Red Lectura

Septiembre, 2009

El ángel caído

Continuamos con nuestro Ciclo de Literatura Carcelaria y en esta ocasión te presentamos a Maricela Yescas Rodríguez, quien obtuvo Mención Honorífica en los Premios Demac Penitenciario 2002 y cuyo texto se encuentra en el libro Demac: Bajo Condena. Esperamos que disfrutes de este interesante texto…

EL ÁNGEL CAÍDO

Maricela Yescas Rodríguez

Al escribir mis memorias lo hice en un momento de soledad. Y mis recuerdos, sobre todo las culpas que siento, son como un costal lleno de tierra cargado durante treinta y ocho años. Me dio mucho miedo escribir y para mí fue muy difícil empezar, ya que son recuerdos que me lastiman el alma desde que llegué al Cereso, y cada línea es un llanto por lo que siempre he guardado.

La verdad parece fantasía, y más cuando no hay justicia. Mi único lugar es mi celda, que comparto con mi compañera Virginia Cerón, que a pesar de tener un carácter fuerte, ha sabido comprenderme y yo a ella; tampoco le ha sido fácil estar en este lugar, y ya tiene cinco años tras las rejas.

A mi tía, Carmen Sosa, que a pesar de todo nunca me olvida en sus oraciones, y que cuando puede viaja desde México a Morelia para ver cómo me encuentro, le agradezco.

Doy las gracias también a todas las personas que me apoyaron con mis hijos.

El Ángel caído, así llamo al personaje de la historia.

Nació en el año de 1964, y desde entonces empezó su mala suerte, por eso hubo quien le puso el Ángel caído. Por eso tenemos que empezar desde que la engendraron.

Su madre era una muchacha venida del estado de Veracruz. Trabajaba en una casa, pero conoció a un tipo que le hizo la ronda, y como toda mujer ingenua, se entregó a él sin medir las consecuencias de sus actos. Se embarazó y dio a luz a una niña. Ahí empezó su preocupación, porque tenía que regresar a su pueblo, y ¿qué iba a decir si llegaba con una niña? Ella tenía que regresar como había salido y deshacerse del problema. Y anduvo buscando quién se quedara con la niña, pues a ella le estorbaba.

Después de buscar encontró un matrimonio que no tenía hijos y se la regaló, sin importarle lo que pasara con ella. Simplemente la entregó y se fue muy alegre con las manos vacías, ya que no tenía pendiente de nada. Así nadie le reclamaría al regresar a su pueblo.

El matrimonio que recogió a la niña era muy bueno. La señora la quería mucho y el señor también. Para ellos fue una luz en sus vidas, pues vivían muy solos, aunque la familia de la señora se enojó mucho y le dijo que cómo era posible que se echara esa responsabilidad encima. Pero a ella no le interesó nada de lo que decían, y a pesar de lo mucho que se opusieron, comenzó a criarla.
Estaba fascinada con ella y le dio todo el amor que guardaba; su esposo, a pesar de ser un señor muy serio y que casi nunca reía, se encariñó también.

Desde esos momentos tuvo unos padres que la quisieron mucho y para ella siempre serían sus padres.

El señor era un hombre alto, con un porte muy elegante, siempre vestido de casimir y con un sombrero de esos de antes. También usaba zapatos muy elegantes y muy finos; era el hombre más lindo del mundo y quería mucho a la niña, quien hizo que él riera mucho y jugara con ella. En toda la palabra, la quiso mucho; para él no existía nadie más que su hija, a pesar de tener otros hijos, que ya eran hombres grandes. Y ellos se enojaban mucho con él, pero tampoco eso le importó. Él la adoraba y su mamá también. Era una gran mujer, con un corazón muy grande. Y los tres se encerraron en un círculo donde no había nadie más que ellos: mamá, papá e hija, y nadie podía entrar.

Transcurrieron los días y la llevaron a bautizar, pero como nadie quería a la niña ni saber de ella, sólo estuvieron presentes sus padres adoptivos, el sacerdote que le echó el agua bendita y uno de los hijos del matrimonio, que fue el padrino. Para ellos fue el día más feliz, pues ahora sí era su hija de verdad y nadie podría quitárselas.

Así transcurrieron los años y la niña crecía mucho. Sus padres se sostenían gracias a un taxi. La casa era muy bonita, tenía cuartos de piedra negra, un patio muy grande, muchas flores y pájaros.

Tenían también árboles frutales, y en las tardes salían al jardín de la casa y cortaban muchos chabacanos, duraznos e higos y se sentaban a comer los tres muy contentos. A veces se la pasaban meciéndola en un columpio que le hicieron, mientras su mamá tejía. Le gustaba mucho cocinar y guisaba sabroso.

