Talladoras de Palabras

Enero, 2012

Cuarto secreto Fabiola Vieyra

 Cuerpo habitado

Me miro en el espejo del baño, es un espejo pequeño, refleja hasta mi cintura. Me miro directamente a los ojos y pienso que he vivido la mayor parte de mi vida observando mi reflejo, hasta el punto de darme cuenta de que estaba viva por el movimiento de la otra Fabiola al otro lado del espejo.

Desde los 10 años que entré a la escuela de baile me he visto reflejada desde todos los ángulos, en las más extrañas posiciones. “Obsérvense en el espejo para corregirse” nos decían las maestras. Veía mi reflejo como si fuera otra persona para poder juzgar los movimientos, la postura, la secuencia. Supe por tantas correcciones, que mi cuerpo no era perfecto para bailar, aún así me empeñe en hacerlo. A mucha gente le da vergüenza verse desnuda, a mi me ha dado temor verme con la ropa de baile en el espejo.

Que si bailas esto eres muy gorda, que para bailar esto otro te faltan carnes. Lo que me ha costado dejar de pensar en que la comida es mala; dejar de tener culpa por comer mucho, por comer poco, por no comer, por saber que mi cerebro distorsionaba la imagen que veía en el espejo y a pesar de saberlo afirmaba que 41 kilos pueden ser muchos. Dejar de escuchar esa voz en mi cabeza mientras observaba mi reflejo enclenque, fue muy difícil. Nunca más quiero volver a pesar 41 kilos y nunca más quiero tener ese pesar en mi alma. Ahora peso 48 kilos; a mis 37 años tengo un cuerpo casi infantil, con senos pequeñitos, no curvas, más bien, rectas pero ya no es un cuerpo débil ni enfermo. Este año me propuse recuperar tono y masa muscular, lo estoy consiguiendo, empiezo a notar músculos delineados en mis brazos, piernas y torso; no es vanidad, es felicidad de saber que mi cuerpo responde al trabajo duro tras haberle pedido perdón.

El pelo me ha crecido con más fuerza desde que empecé a comer bien, como si me agradeciese doblemente los nutrientes que le hago llegar, se ha convertido en una melena negra brillante casi incontrolable, algunas canas empiezan a asomarse atrevidamente. Me gusta ver cómo asoman esos pelos de alambre blanco entre lo alborotado del despeinado.

Las incipientes arrugas de los ojos, la frente y las mejillas marcan mi rostro haciendo evidentes los años que han pasado; ¡me alegro de que todos esos años sean pasado! Reafirmo la decisión de no usar maquillaje, soy mujer de cara lavada que se muestra sin ocultar las ojeras o la palidez.

Toda mi historia está grabada en mi cuerpo, las cicatrices, las lesiones, el trabajo, el abandono, las tristezas, las conquistas, el placer de los besos, los abrazos y caricias que han hecho soportable ésta existencia. Mi memoria está en mi cuerpo, el tatuaje puesto deliberadamente en un sitio donde no puedo verlo es mi marca de renacimiento, mi celebración del momento en que dejé el inframundo para volver a la tierra de los vivos, de los que sienten, orgullosa de no ser más un reflejo; orgullosa de ser ahora un cuerpo habitado, no importa que tan imperfecto, que puede  transformarse en poesía y dejar de ser sólo cuerpo.

Me miro directamente a los ojos y sonrío.

Fabiola Vieyra

¿Qué te pareció este texto? Escribe aquí tus comentarios o envíalos a diana.perez@demac.org.mx