo existía en los noticieros, tan ajena a su realidad como lo era la vida de cualquier persona de Noruega.

No había una escuela propiamente, sino que cada día las mamás de los niños ataban sus rebozos a los árboles para improvisar un pequeño espacio donde pudieran trabajar. A Amatic le tomaba unos minutos reunir a todos los niños, quienes tenían entre 5 y 12 años de edad; sin embargo, como casi ninguno sabía leer ni escribir, les daba clases al parejo. Ya reunidos, Amatic les pedía que le platicaran de sus vidas para conocerlos mejor. Así fue como supo que esa comunidad recogía chiles cada temporada junto con sus padres, y al acabar la cosecha,  se iban a otro chilar, por lo que no tenían ni el espacio ni el tiempo para estudiar; pero sus caritas denotaban un enorme anhelo de aprender y tener una vida diferente, más estable y mucho menos dura. A Hilario las letras le parecían animalitos formados, también dispuestos a aprender.

Las maestras rurales, compañeras de Amatic, llevaban ya un par de años siguiendo a esas familias en su eterno peregrinar por los chilares; los padres necesitaban tristemente del trabajo de los pequeños, pero los dejaban estudiar porque, a cambio, las maestras pagaban el desayuno de los niños. Al enterarse de la forma de vida de estos niños, Amatic se sintió profundamente conmovida y motivada para enseñarles. Al paso de los días, se percató de la unión familiar tan fuerte que se tejía en esa comunidad. Los niños respetaban a sus padres y éstos a su vez les procuraban gran ternura. El trabajo llegaba a ser un punto de convivencia y hasta de alegría, ya que en los chilares se vivían anécdotas tristes, pero también graciosas, en las que destacaba la solidaridad entre las familias. No les importaba tener una casa fija, ya que su hogar era su gente, la certeza de saberse juntos, con los mismos valores y dispuestos a tenderse la mano cuando lo necesitaban.

Amatic entendió entonces que ella carecía de lo que esos niños tenían, empezó a anhelar que su familia estuviera con ella y que al ir creciendo le hubieran brindado al menos un poco del cariño y la seguridad que podía observar en las familias de los chilares. Se dio cuenta de que en su vida había llenado ese vacío emocional con cosas, muchas cosas, lujos y compras compulsivas cada vez que se sentía sola.

Amatic se quedó pensando en lo vacío de su existencia y estaba decidida a buscar a su familia cuando regresara del viaje. No les llevaría regalos, sino que ahora se regalaría a sí misma; ahora les brindaría tiempo y espacio en su vida. Recuperaría a su familia, aquella de la que se alejó para olvidar que se rompió cuando sus padres se separaron, ya que su papá casi nunca estaba, viajaba mucho por el trabajo que para él era lo único, el centro de todo, y su mamá se la pasaba tomando café con las amigas, dándole más importancia a escucharlas a ellas que a su propia hija.

Decidió escribirle una carta a su madre para expresarle el gran amor que le tenía, para decirle que la extrañaba, para compartirle algunas frases que había escuchado decir a las familias en el chilar, como que la unión familiar es la fuerza del corazón y trae la paz interior; también añadió unas fotos para expresar lo que no podía decir con palabras.  Luego quiso escribirles a sus otros familiares, les compartió sus dolores, sentimientos, anhelos y otras cosas que no le eran fáciles de decir, pero que necesitaba sacar, sentía que poco a poco era más ella misma, que se iba encontrando y ahora ya sabía qué quería y podía tener una vida diferente.

Habían pasado ya tres meses en el chilar y Amatic comenzó a sentir que aunque su trabajo le gustaba mucho, su vocación no estaba tampoco en enseñar a los niños a leer y escribir. En su interior palpitaba el deseo de continuar ese camino en busca de una experiencia que culminara su paso por el sendero de la oscuridad y el vacío interior que la había hecho fría e indiferente. Necesitaba un tiempo consigo misma, un espacio de reflexión y soledad y sin pensarlo, con toda la fuerza de su ser, imploró a la vida por esta oportunidad, y como dicen: “Ten cuidado con lo que deseas porque se te puede conceder”.

Una mañana decidió que era momento de despedirse, empacó todas sus cosas, las subió al coche y se dirigió a aquella escuelita improvisada para dar a sus pequeños alumnos el último adiós y agradecerles por haber abierto sus corazones para recibirla con tanto cariño, aún sin conocerla. Los niños lloraron y Amatic tampoco pudo contenerse. Los abrazó y entregó su grupo a la otra maestra que llevaba ya cuatro años siguiendo a la comunidad de chilar en chilar.

