La noche de la luna
El sol de medio día caía como trozos de leños encendidos sobre nuestros cuerpos, el polvito fino de un color parduzco ya se había metido hasta nuestro corazón.
Pero seguíamos adelante. En esa serranía se respiraba la soledad, pero yo la combinaba con tristeza y nostalgia, ¿Cuántos años tardé en regresar?
A lo lejos pude ver volando en círculos una parvada de zopilotes, siempre me dieron miedo, presagian muerte y son tan grandes y negros que se parecen mucho a los guajolotes.
¿Ya se darían cuenta? ¿Ya me olieron? El alma la traigo muerta.
Mi cuerpo poco a poco va descomponiéndose, echándose a perder, la loción no logra disimular el olor a podrido, a muerte ¿desde cuándo morí? O ya nací sin vida, miro mis manos, mis piernas, mis pies, todo es tan desconocido tan confuso, soy yo, y no lo soy.
¡Qué sensación tan extraña siempre me ha acompañado!
Nuestras huellas van quedando marcadas, pero el suspiro de la tarde las borrará. El viento ruge en las montañas amenazador, un remolino se levanta y nos envuelve, las pequeñas piedritas nos dan de lleno en la cara, aprieto los ojos y por segundos me siento volar, las manos de mi acompañante buscan las mías, nuestros huesos chocan al encontrarse, ¡qué frías las tiene¡ al darse cuenta de mi temblor me suelta de inmediato.
Sus dedos larguísimos y finos dibujan la señal de la cruz que levanta poco a poco a los cuatro puntos cardinales, sus labios musitan algo parecido a un rezo. Poco a poco el remolino se aleja aullando entre las montes.
¾¿Te das cuenta, Gracia? Se va¾dijo¾Tienes que aprender, debes saber muchos secretos, así cuando ya no este contigo tu sabrás defenderte.
Siguió hablando con esa voz hueca que sólo tienen las personas que ya no son de este mundo, que ya no nos pertenecen, pero que por el gran amor que nos tienen vuelven una y otra vez aunque sea en sueños.
Esta vez yo tomé sus manos y las coloqué alrededor de mi cintura, el frío me recorrió todo el cuerpo, mis dientes empezaron a chocar entre sí, el abrazo fue eterno hasta el fin.
Cuando nos soltamos, sus ojos secos brillaban como canicas a trasluz, la piel amarillenta no tenía el brillo de la vida, sus labios retorcidos apenas si lograban despegarse. Mi corazón lloraba a gritos.
¾¿Quieres ir a los sauces, verdad?¾dijo con voz hueca…
¾Si, quiero visitar a mis tías¾contesté.
No pude ver una triste sonrisa que se dibujó en su cara ¿qué fue lo que le dio tanta pena? Me miró con lástima.
Nuestro caminar con su eterno pas-pas nos condujo hasta una gran hondonada, parecía una olla de barro de la que no podíamos salir; cuatro veces equivocamos el camino y otras tantas volvimos a regresar al punto de partida, pareciera que algo o alguien, no quería que llegásemos a nuestro destino.
¾Gracia, acuérdate para llegar al rancho te tienes que guiar por un gran amate¾dijo.
¾Si sabes ¿por qué no lo dijiste antes?¾contesté molesta.
No me dijo nada, se limitó a sacar su paliacate y secarse el sudor. Una sonrisa de burla se dibujo en mi cara. ¿Qué se limpia pensé? si no tiene ni gota de sudor, su boca reseca apenas si logra hablar y a veces no le entiendo lo que me dice.
Llegamos al amate y una gran calzada se abría a nuestros ojos, bien abajo del árbol estaba el pozo. Subí corriendo, el vestido lo enrollé por un lado para que dejara libres mis piernas, cuando al fin llegué a la “casa grande” como le decíamos, di grandes voces.
¾¡Tía, tía tilia! ¡Tía julia! Ya vine, soy yo, Gracia.
Con sobresalto me di cuenta que mi voz era de niña no de una mujer de 40 años. ¿Qué pasaba?
Mis tías paradas a la mitad del patio me sonreían, corrí hacia ellas y nos abrazamos. Otra vez mis dientes empezaron como castañuelas, mi sudor se quedó helado, de pronto no tuve más calor, sino que un frío de muerte se metió bien adentro de mi piel.
¾Gracia, hijita ¿por qué te dejaron venir tan sola?¾dijo tía Tilia
¾¿Qué, tus padres no piensan?¾asegundó tía Julia.
¾¿Mis padres? Ya no se acuerdan que ellos…
Además no vine sola, Noé me acompaña. Al decir esto volví la mirada, sólo pude ver su espalda, estaba sentado, su camisa color tierra la movía el aire a su antojo, su sombrero reposaba en el suelo, parecía un espantapájaros.
¾Pasa pues hijita necesitas bañarte¾volvió a decir mi tía Julia.
