Literatura Carcelaria

Octubre, 2011

Con la cara en alto.

 Tony Ruanova

CERESO de San Miguel, Puebla

A veces quisiera que el tiempo se pudiera regresar, pero lamentablemente la realidad es otra: cada una hemos atravesado por momentos cruciales, tristes, de angustia y, sobre todo, de una gran impotencia. Díganme ustedes ¿quién no ha llorado? ¿Quién no ha sufrido los golpes de la vida, que nos ponen a prueba día con día? Y así se pueden enumerar muchas circunstancias que nos aquejan, pero más que nada, nos laceran el alma.

En este momento, cuando se me vienen a la mente tantos recuerdos de pequeña, de adolescente, en mis años de juventud y demás, que ya no quiero recordar pero se han quedado archivados y no se pueden borrar, como la tinta indeleble, respiro fuerte, para que el llanto no me venza. Quizás una que otra lágrima resbale por mi mejilla, pero el sufrimiento unido al coraje, me hacen tener el temple para no llorar, aunque por dentro el corazón se me desgarre. Qué les puedo decir, soy un vórtice de múltiples facetas. A veces pienso -aunque trato no puedo llorar-, me duelen tantas cosas pero más me duele el Alma que me mantiene viva pero se me desangra día tras día y es cuando caigo en depresión, en una agonía que atormenta, que invade mis sentidos y me vuelve más sensible, aunque no lo demuestro, sólo yo sé lo que estoy sintiendo. ¡Y clamo a Dios! Él me fortalece cuando leo su palabra en la Biblia.

Aunque hay ocasiones que no tengo ganas de nada, sino fuera por mis seres amados, que Dios me perdone, otra cosa ya hubiera pasado, pero no por cobardía, sino porque te cansas y ya no le ves sentido a la vida, pero tenemos que seguir con la ayuda de Dios. Que podamos, seguir firmes y en pie de lucha.

Me han pasado mil cosas, que enfrenté, y he comprendido, como todo en la vida. Una de ellas, la pérdida de mi padre, quien me hace mucha falta. Tengo su ejemplo a seguir, algunas veces me dijo: “nunca digas no puedo”, porque él veía que me costaban trabajo algunas cosas, que yo no podía hacerlas rápido, como andar en bicicleta y en la escuela, lo clásico, las divisiones, las tablas y el reloj; todo lo aprendí con la ayuda y enseñanza de mi padre que siempre se preocupó por mi y estuvo al pendiente, hasta que Dios lo permitió. Nunca se me va a olvidar, siempre me decía: “¡échale ganas, saca la casta!” y ahora que no está se enervan mis sentidos, me da más coraje por todo lo que he pasado; pero algún día, tarde que temprano hay cuentas que aclarar. Lo más importante es que me han hecho cambiar y las cicatrices que me han dejado, duelen. Lastimada estoy, pero soy otra, aquí en este lugar me he vuelto más vulnerable, más dura, pero por dentro están contenidas las mil y una noches de dolor, soledad, coraje. Dispuesta a seguir peleando por el derecho a ser libre, poder demostrar que estoy de pie, dispuesta a pelear otra vez para que, primero Dios, todo se aclare y nadie me señale. Con la cara en alto y que Dios me acompañe.

 

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