RedPRO

Octubre, 2010

La belleza

“Las niñas no pueden ser gorditas; con los niños es otra cosa, de todos modos los consiente uno, pero si sigues así, cuando seas grande no vas a encontrar quien te quiera…”.

Margarita Lignan
Tallerista Demac en Ceresos en el DF

Eva nació para ser bella; sus ojos se lo decían, su corazón, siempre incompleto, se lo pedía; sus labios que, frente al espejo, ensayaban los más trémulos besos, se lo prometían.

Abrió el clóset, sacó cualquiera de sus enormes túnicas pardas y escondió su cuerpo. Por momentos lograba olvidar su sobrepeso, cuando charlaba en un café horas enteras con sus amigas, haciendo una antología de los cortes de cabello que ha usado Luis Miguel: No, estás loca;  el más divino fue el que usó en el video de “La Incondicional”. Te juro que lo veo y todavía siento que me desmayo cuando voltea hacia la cámara. No sé cómo pudo andar con la Marya, que tiene cara de changuito y las tetas tan grandes que le han de colgar hasta el suelo. La carcajada de las amigas tapó la angustia que le provocaron sus propias palabras, y que quiso llenar con un enorme sorbo de coca-cola light.

Lo olvidaba también cuando iba al salón a que le arreglaran el cabello y las ya inaccesibles uñas de los pies. Su pelo húmedo volaba entre los dedos del estilista, mientras escuchaba con alivio las miserias de otros: A ver ahora sí, mira cómo quedaste, las luces cobrizas te sentaron muy bien y te lo desvanecí de los lados para que se vea menos redondita tu cara. Eva frente al espejo se estrelló.

Creció escuchando que las mujeres deben ser hermosas, como una especie de requisito indispensable, como un primer valor. La bondad, la dulzura, la inteligencia; son cualidades adicionales, lo importante en el sexo femenino son la capacidad de sacrificio y la belleza.

Su madre siempre se lo advirtió, desde que en su fiesta de cinco años no lució exactamente como una princesa: Ay, hijita, mira nada más, de qué sirve tu naricilla respingada y tu vestido tan bonito con esta figura regordeta. Las niñas no pueden ser gorditas; con los niños es otra cosa, de todos modos los consiente uno, pero si sigues así, cuando seas grande no vas a encontrar quien te quiera.

Nunca tuvo los amigos que eligió, sino los que le permitieron serlo. Cuca, amiga más bien de su mamá, se acostumbró a salir con ambas; hasta las apodaba “el dueto maravilla” por lo mucho que la hacían reír y olvidar sus propios problemas. Laurita y Tere, también mayores que Eva, eran compañeras del coro de la iglesia; unas hermanas a las que educaron para ambicionar mucho más de lo que la vida les pudo ofrecer, y se quedaron esperando; la pasaban muy bien con Eva; juntas charlaban de los hombres como si ya hubieran tenido uno, con la contundencia que les daba el discurso de las tías y las abuelas.

Cuando fue adolescente, de vez en cuando la invitaron a una fiesta. Aún no era tan obesa, pero como desde pequeña le habían hecho énfasis en su defecto, no esperaba que los muchachos la trataran como a las otras chicas; sabía que no merecía flores, ni tarjetas, ni piropos; que no le abrirían la puerta para salir del coche y, sin embargo, se sentía lastimada cuando uno de ésos muchachos le daba un manotazo en la espalda y le platicaba de su “buenísima técnica para ligarse viejas”; cuando la trataban como a un camarada y no como a una mujer.

Una vez, hace varios años y como treinta kilos, tuvo un amigo especial: Hugo; desde que lo conoció fue muy amable con ella, ingenioso, buen conversador, siempre al tanto de lo más reciente en espectáculos y lugares de moda; la llevaba a todas partes y la presentaba como a una gran amiga; poco a poco él fue ganando terreno en el árido corazón de Eva; prácticamente se confesaba con ella, le decía que era una suerte encontrar a una mujer así: cálida, comprensiva, con sentido del humor; hasta que, como era evidente, él le fue llenando los vacíos.

Una tarde Eva se sintió, no valiente, sino con valor; se miró de frente, le gustaron sus ojos, sus pestañas enormes, sus labios naturalmente rosados, su cutis terso, sus ideas; lo invitó a cenar, se atrevió a usar un escote y a dejarse el cabello suelto, y se lo dijo simplemente así, como casi ninguna mujer lo diría: Te amo. Él la miró, entre incrédulo y ofendido:Bueno, este... la verdad, no lo imaginaba, pero... en fin, una cosa es como amigos. ¿Qué te puedo decir? No me lates, no podría abrazar o besar a alguien que... Seguro vas a encontrar quien te ame como eres.

En un intento por alcanzar a ver a sus hijos, por muchos años ella cerró los ojos, los apretaba muy fuerte y  se decía: Sí, sí sé que estoy ahí. ¡Mira!, tengo una niña y un niño; sí, y una casa bonita; ése de ahí ha de ser mi esposo... ¿dónde estoy yo?... Ahí, lo veo, un día voy a ser delgada. Y fue con un chino del centro que predice el futuro en las galletas, y también a que le leyeran la baraja española, y el tarot, y con una vecina que sabía de hidromancia, y todos le habían dicho que sí, que así sería y Eva estaba feliz.

Cumplir treinta y cinco le pesó tanto como el día en que se acabaron los números de la báscula y la archivó para siempre debajo de la cama. La maternidad ya le pareció imposible; pasó toda la mañana en el baño llorando, y su mamá la llamaba desde afuera: Ven, anímate, ¿por qué estás así? Van a venir tus tíos y mi amiga Cuca; llámale a Laurita y a Tere para invitarlas; voy a preparar unos sándwiches muy buenos.

