¿Qué veo? ¿Cómo me veo?
Cristina Desentis Torres
Blancanieves. Esto es como un momento “Blancanieves”; pero no como la princesa, sino como la malvada reina narcisista que no paraba de cuestionar a su espejo de luna sobre su belleza. Solo que tú no has lanzado tal pregunta. Te ves diario en el espejo pero, esta vez, al hacerlo conscientemente vienen a ti miles de voces. Recuerdas ese capítulo de tu caricatura favorita en el que la tía Amy le pregunta a Daria: “¿te has visto en el espejo?”, Daria asiente y entonces Amy le dice: “ah, entonces ya te vas a ir al infierno”. Tal vez yo también me vaya al infierno. Pero como estaba diciendo, te ves diario en el espejo; últimamente con más atención; más desde que aquel escuincle se refirió a ti como “señora” y te quedaste helada. ¿Señora? Pues una muy infantil y fodonga con esos pantalones guangos, tenis, playeras de estampados preparatorianos, gorra y tus lentecitos sobre una cara lavada. Define “señora”, niño; ¿nunca has oído eso de “seño, pa’ no errarle”? Está bien, te perdono sólo porque tienes como 8 años y bien podría ser tu madre.
Pero ahora que te ves sin lentes y sin tu atuendo “señorial” piensas: 1) sin lentes no veo; bueno, sí veo, pero como si viera un Van Gogh de cerca; quizá por eso te gusta el impresionismo; 2) pues señora o no, lo cierto es que los años no pasan en vano. Tus amigos y hermanos dicen que te ves igual, que no has cambiado mucho. Tú agradeces su buena fe. Repasas tus fotos de la década pasada y tampoco te ves tan diferente. Te cambió la sonrisa, eso sí. Por unos miles de pesos la ortodoncista hizo milagros. La verdad te gusta cómo quedaste, así que sigues riendo, aunque más bonito de acuerdo a los estándares de belleza que imperan en nuestra sociedad occidental de plástico. Tu mamá vende cosméticos. Creo que una de sus frustraciones es (y será) que tú con trabajos usas delineador y un discreto brillo labial. No te maquillas. ¿Para qué? Qué flojera, dices. ¡Qué fodonga! dice tu mamá. Esta navidad te regaló una crema “anti-edad”. La voz del niño llamándote “señora” volvió a taladrar tu cabeza. Te ves en el espejo y ríes: el surco en tu frente, las patas de gallo, las líneas de expresión y las arrugas del cuello les conceden la razón a tu mamá y al niño anónimo. Está bien mamá, voy a usar tu crema. ¡Ah! Memo, gracias por avisarme de la oferta de la crema “contorno de ojos”, gracias por traérmela sin pedírtela.
Te gustan tus ojos. Han sido un par de ventanas con cristales defectuosos desde tu niñez. Te gustaba ver todos los colores que podías descubrir en su iris. Te ves y te devuelven la mirada; con cierto escrutinio repasando esas arruguitas, marcas de acné e imperfecciones que aunque no te gustan has aprendido a portar estoicamente. Por lo menos tienes mucho cabello, no como tus hermanas. Tu cabello te gusta mucho a decir verdad. Recuerdas cuando lo traías hasta la cintura y te decían Rapunzel. Quisieras volver a dejarlo crecer así, pero la verdad es que es una lata en términos prácticos.
Me miro y aquélla que me mira piensa: al menos ya se te ve algo de cuerpo. Siempre fuiste una flaca sin chiste. El ejercicio te cayó bien, te ayudó a esculpir tu figura. La verdad es que no lo notaste hasta que la gente te lo empezó a decir. Siempre has dicho que “no tienes vanidad”, pero quien dice eso y está metido hasta el cuello en el mundo del fitness, miente. Está bien, está bien. Quizá a veces sí soy como la reina de Blancanieves y me miro en el espejo con aprobación. ¿Si no para qué comprar esas blusitas de tirante cruzado que dejan ver los trapecios trabajados y los deltoides bien definidos? (esos hombros que tanto le gustaban a Esteban y que siempre presumía con sus demás alumnas); ¿para qué los shorts de carrera y los pantalones Adidas stretch? Por comodidad, claro. Pero también porque te gusta cómo te ves en ellos. A veces no sólo a ti.