Empezaron a deshacerme mis trenzas y a desabotonarme mi vestido ¿por qué me trataban como a una niña? Tilia me tomó de la mano y casi me arrastró hasta un pequeño cuarto apartado de la “Casa grande.” Por los ojos de buey que tenía en la parte alta se colaba un poco de luz dando al lugar una semioscuridad de agonía.
Con esa pobre luz pude ver cuatro grandes tinajas, una batea y una tina de hoja de lata. Terminaron de quitarme la ropa y con la mirada me ordenaron que me metiera a la batea. Julia, empezó a bañarme mientras Tilia raspaba una pequeña almendra con una piedra, le ponía chorritos de agua que juntaba en un apaxtle, un olorcito amargo se respiraba.
¾Es para tu cabello, hija¾dijo Tilia ¿ya no te acuerdas es hueso de zopilote?
¾Para que no se enmarañe y se desenrede bonito¾contestó Julia.
Diciendo esto caminó hasta donde estaba y con una mano inclinó mi cabeza, de inmediato sentí la mezcla resbalar poco a poco.
¾Cierra los ojos, hijita, cierra lo ojos. No puedo decir de quién era la voz, creo que las dos era una sola.
Qué tiempo descansé la vista, minutos, horas, días. Para mí fue una eternidad. Cuando los volví abrir me llevé las manos a la cabeza en un ademán reflejo, mi pelo estaba seco, salté de la batea y busqué mi ropa, no la pude encontrar. En un banco de madera reposaba un vestido amarillo pálido de tanto olanes y crinolinas como pecados tenía mi alma, dos hermosos listones amarillos canario eran el complemento. De pronto, mi risa infantil cambió para dar paso a una gran carcajada, ja, ja, ja, repitió el eco del cuarto.
¾¿Cómo pueden pensar las tías que me voy a poner esto? Es ropa de niña.
Con lo primero que estuvo a mi paso me cubrí, era una gran manta de esas donde antes se encostalaba el azúcar y después se daban a la tarea de unirlas, lo supe por lo bordes que tocaron mis manos. Salí corriendo y gritando.
¾Tías, tías, ¿donde están? Mi voz se oía miedosa, pasé por la cocina y un olor a queso y leche me hizo detener, poco a poco bajé los escalones y vi en el molendero una gran taza de chocolate espumoso y calientito, lo supe por el vaporcito que subía como pequeñas nubes, el pan de sal estaba cortado en rebanadas y puesto en una charola, en el fogón hervía una cazuela, me acerqué y con la cuchara moví el contenido: el guasmole de chivo soltó sus olores. Al pensar en el limón que siempre lo acompaña y en las tortillas calientitas recién salidas del comal, gruñó mi estómago, y la boca se me hizo agua, ¿pero chocolate? Se sirve en el desayuno y si llegamos al medio día ahora deben ser como las tres o las cuatro de la tarde, por mucho que el tiempo se pase sin sentir.
¿Y, Noé? Debe estar aburridísimo, que falta de atención y al pensar esto ya estaba subiendo los peldaños. Parada a la mitad del patio, llamé a grandes voces.
¾Noeee….tíaaas…
¾Manita fui a visitar a las tías, estuve con ellas me bañaron. ¿Te acuerdas de que cuando éramos niñas las visitaba cada vez que tenía hambre? Ellas me regalaban carne seca y mama se ponía feliz, ¿te acuerdas?
Mi hermana no dijo nada, me miraba con preocupación.
¾Lo único que no me gustó fue que me dieran ropa de niña, volví a decir.
¾Mira, Gracia, buen susto nos has metido a todos. Yo estoy de acuerdo en que te guste caminar, pero eso de irse como loca por lo montes para ir a parar al rancho abandonado, no tiene nombre, toda la tarde y noche estuvimos buscándote, desesperados pensando que a lo mejor te habrías desbarrancado o algo peor. Te encontramos tirada de cara al cielo toda despeinada apenas cubierta por un costal viejo. ¿Qué te pasa? Me preocupas¾dijo mi hermana.
¾No estaba sola, estaba con Noé, me acompañaba¾le repliqué y al decir esto me baje poco a poco de la cama.
¾Es lo que trato que entiendas, Noé ya no está aquí¾dijo mi hermana.
¾¿Se fue? ¿A dónde? No me avisó que fuera a ningún lado y ¡sin mí!¾grité.
¾Gracia, Gracia ¡cálmate! El día que saliste corriendo fue porque Noé acababa de morir y yo creía que en tu desesperación y tristeza querías estar sola.
Sola, sola, repitió mi cerebro, sola, sola…
De negro desde el cuello hasta los pies camino tras el ataúd gris, no, no quiero que sea gris lo prefiero azul, azul es el color de la esperanza, azul es el color del amor.
Algún día yo sacaré el paliacate y secaré tu sudor.
Mis pasos se pierden buscando la noche de la luna.
30 de marzo de 2006
¿Qué te pareció este texto? Escribe aquí tus comentarios o envíalos a diana.perez@demac.org.mx