Le daba vergüenza que la vieran y más vergüenza mirarse; se culpaba siempre de vivir dentro de aquel cuerpo deforme, indigno, ofensivo. Todas las noches lloraba y todas las mañanas se enojaba por ser quien era; por no haber tenido el coraje suficiente para librarse de aquella prisión.

Cuando llegó el pastel sintió que ya había sufrido demasiado, que si no se consolaba a sí misma nadie lo haría, que no valía la pena recriminarse tanto por lo que escapaba de sus manos y que “las penas con pan son buenas”.

Se sabía linda, una delicada dama vivía bajo aquel cuerpo ajeno, desconocido, vulgar; por eso se sometió a tantos tratamientos, a costa de la salud y la dignidad. Lo único que le interesaba perder eran kilos.

Trató de concentrarse, practicó yoga y meditación, recurrió a la acupuntura y al homeópata. Bajaba un poco, muy lentamente. Un día un doctor le dijo que no debía desesperarse, que finalmente no subió todos esos kilos en unas semanas. ¿Con eso qué me quiere decir?, ¿que más o menos a los setenta años ya voy a estar delgada?

Su abuelita le dijo: “¿Para qué tanto brinco estando el suelo tan parejo?” Con que no comas dulces ni refrescos es suficiente. Eva dejó de comer dulces, refrescos, pan, tortillas, queso, leche, azúcar, pastas, carne, nueces y hasta jitomates. Lo intentó, pero vivir de lechuga, manzana y calabacitas le daba gastritis. Llegó a vomitar por el hambre que sentía, y se aguantó y volvió a vomitar, y apretó fuerte los puños y se aguantó y volvió a vomitar, y se hizo una rutina.

Hizo también una “manda”, le ofreció a la Virgen de Guadalupe que si la ayudaba, le encendería una veladora por cada kilo perdido. Le regalaron un talismán verde, para recuperar la salud y lo llevaba siempre en su bolsa; hasta se compró ropa íntima de última moda para motivarse pensando que ya pronto la estrenaría.

Tembló bajo el efecto de las anfetaminas, se irritó la piel de tanto sudar con el traje de plástico, padeció unas agruras terribles con la dieta de los jugos, se comió las uñas para no cenar,  se laxó, se sacó el agua con diuréticos y hasta llegó a desmayarse con las pastillas aquéllas de “hierbitas naturales”.

Los médicos no la atendían correctamente si enfermaba: Es que está usted muy pasada de peso, no vale la pena que le revisemos los riñones, ni la matriz, ni las muelas; todo lo que le pasa es porque está muy gorda y, si tuviera un poquito de voluntad, podría bajar. Escuchó incluso a uno que le dijo que su obesidad era mórbida y que lo más conveniente era engraparle el estómago; le dio miedo, lo consideró, pero era demasiado dinero para una mujer sin amistades ni empleo.

Pasaron los años, llegó a encontrarse compañeras de la escuela que también fueron gordas alguna vez y que ahora habían adelgazado; no soportaba la imagen del fracaso y se alejaba apresurada para no saludarlas. ¿Qué hicieron ellas? ¡Qué descanso!, una dieta drástica una sola vez y se acabó, nunca más volvieron a mirarlas con benevolencia, a ofenderlas, a despreciarlas de primera instancia; ahora tenían la oportunidad de ser personas; de saberse aceptadas, rechazadas, contratadas, felicitadas o criticadas por motivo de su capacidad y su carácter.

Escuchó también muchas cosas que le dijeron el terapeuta, su mamá, las siempre acomedidas vecinas y, por supuesto, sus esbeltas amigas de la iglesia, que jamás mascaron chicles de picolinato de cromo para distraer el hambre: No te quieres a ti misma, así no puedes querer a los demás. Si le pusieras tantitas ganas, mira cómo yo no engordo nunca. No hay mujeres feas, sólo descuidadas. Estás castigándote por algo. Eres insegura. Las gordas son sucias, desaliñadas, huelen a grasa; no, no es cierto, son simpáticas, chistosas; compensan su fealdad con buen humor. Lo que debes hacer es tomar mucha agua. No cenes. No comas entre horas. No desayunes.

Un día se hartó y decidió simplemente comer, comer todo aquello que su organismo le reclamaba, sin pensar en las calorías ni en los carbohidratos ni en las grasas saturadas; comer con placer y con gusto, sin culpa ni vergüenza.

Tanta libertad la desbordó, no cupo más en la ropa que vendían en las tiendas, le quitó las patas a la cama porque reventaron, se le amontonaban los minutos en espera de un taxi que pudiera llevarla; no volvió al cine, ni al teatro, ni a los restaurantes, para no escuchar una disculpa por no poder darle un asiento lo suficientemente amplio.

Estaba desolada. Quiso huir. Ya sus pasos se habían tornado lentos para no caer, sus piernas chocaban una contra otra en el intento de avanzar y se herían mutuamente. Empezó a llover sin tregua, y luego a granizar. La gente, apresurada, se refugió en casas y comercios. Eva aferraba los dedos de los pies a los zapatos, no pudo más y resbaló, cayó de espaldas sobre el hielo, no consiguió enderezarse, pidió ayuda pero todos se había ido, así pasaron muchas horas.

Tirada boca arriba se le heló la espalda, sus oídos se llenaron de tormenta y cerró los ojos. En definitiva era bella, los curiosos que se acercaron no podrían dejar de notarlo: su piel nívea, las manos de hada, el cabello de seda, el gesto de un ángel caído.

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