La verdad es que al trabajar tu cuerpo es inevitable que te fijes en él. Te ves y recuerdas tu nula fuerza al principio. También recuerdas tu pudor inicial, pero la verdad es que después de 10 años de vapor y regaderazos en gimnasios y lugares diferentes, lo último que te queda es pudor. Somos piel, dices. Y no te importa mostrarte ni a ti ni a los demás. Y desde que empezaste a nadar, menos. Si quedaba algún resquicio de inseguridad se ha borrado; lo han borrado tus compañeros, porque ahí no hay distinciones, todos se ven igual, sin máscaras, sin pintura, casi sin ropa, como son.
Me veo en el espejo y pienso: estoy en mi mejor momento; después todo va de bajada. Pero podría estar mejor (“mejor” otra vez, siguiendo los cánones de belleza que mencioné anteriormente). La mamá de Memo te dice que “tienes la figura que todas las chicas quisieran”. Yo pienso: con unas copas 36C y cintura 0, tal vez. La figura que venden en los medios como sinónimo de belleza, fama y fortuna. Pero todo eso me ha tenido sin cuidado. Me veo y la que me observa se siente afortunada: por la vida que ha tenido y por la gente que ha conocido. Me veo y la que me mira alza una ceja y cuestiona qué es eso de la ‘fama’: ¿estar bajo reflectores?, ¿destacar en lo que haces?, ¿dar de qué hablar a partir de tus acciones? Lo primero seguro no lo tienes, pero de lo demás, puede que algo, en tus universos particulares. Suficiente. Me veo y la que me contempla pregunta si será bella: y viene a su mente la imagen de su película favorita cuando cuatro fotografías de un mismo sujeto discuten si Amélie es ‘bella’ o simplemente ‘bonita’. Si fuera hombre diría: bella, Scarlett Johanson; guapa, Nicole Kidman. Quizá seas simplemente ‘bonita’ como dice mamá. Quizá seas una bonita sin fama, pero con la fortuna de tener quien te haga sentir bella.
Vuelves a ver tu reflejo como cada día. Las arruguitas, los granitos, los hombros definidos, los brazos largos y torneados, el cuerpo de guitarra como dice tu abuelita, el pecho apenas sobresaliendo, igual que esa pancita, las piernas un poco más delgadas de lo que te gusta. Recuerdas esa frase que leíste hace unos días: “tonto aquél que piensa que su cuerpo le pertenece”. Lo sigues pensando: esta es mi cáscara, parte de ella la he construido, pero no durará así para siempre. Concluyes: cierto, no me pertenece; pertenece al tiempo que como a cualquier forma de vida la hace crecer, florecer, marchitarse y la devuelve a la tierra. En mi reflejo veo esa cáscara que de tierna y verde ha perdido lo que de madurita va ganando. Pero piensas que es a través de ese espejo, bajo esa cáscara, donde están muchas otras cosas que te ha gustado descubrir y otras tantas que te dan miedo. Como escribió Taibo II en alguna historia de piratas: “sólo se tiene miedo a lo que se ignora y a lo que se conoce sobradamente de uno mismo”.
Ignoro mucho aún. Creo que me conozco relativamente bien, pero también creo que hay facetas que no he explotado, que no he mostrado, que no me he permitido expresar. Tiempo al tiempo, ya saldrán. ¿Miedo? Me ha caracterizado desde chica. Aún me cuesta soltar las riendas de lo seguro y lanzarme a lo desconocido. No es el miedo del que habla Taibo, no. Pero quizá algún día comprenda por completo esa frase. Mientras retomo ese mantra de Michael Jordan: “Fear is an illusion”. Mike no tuvo miedo de volar; yo también quiero volar. Vuelvo del otro lado del espejo. Me río; “me clavé en la textura”, pienso recordando un artículo de Algarabía. Miras tu reflejo y reconoces a la que te ve. Te sientes como esa Teresa Mendoza que Pérez-Reverte describe: la que se ve en el espejo empañado, la chava de la foto rota con el brazo del Güero Dávila abrazándola, la que se mira desde afuera y parece otra cuando es ella misma. No podrás responder a todas las preguntas que te asaltan, las preguntas que te hace la del espejo. La miras y ambas asienten. Saben que se quedarán con dudas, pero no importa, porque sin decir palabra alguna saben que se encontrarán de nuevo, como cada día.
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Muy cierto!!
Por Mayra (no verificado)Jejeje pareciera un relato solamente pero si, es cierto pasa con frecuencia, te ves una arruguita, los niños te llaman señora!!! jejeje