Las Atrevidas

Mayo, 2011

Carta a mi niña de cinco años (yo misma a esa edad)

Por: Martha E. Villaseñor

¿Qué le diría yo a esa niña tierna que fui a mis cinco años si me la encontrara hoy?

Le diría: ¡gózala mi reina mientras puedas! porque más tarde, en tu matrimonio te van a venir los fregadazos, tantos y tan duros, que no vas a ver lo duro sino lo tupido.

Como no se me hizo sensato empezar así, mejor busqué una foto donde estoy cumpliendo cinco años precisamente, con mi pastel enfrente y a punto de soplarle a las velitas, con mis papás, mis tíos y rodeada de niños y niñas que eran mis hermanos y los primos de mamá, que, por la edad, más bien parecían primos míos.

Estoy estrenando ese día vestido, muy peinadita, con mi gorro de fiesta y abrazando a una muñeca rubia que fue mi regalo ese día, me encantaban las muñecas, sobre todo las blanditas y abrazables, que pudieran dormir conmigo, como aquel conejo de tela que no soltaba a los tres años y con el que también estoy retratada.

Recuerdo que me enseñaron a declamar “la virgen pura” y juro que conservé ambas virtudes (virginidad y pureza), por mucho tiempo, y que al terminar, la gente me aplaudía o se reía y yo me escondía atrás de mamá o de mi abue, toda cohibida.

A esa muñeca la llamé Lety e insistí en que llamaran así a mi nueva hermana (entonces, recién nacida), hasta que me salí con la mía; ella me debe su nombre. Después todavía nació otro hermano, el último, Charly, somos cinco: tres mujeres, dos hombres.

En esa foto estamos en la casita donde nacimos todos, papá la construyó en el enorme patio de la casa grande, la que fue de mis abuelos y nos heredaron, en la que corríamos y jugábamos en la colonia Roma Sur, del D.F. En la casa grande vivían mis tíos y papá decidió construir atrás porque quería estar cerca, era el tutor de todos ellos, el mayor de los hermanos, mis abuelos murieron dejándolos huérfanos muy niños.

            Recuerdo haber sido traviesa y a la vez tímida, juguetona y a la vez miedosa, ¡vaya contrastes! Me encantaban los animalitos, todos: perros, gatos, conejos, pollitos, tortugas, caballos (más bien los ponys), y los peces. También jugar con mis hermanos, a la comidita con el juego de té, con mi hermana Tita, e imitábamos a mamá cuando platicaba con sus amigas, o a treparme en el árbol con mi hermano, el travieso Fredy.

            Si hacíamos travesuras, nos gustaba escondernos, para evitar la reprimenda.

            Dicen que los padres y la familia se eligen antes de nacer. Sí, los volvería a elegir. Si me encontrara hoy a esa pequeña, la abrazaría y le contaría un cuento antes de dormir, rascándole la cabeza cariñosamente, como me encantaba que lo hiciera mi abuela:

Érase una vez una princesa que tuvo una infancia y una juventud muy lindas, cuando tuvo miedo, siempre hubo quien la quisiera, la abrazara y la protegiera.

Dicha princesa tuvo muchos paseos y vacaciones a la playa, cambios de casa, ¡muchos! como también muchos amigos y amigas con quienes aprendió a andar en bicicleta, jugó mil juegos y se divirtió mucho, reía hasta que le dolía el estómago.

En la adolescencia en cambio, bailaba hasta que le dolían los pies.

En esta etapa descubrió el amor, los noviazgos románticos, los besos, pero también el dolor de las decepciones amorosas y del corazón roto. El amor duele.

En su vida hubo de todo, como en una receta: tanto lágrimas como risas, sazonadas con éxitos y fracasos y una pizca de alegría, ni un ingrediente podía faltar.

En los estudios la princesa brilló, le encantaron los libros y aprender de todo, aunque la compararon siempre con su (aún más brillante en todo), hermana, y eso borró su sonrisa, se volvió: callada, seria, introvertida, ensimismada, permitió que la depresión entrara a su vida, lo que más tarde influyó en que aguantara lo inaguantable.

Por eso llegó el hada que no dejó que eso le afectara, la mermara o la hiciera sentir menos, ni mal, ella reconoció tener muchas cualidades también, otras diferentes, tan importantes como los talentos y habilidades de la otra princesa, de su lista hermana.

Su familia fue unida y feliz, príncipes y princesas convivían en alegre armonía, ninguno cerraba el pico como un continuo piar en un gallinero, ruidoso y bullicioso, por eso, la princesa decidió cerrar el suyo y ser la más callada de aquel alocado corral.

Los príncipes se  siguieron queriendo y apoyando siempre, hasta el día de hoy.

Los reyes siguieron juntos a pesar de todo, problemas siempre los hubo en el reino, supieron superarlos, juntos hasta sus bodas de oro y más, aunque ya en la vejez, afloraron rencores de antaño y apenas se dirigían la palabra, pero juntos ahí, en su trono.

La princesa creció, trabajó, se casó, tuvo hijos, dos bellos príncipes valientes.

En sueños un hada le advirtió: ¡no te cases con ese príncipe azul bebedor! si lo haces, conocerás lo que no conocías, llorarás lo que no habías llorado y él se convertirá en sapo. Y, aunque su hada madrina se lo había advertido en sueños, la princesa se casó con el sapo, perdón, con el príncipe azul, sólo para concebir a ese par de hermosos príncipes que ya había conocido una noche en sueños, aunque en ello le fuera la vida.

Su hada la armó con la espada del valor, con la capa del coraje y con un toque de su varita mágica le había dado el don de ser feliz, con o sin el sapo, perdón el príncipe.

Y así la princesa fue para siempre feliz. Y colorín colorado, que este cuento se ha acabado. ¿La niña? se durmió soñando con la princesa y el sapo, perdón, el príncipe.

 

¿Qué opinas de este texto? Escribe aquí tus comentarios o envíalos a diana.perez@demac.org.mx