Dio las gracias a los padres por haberle permitido acercarse a sus hijos y aprender tanto de ellos. Más que su maestra, se había convertido en la más receptiva de las alumnas. Con relación a las enseñanzas que da la vida, los alumnos habían superado al maestro y Amatic se sentía honrada de haber sido partícipe de aquella hermosa experiencia.

Así, habiendo dicho adiós y gracias, Amatic emprendió el camino con rumbo desconocido. Eso era parte de la aventura, llegar a donde el destino la guiara, sin más rumbo que una pluma al viento.

El coche se paró en mitad de la carretera, se había quedado sin gasolina, era de noche, estaba temerosamente oscuro y Amatic se encontraba completamente sola. Desesperada se percató de que sobre la carretera no pasaba ni un alma a quien pudiera pedirle ayuda; le pareció ver una luz a lo lejos, supuso que sólo necesitaría internarse un poco en ese campo oscuro. Caminó y caminó, pero la luz se alejaba, en medio de la oscuridad no distinguía bien cómo llegar a ese lugar; volvió la vista atrás y ya tampoco alcanzaba a ver su coche aparcado en la carretera. Parecía que iba a llover muy fuerte, algunos relámpagos cruzaban el cielo, buscó refugio y se guareció en una especie de pequeña cueva  formada el tronco de unos gruesos árboles.

En cuclillas y abrazada a sí misma por el miedo y el frío, pensaba en cómo llegó hasta ahí y por un momento se arrepintió de haber dejado las comodidades que tenía en su casa, ya no estaba segura de que su loca aventura hubiera valido la pena. Comenzó a orar y a pedirle a Dios que la cuidara de todo peligro, le dijo que si la ayudaba a volver a su hogar, todo sería diferente, pues tras su experiencia en el convento y en el chilar se sentía capaz de ser más humilde, más cortés, más hogareña; había aprendido que su familia era un tesoro valioso y que por lo tanto la defendería con todo su amor. Le aterraba la idea de quedarse sola para siempre, sin tener a nadie con quien compartir sus experiencias y sentimientos.

Pidió perdón a Dios, a la vida, a sí misma, por lo vana que había sido, por sus errores; supo de lo pequeño de su humanidad enceguecida por el ego, pues ahí, escondida de lo que oculta la noche, cualquier bicho o animal le representaba un verdadero peligro; ni siquiera era capaz de saber cuántas horas le faltaban para amanecer. Cansada, se quedó dormida.

El sol en sus ojos la despertó y al ver su luz y sentir su calor, supo que aquello era una maravilla, un regalo, una nueva oportunidad. Reflexionó en lo que había aprendido y supo que lo que ella buscaba con su loca aventura, no estaba en el chilar ni en el convento, estaba en sí misma, en lo que se había guardado al considerarse una víctima y esperar que los demás la compadecieran, la comprendieran, la ayudaran. Con esta nueva actitud emprendió nuevamente el camino en busca de aquella casita que había visto alumbrada en la noche y se dio cuenta de que ya casi llegaba; pero el temor que sintió fue lo que la hizo confundirse y no encontrar el camino.

Al llegar a aquella casa encontró a un hombre joven trabajando en su milpa, quien de inmediato vio lo afligida que estaba Amatic y se ofreció a ayudarla, casualmente él tenía algo de gasolina para su tractor; fueron hasta el auto. Amatic quiso pagarle pero él dijo que no lo necesitaba, que desde muy pequeño aprendió que la vida por sí misma pone a cada quien en su lugar y que no es necesario que como humanos vayamos impartiendo castigos ni recompensas, sino que lo importante es actuar cada quien de manera que estemos conformes y plenos con nuestro proceder.

Amatic volvió a su casa, cansada pero nueva, fortalecida y con muchas ganas de compartir su experiencia; así que decidió escribirla para que nunca se le olvidara y con el fin de que quizá también le sirviera a alguien más.

Al final anotó:

“Si quieres saber a dónde vas, voltea a ver de dónde vienes.”

“El amor es la verdad, el camino y la vida.”

 

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23 Nov17:30

maravilloso escrito

Por Anónimo (no verificado)

Gracias a las escritoras y felicidades por la belleza de su trabajo. Me hicieron sentir la necesidad de valorar cada instante con mi familia y recordar que sólo existe este momento. Lo demás se fué mientras yo miraba lo que según yo iba a llegar.

Un abrazo

Iza vela