Comenzaba el año 1938. Elia casi cumplía cinco años y su hermana Lena, tres. La alegría era indescriptible, el padre les había comunicado que harían un viaje a la capital del país.
Martín (muy joven), jefe de esa pequeña familia, a pesar de su edad era responsable y trabajador, se desempeñaba como maquinista en un campo petrolero de la Huasteca veracruzana, gozando de una buena posición económica.
Llegó el ansiado día de partir a la gran ciudad. Los caminos carreteros de esa época eran terraplenes, que hacían penoso el tránsito por ellas para poder llegar a la estación ferroviaria de Beristáin.
La familia hizo una parada para descansar y tomar alimentos en un poblado llamado Altamira.
Pasaron a la fonda de la cual emanaban ricos olores que incentivaron más el apetito; ricos antojitos fueron servidos (enchiladas, bocoles, longaniza con huevo, carne salada y un platón de bolas de exquisito queso fresco que ahí mismo preparaban).
Todos comieron hasta el hartazgo las delicias gastronómicas, pero Elia pese a la advertencia de sus padres comió demasiadas bolas del sabroso queso.
Prosiguieron su viaje hasta la estación, y esperaron la llegada del tren. Las niñas correteaban en la casi solitaria explanada, cuando el ulular del tren se escuchó, las niñas corrieron despavoridas por el llano que circundaba el lugar, Martín corrió tras ellas, que se resistían a regresar. El tren seguía produciendo un infernal ruido que a las niñas les pareció un dragón vomitando humo.
Al fin las convencieron, subieron y se acomodaron en los asientos. El monótono “traqueteo” las hizo dormir.
Pasaron algunas horas y Elia se quejaba, estaba ardiendo en fiebre y poco después no podían detenerle el vómito; los afligidos padres no sabían que hacer. Optaron por bajarse en la próxima ciudad y buscar un médico.
Se instalaron en un hotel que les recomendaron y los dueños hicieron venir a un médico para atender a la niña que ya estaba muy deshidratada. Fue una noche muy larga para los afligidos padres, Tina (su mamá), hizo la promesa de ir a la Villa de Guadalupe tan pronto llegaran a la capital.
Elia ha recordado siempre que en medio de su delirio, en esa madrugada escuchó el sonido lejano de unas campanas, que llegaron a sus oídos, regalándole un agradable despertar.
El viaje prosiguió, su madre insistió que lo primero que harían sería ir a dar gracias a la Guadalupana, por la pronta recuperación de Elia.
Elia, a pesar de las muchas décadas transcurridas, siempre que escucha el tañer de las campanas con aquel peculiar timbre, revive aquellos dichosos días al lado de sus padres y hermana que hace mucho tiempo emprendieron otro viaje… sin retorno.
Elba Prior Domínguez
Junio de 2011
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