
“Casi veinte años de arduo trabajo y una edad que te muerde los talones y amenaza a una soltería perenne…”
María Luisa Chong
Para escribir el cuarto manuscrito, no fue necesario trasegar por toda la casa recopilando una cronología fotográfica de mi persona. Nunca imaginé que alguna vez le daría un uso a lo que durante años he pegado en álbumes fotográficos, que por cierto, Ed y yo acordamos quemar antes de irnos para no dejarles trebejos inútiles a los hijos. Qué conveniente la llegada de iPhoto, mandas el archivo a la papelera y ya está.
Siguiendo las instrucciones del ejercicio, encontré lo que necesitaba en mi álbum de recortes fotográficos. Un día mi hermano me dijo que ese álbum era “un monumento al ego”, tenía razón, porque en éste excluí a todos los demás personajes. Son recortes de fotografías en donde soy la única que posa ante la cámara como verdadera protagonista; eso sí, tengo contornos sumamente extraños: en unas imágenes me falta un pedazo de hombro, en otras tengo un pronunciado saque en la cintura o una malformación en la mejilla; en algunas se alcanza a ver una inconexa mano masculina que permanece anónima y desamparada. Solo unas cuantas fotos de mi infancia se salvaron de la mutilación y se conservan intactas. Las fotografías, a pesar de haber sido cercenadas, siguen siendo un testimonio fiel de una gran parte de mi vida, y todavía capaces de provocar reminiscencias que, sin querer, me acarrean emociones vívidas que creí enterradas.
Arturo Pérez Reverte escribió algo que viene muy bien al caso que dice: “Tal vez, como ocurre en la mayor parte de las fotografías, la expresión era casual: un instante cualquiera, el azar fijado en la película. Pero cómo no aventurarse ahora, con la lección sabida, a interpretar. A menudo las imágenes y las situaciones y las fotos no lo son del todo hasta que llegan los acontecimientos posteriores; como si quedaran en suspenso, provisionales, para verse confirmadas o desmentidas más tarde. Nos hacemos fotos, no con objeto de recordar, sino para completarlas después con el resto de nuestras vidas. Por eso hay fotos que aciertan y fotos que no. Imágenes que el tiempo pone en su lugar, atribuyendo a unas su auténtico significado, y negando otras que se apagan solas, igual que si los colores se borraran con el tiempo”.
Y con ese orden de ideas ahí está mi única foto de cuando era una bebé: pañal bombacho, puños llamativamente estresados, cabeza grande como un melón, y con el mismo ceño fruncido al que años más tarde tuve que invertirle inyecciones de Botox para aligerar sus estragos. Por cierto, cincuenta años después, en el Instituto de Neurobiología, me enteré de que los bebés que mantienen sus puños, como yo los tengo en la fotografía, padecen algún tipo de daño cerebral, ¿será?
Luego viene mi niñez, silenciosa y extraviada. Como testimonio, un par de fotografías en blanco y negro con mis padres y hermanos cuya circunspecta presencia, en una de ellas, conforman un ciclorama oscuro que resalta sus rostros entristecidos, casi como si todos presintieran que sería, como así fue, el último retrato que tendríamos con mi padre. Yo, sentada en el regazo de mi madre, apenas esbozo una sonrisa para estar a tono con el desmesurado moño que tengo en la cabeza. No obstante de posar cuidadosamente para el fotógrafo, éste tampoco consigue que la familia se vea amorosamente unificada.
La insalvable distancia cultural entre una madre mexicana y un padre oriental terminó por imponerse; y como resultado de ello, las necesidades afectivas de nosotros los niños quedaron suspendidas en medio, pendiendo desoladas de ese hilo endeble, tenso y prolongado que durante algún tiempo ató la relación de mis padres. La otra fotografía me llama más la atención, la siento apegada a esa sensación que me invade cuando husmeo en mi niñez. Con un padre ausente, mis hermanos y yo estamos de pie, no muy seguros pero si muy juntitos viendo hacia el frente; en tanto mi madre, parada detrás de nosotros casi de costado, ajena y distante, con un desplante hosco mira hacia otro lado como si no quisiera ser parte del grupo.
Recortes de mi pubertad con sensación de febrero, así la recuerdo y así me provoca, que mira a lo lejos imaginando correr en pos de algo desconocido. Un intuir sin reparos, ciego y primitivo como una ensoñación de un mundo perfecto y rosado lejos del entorno materno. Nada más alejado de esa disparatada ensoñación cuando mi adolescencia, de ojos muy redondos y tristes, y de cabellos largos muy largos y lacios tan del montón, termina engañada vestida de blanco y coronada de azares. La caída estrepitosa y brutal, como la que sufre el coyote cuado corretea al correcaminos, me dejó tendida con un sentir de orfandad por un largo tiempo, casi sin querer la vida, pero con un niño en brazos.
La ayuda providencial de Angie, mi hermana, hizo la diferencia y se sumó a esa tenacidad innata para buscar la felicidad una y otra vez; sacudirte la escoria y seguir adelante, quizá con la certeza de la lección aprendida y el resabio de lo que no se vale. Y entonces empiezas a quererte y lo demás también te quieren. Independencia económica, la clave de todo. Compras moda y estilo, estudias sonrisas y haces creer que tienes el mundo en un puño; y entonces, los demás te quieren más. Casi veinte años de arduo trabajo, logros alcanzados y una edad que te muerde los talones y que te amenaza a una soltería perenne. Pero ya qué puedes hacer cuando el amor verdadero se convirtió para ti en un lujo.
Sin embargo, llega el día en que ese lujo se hace alcanzable. Se olfatea. Se detecta y se sabe cuando lo tienes delante; entonces parece que empiezas desde el principio, clara y receptiva con una sintonía que tú misma no conoces pero que está ahí, frente a ti para recompensarte el tiempo invertido. En los últimos recortes pegados al final de este singular álbum fotográfico, tengo treinta y ocho años de edad y mis imágenes resplandecen iluminadas por una felicidad exultante.
“Y entonces fueron felices comiendo perdices”... Edgar fue el punto de inflexión en mi vida, le dio un antes y un después, un blanco y un negro. Así de radical cambió mi existencia. Han sido veinte años de “seguir comiendo perdices”, muchas veces avergonzada de tanta felicidad. A pesar de ello, ahora siento claramente incubarse una sensación fatalista. Un presentir que la factura que tarde o temprano tienes que pagar ya viene en camino. No es la vida quien te la cobra sino el tiempo, ese imparable devenir que sin miramientos termina arrebatando todo. Sin embargo, en tanto llega, tranquilizo mis ganas de llorar sazonando perdices, esperando casi resignada la veda.
María Luisa Chong
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