Talleres Puebla

Agosto, 2011

La cita

La cita-23856

Teresa Rodríguez C.

Ella había llegado al lugar muy puntual, a la hora acordada. Casi de inmediato una muy guapa secretaria con falda cortita, la había pasado al salón que servía como despacho particular de él. Se dispuso a esperarlo: no tardará nada, le dijo la chica señalando uno de los dos sillones que se encontraban al centro, se sentó muy cómodamente en uno de ellos, tomó el vaso de agua que le habían ofrecido y se puso a meditar sobre la suerte que tenía de que todos los hechos se hubieran concatenado tan fácil. Seguramente asistirá al evento, y eso será un éxito tremendo, se dijo orgullosa. No por estos pensamientos dejó de observar todos los detalles del lugar. Había cosas de muy buen gusto y otras no tanto. Le llamó la atención que los vasos con agua que habían puesto en la mesa fueran diferentes entre sí ¡qué raro! ¿No deberían ser iguales? Sin embargo, todo el espacio estaba muy bien iluminado y las ventanas que daban a la calle permanecían abiertas proporcionando un ambiente templado y agradable. Había también varias puertas. Estaba pendiente de por cual entraría él.

Fue un amigo muy bien conectado y de esos que saben todo, quien le dio el consejo de cómo lograr la cita. Llama temprano, si es posible a las ocho de la mañana, pues después, a lo largo del día, te va a ser muy difícil. Así lo había hecho esa misma mañana con la expectativa de que la pasaran con algún encargado de esos que tienen las personas muy ocupadas e importantes. Su sorpresa fue mayúscula cuando casi de inmediato él tomó el teléfono. Después de los educados saludos de rigor, ella le dijo que necesitaba explicarle un asunto importante y qué para cuándo le podría dar una cita ¿Una cita? Pero claro, ¿por qué no vienes hoy a las dos?, dijo él muy gentil.

Ella se esmeró más en su arreglo que cualquier día normal de trabajo, sabía que la presencia era importante para su encargo y, como era invierno, se puso debajo de su impecable traje sastre una linda blusa de jersey color palo de rosa con cuello de tortuga.

 Apenas había tomado unos pequeños tragos de agua, cuando él entró por una de las tantas puertas. Ahí estaban: sentados él y ella, frente a frente en sendos sillones. La plática fue fácil y muy cordial. Él era un buen conversador y estuvo riendo y repasando anécdotas de la gente que conocían en común; en especial le contó algunos hechos que había vivido con el padre de ella cuando habían coincidido hacía algunos años. Era un señorón, y yo le quedé eternamente agradecido, dijo.

Tras un buen rato de charla y sin conseguir ella entrar todavía en materia, se hizo una pausa en la conversación. Ella ordenaba sus ideas para plantearle de la mejor manera el asunto que la había traído ahí, cuando de pronto cayó en cuenta de que hacía rato no entraba nadie al despacho y los teléfonos habían dejado de sonar. El silencio casi se palpaba. Entonces le planteó el tema: tengo indicaciones superiores de que se empiece a celebrar esta fecha de la mejor manera, es muy importante para la comunidad; sería muy valiosa y significativa su presencia en la ceremonia. Claro, cuenta conmigo, dijo él sin más, pero oye, insisto, háblame de tú, por favor. Ella repitió la fecha y la hora y le dijo cuál era la idea general, agregó quienes más estarían invitados, el lugar, quién vendría con la representación oficial, etcétera. Él ni siquiera tomó nota. Bueno, se atrevió a decir ella procurando no hablar en demasía, ya le mandaré todos los detalles por escrito. Para que no se olvide, pensó también.

Se levantaron por fin de los sillones y se encaminaron hacia una de las puertas al extremo de la oficina. Te acompaño, dijo solícito. Casi al llegar a la puerta él la detuvo con firmeza del brazo y la hizo girar hacía sí. Estaban cerca de una cómoda en donde había una jarrita de cristal llena de agua y un montón de servilletas. Con esta cómoda de aliada, él la aprisionó contra él. Pero no te vayas tan rápido, ¡ven aquí! Le dijo esto con todo su cuerpo y rostro pegados a los de ella, y abrazándola con fuerza, la empezó a besar.

Ella estaba sorprendida y confusa y su mente trabajaba mucho más lenta que las manos de él. Cuando se dio cuenta las tenía encima de sus pechos y  batallaban con el jersey tratando de levantarlo o de bajarlo. No pudo. Entonces, sin dejar de besuquearla, jadeando, se bajó con una mano el cierre del pantalón y atrajo la mano de ella hacia su miembro.

¡Esto no puede estar sucediendo!, ¿qué hago? Se preguntó ella más sorprendida que asustada. Y reaccionó. Como pudo se zafó con fuerza del abrazo, dándole un empujón hacia atrás.

Todavía él murmuró algo e intentó acercarse nuevamente, mientras ella, decidida a marcharse pero sin saber en lo absoluto qué decir, lo rechazó otra vez; recogió su bolso del suelo, donde había ido a parar y se dispuso a marcharse. Cuando él vio que el asunto no avanzaba hacia donde quería, se calmó bastante y con gran tranquilidad empezó a arreglarse la ropa y a limpiarse la cara con un buen tanto de servilletas que literalmente empapó en la jarrita llena de agua colocada encima de la cómoda. Volteada hacia la puerta, ella esperó unos segundos más respirando hondo para calmarse y pensó que para ese propósito y otros similares estaban puestas esas cosas ahí, de forma tan estratégica. Salió apresurada y avergonzada dando un portazo.

Caminó agitada y confusa sin recordar por dónde era exactamente la salida, y así, dio algunas vueltas por las oficinas vacías hasta que por fin reconoció el largo pasillo por el que había entrado y la conduciría hacia afuera. Antes de llegar al patio oyó ruidos tras ella y volteando sin dejar de caminar aprisa pudo ver, por lo menos, a tres hombres del equipo inmediato que, curiosos, con sorna y malicia en sus caras, asomaban las cabezas por una  puerta para ver quién había sido hoy la incauta o quién la valiente que huía así de él: eran los cercanos achichincles, serviles y cómplices de su jefe…el gobernador.

 

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