Talleres Puebla

Diciembre, 2011

Cómo se divierten en Aca

No sé cuándo cambió el calendario, pero en los años cincuenta y sesenta las vacaciones largas con las que terminaba y empezaba el ciclo escolar eran diciembre y enero, así es que después de pasadas las navidades, iniciaban los preparativos para ir al mar; esto es un decir, porque preparativos, preparativos, había pocos: invitar a primos que venían con nosotros, los  Antuñano hijos de mi tía Maga, hermana de mi mamá, a quien quería sobre todas las cosas, y algunas veces a mis primas Gabitas; poner a tiro la camionetita Fiat múltiplo 600, comprar el ungüento que preparaban en la farmacia Principal, una especie de gel entre blanco y transparente entregado en un frasco grande de Nescafé que, supuestamente, resolvería  todos  los malestares provocados por las quemaduras del sol, ¡pobre ungüento! nunca tuvo los resultados adecuados o no estaba hecho para pieles tan blancas. Los atuendos de playa, que consistían en bajar de arriba de un ropero la canasta de los trajes de baño, en donde podías encontrar varias tallas, colores y sabores, regalos, herencias, nuevos, luidos, decolorados; chanclas con par o sin él, también camisetas, muchas camisetas que serían nuestra salvación durante los quince días de vacaciones para ese sol de cohetería que nos ponía como camarones por un buen tiempo, pero que, según mi mamá, era muy bueno para llenarnos de yodo.

Los viajes iniciaban al día siguiente de que los Santos Reyes nos trajeran  veinte pesos a cada uno que, mediante alguna astucia o convencimiento más temprano que tarde formarían parte del fondo común, no sé si como préstamo o aportación, pero jamás volvimos a ver ni las décimas.

La excursión, hacia las playas del pacífico. la emprendíamos al albor de la madrugada, mi mamá, el chofer y ocho o nueve infantes (mi papá siempre encontró un buen pretexto para no ir con la familia Burrón).Cargados de vituallas  y un buen galón de agua de limón. Durante el camino, de por lo menos dos rosarios con advocaciones, jaculatorias, y letanías nunca nos salvamos, no sé si por devoción o como terapia de relajación.

Eran viajes bastante caóticos, tanta gente y ¡un calor!, no había aire acondicionado ni asientos de niños ni cinturones de seguridad, todos amontonados como se fuera pudiendo, uno se peleaba, el otro tenía hambre. Para pasar las horas hacíamos concursos adivinando las placas, la marca de los coches, contábamos árboles, leíamos letreros. Nos fijábamos en todo, de tal manera  que una mañana, pasando por santa Martha Acatitla, frente a la cárcel de mujeres de México, de un frondoso árbol colgaba un hombre ahorcado. Fue tal nuestra impresión que ese día sí que rezamos de corrido hasta llegar, además de hacer con nuestra loca imaginación toda una historia de lo que el pobre individuo había pasado y sufrido antes de tomar semejante determinación. Tras interminables horas, cuando pasábamos por tierra colorada y el cañón del zopilote, como que recuperábamos el entusiasmo.

Directamente al centro de Acapulco a unos departamentos que siguen existiendo y cuya propaganda actual dice: Amueblados Oviedo, joya arquitectónica del puerto, cuartos climatizados o con ventilador, baño con o sin agua caliente. Nunca me parecieron la gran cosa, pero cuando recordando mi infancia estuve ahí a principio de año, sí que estaban fatales.

Desayunábamos opíparamente ya que el siguiente alimento fuerte tardaría varias horas, pasábamos casi todo el día en la playa con una gran canasta con mandarinas y plátanos, sorteando las olas, las inclemencias del tiempo, picados por erizos y aguas malas, al rayo del sol, lo mismo en las lanchas con fondo de cristal que nos llevaban a ver a la virgen, que en unas sillas con pedales alquiladas en la playa de Caleta, cuyo gran atractivo era llegar a la isla de la Roqueta a ver a un burro que tomaba cerveza o al muelle con un anzuelo y una carnada tratando inútilmente de pescar entre el aceite de los barcos.

Le temo al mar, no entiendo cómo fui capaz de adentrarme en las olas de Pie de la Cuesta, junto con mi primo Alejandro, ante la mirada horrorizada de un lanchero que corrió para decirle a mi mamá: el mancebo y la doncella están fracasando, y efectivamente, el mar nos venía escupiendo y las olas nos revolcaban haciéndonos estragos, toda clase de magulladuras, raspones y descalabros, por una  vez que me sentí  sirena; fue mi última entrada al quinto día en el que el señor dijo háganse las aguas, porque de ahí en adelante lo mío es la tierra firme.

Algunas tardes en el malecón, frente al hotel Papagayo, nos pasamos horas enteras jugando golfito, éramos tantos, que se podían organizar torneos; otras,  después de convencernos de ser privilegiados porque nos divertíamos más que nadie, acompañábamos a mi mamá a alguna visita, ya sea a la casa de primos por el Hotel El Cano o por el Club de Yates.

Donde estuviéramos el momento del atardecer era importante.

¡Vean qué vistas y el tramonto y den gracias a Dios que nos ama tanto!,  y hasta la fecha para mí sigue siendo una hora del día muy especial.

Como a las ocho de la noche se iniciaba una caminata, que calculo como de dos o tres kilómetros, para cenar en una palapa llamada “Los frijoles de don Bado”, donde había toda clase de antojitos y desde luego unos “regios frijoles”. Al regresar, cansados y descangallados, ya había quien había perdido las chanclas, otro se había ampollado, otro lloraba de lo quemado, mi prima Magdalena dijo una noche: Tía China, ¡mi traje de baño tiene un agujero en las pompas!, la respuesta: “güerita, ponte la mano y sigue pues es el único que tenemos”.

En alguna ocasión, los mentados departamentos Oviedo estaban ocupados, y de noche, todos nosotros agotados, con la camionetita expulsando sudores y olores, nos lanzamos a buscar hotel. ¡Bravo!, cerca de La quebrada nos acomodamos en lo que parecía una opción razonable, pero no, al poco rato de estar dormidos mi mamá nos despertó como rayo arguyendo que era un lugar  “non santo”. Nunca supe qué fue exactamente lo que vio, lo que si sé es que en unos cuantos minutos todo ese niñerío ya estaba tratando de dormir en las bancas del zócalo de Acapulco, sí, sí, ahí pasamos la noche, acompañados de un sinfín de pájaros que, acomodados en los cables de luz, dejaban caer de cuando en cuando su peculiar caquita.

Pasadas décadas, me encontré en un taxi al chofer que nos llevaba año con año, me dijo que había quedado curado de espantos de aquellos viajes y que nunca volvió a Acapulco. Yo sí que he vuelto en planes mucho más catrines, pero esas vacaciones, esos tiempos, ese México, esa mamá llena de osadía y de buen espíritu, no volverán.

ARDNAJELA OZNEITAM RERUAM

 

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17 Ene12:25

Alejandra, me hiciste

Por maria (no verificado)

Alejandra, me hiciste recordar mil historias similares de paseos en familia!