Talleres Chihuahua

Julio, 2011

La Banqueta

La Banqueta-23818

Si he de escoger el lugar favorito de mi infancia y después de recorrer mentalmente la casa de mis padres, debo admitir que ese lugar fue la banqueta. La banqueta afuera de mi casa. Era larga, un poco ancha y nueva, o más bien, completa, bien hecha. Mi padre la había  mandado hacer así, para que jugáramos a gusto.

En la banqueta sucedió todo lo interesante que podía tener mi vida en ese tiempo, y era mucho. Ahí pasábamos mis hermanas menores y yo, horas tiradas boca arriba, mirando las nubes y apostando quién encontraba más figuras. En la banqueta dibujábamos el mamaleche, ese gran juego infantil donde saltábamos horas y horas. Eran verdaderos ejercicios de estiramiento. O al lazo, brinca y brinca, al que se unían mis hermanas mayores, hermanos y mi papá, al regresar de la escuela o de sus trabajos.  

En la banqueta caminábamos de puntitas para no pisar la medalla, en el juego de quien pisa la raya, pisa su medalla. Lo creíamos en verdad, porque las tres usábamos unas pequeñas medallas que estaban benditas y no queríamos pisar a la Virgen o al Sagrado Corazón. Recuerdo que bajo cualquier circunstancia, indefectiblemente la tomaba entre mis dedos y la besaba para recuperar la confianza y sentirme segura.

También en la banqueta jugábamos a caminar por el cordón de la misma, haciendo equilibrios, imaginándonos en una cuerda floja de circo. Es ahí donde me estrellé la tarde que me puse el abrigo cual si fuera una capa, abroché un botón al cuello y salté al aire, desde un metro cincuenta de altura, creyendo firmemente que volaría  como Superman. Leía muchos comics, mis favoritos eran Fantomas, Mandrake y Superman. Con ellos aprendí decoración, arte, elegancia, ciudadanía y que todo era posible.

También en la banqueta declarábamos la guerra a los países que en la escuela aprendíamos por continentes. Teníamos competencias por ríos, capitales, estados, montañas, todo lo que nos enseñaban. Los estudiábamos con vehemencia, no para las pruebas, como se llamaba antes a los exámenes, sino para ganar entre nosotras.

Observábamos con una lupa el curso de las hormiguitas sabor a coco. Las abejas que llegaban por decenas hacia las pequeñas flores rosas de la enredadera llamada miguelito y que pendía de la malla ciclónica que tenía la barda de la casa. Ahí nos sentábamos también, para ver a lo alto.

La banqueta era el “jon”, -recién me entero que es el “home” del béisbol-, cuando corríamos a los encantados, y el lugar donde tocábamos con el bote al descubrir el escondite de alguien y gritábamos, uno, dos, tres por mí y por todos mis amigos! Ahí mismo, por la noche, nos tendíamos nuevamente a descubrir las estrellas, y estar atentas a una fugaz para pedir un deseo. También por las noches, durante el verano, nos sentábamos en el piso a escuchar a mis padres y mis tíos que sacaban las sillas del comedor para charlar después de la cena. El tema era recurrente año tras año: brujas, fantasmas y tesoros en el rancho, en Cusi o en los caminos. Todas, historias de la época que habían vivido por aquellos lares.

En la banqueta mojada, nos sentábamos descalzas para sentir el correr del agua  en nuestros pies, una vez parada la lluvia, pues bajaba de las calles de arriba y a éstas desde el cerro, con mucha fuerza. Inclusive nadábamos según nosotras. Nos tirábamos a la calle y dejábamos que la corriente nos llevara hasta la esquina.

Ahí mismo, en la banqueta, jugábamos a los yexes y al Basta! Cuando nos compraron aquella enorme caja de cien gises de colores, pintamos paisajes y jugábamos al gato y tantos juegos más.

Ahora me doy cuenta qué importante fue ese espacio para nosotras, mis hermanas y yo. Cómo crecimos, vivimos y aprendimos en ese universo que la banqueta representaba!  Un lugar para mirar y crear al mundo con nuestra imaginación. La banqueta no tenía nada, excepto todas las posibilidades.

 

Rosario Ordoñez Villagrán

TALLER DE ESCRITURA  “Atreviéndose a contar su propia historia”

Tallerista: Alma Montemayor.

Chihuahua

 

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