Y llegó el día en que la niña entró al kinder. Fue algo muy bonito para ellos, pues su pequeña iría a la escuela, y aunque la niña lloraba porque no quería ir, ellos la convencieron. Aún la recuerdo con su vestido blanco, una crinolina muy abombada, moños grandes de listón blanco en dos largas trenzas y unos zapatitos blancos con moñito al frente. Su mamá le decía que así la habían vestido el día de su cumpleaños y cuando la bautizó, porque en lugar de comprarle un pastel, le compraba un vestido o un regalo, y que no quería hacerle fiesta para no tener más gente a su alrededor que no fuera su mamá y su papá.

Y siempre fue así. Estaban todo el tiempo encerrados y nadie más se le acercaba a la niña. Le decían que no querían que le hicieran daño —o le dijeran su procedencia—, ya que todo el mundo la rechazaba, incluyendo a la familia.

Pero toda felicidad tiene un fin. Su papá empezó a estar muy mal, ya que sufría del corazón. Una vez estuvo internado y logró recuperarse, y todo volvió a estar bien.

A él le gustaba comprar billetes de lotería, aunque su esposa le decía que era dinero tirado a la basura. Él no le hacía caso y seguía comprando, hasta que le pegó al famoso gordo y se sacó el premio mayor. Lo invirtió en un camión y dos taxis. Pero por su enfermedad cada día declinaba más. Aún recuerda que en el cuarto de su papá había un reloj de pared muy bonito, y cuando daba la hora, las campanitas sonaban muy fuerte. A la niña le gustaba oír cómo sonaban, para ella era hermoso.
Pasó el tiempo y se agravó más su enfermedad; en 1970 se hospitalizó para nunca volver a casa.
Su esposa lo cuidaba día y noche, y como nadie quería a la niña, las dos lo atendían. Como la clínica era particular, la niña podía estar con su mamá, y juntos vivieron días muy angustiosos. Mientras su mamá bañaba a su papá, la sentaban en un sillón. Cuando le daban de comer, tenía que ser en la boca, porque él ya no podía por sí mismo.

Una mañana su mamá lo bañó, lo rasuró y le dio el desayuno. Luego, cuando le leía su revista, siempre con su niña al lado, de repente la llamó y le dijo unas palabras que jamás olvidaría:
—Cuida mucho a la niña, para que cuando ella sea grande, te cuide a ti. —Y volteándose le pidió—: Ayúdame a levantarme, quiero ver la luz del día.

Ella lo ayudó y caminaron hacia un sillón que estaba en la esquina del cuarto junto a la ventana. Se sentó y les dijo:
—Vengan, siéntense junto a mí —y así lo hicieron.

Él las tomó de la mano y abrazó a su esposa muy fuerte; de repente suspiró y ahí quedó. Él sabía que moriría en esos instantes, y así fue. No murió solo, sino junto a sus seres más queridos.
Ahí empezaron muchas injusticias hacia ellas, porque los hijos de él querían quitarles sus bienes. Pero la mamá se defendía como leona y no lograron quitarle mucho.

Transcurrió el tiempo, y aunque la pérdida del ser más querido fue fatal, lograron superarlo, pues ella vivía sólo para su hija. A ella le gustaba mucho viajar, y para distraerse las dos salían de paseo. Aún las recuerdo cuando se iban a un pueblito, Ajusco, en el Distrito Federal, donde vivía su padrastro. Lo visitaban y tomaban pulque, a su mamá le gustaba mucho, decía que era muy sabroso. Allá tenían una cocinita de humo, y con mucha leña cocían frijolitos de la olla y hacían tortillas de maíz. Siempre tenían un molcajete con mucho chile martajado. Por eso a su mamá le gustaba ir a visitarlos, y era el único lugar donde se divertía mucho junto con su hija, ya que había muchos niños y jugaba con ellos.

Un día, ya tarde, ellas venían del Ajusco muy contentas, pero más su mamá, pues se había echado sus pulques y su niña la venía cuidando. Traían cuatro gallinas, pero como la niña venía ocupada con su mamá, se enojó y agarró dos gallinas y las aventó por las ventanas del camión. Fue lo más chusco que pasó, porque a pesar de ser chiquita, dijo: “O cuido a las gallinas o te cuido a ti”.

Cuando bajaron del camión, se veían muy chistosas, porque al atravesar la avenida, su mamá se iba para allá y para acá; pero muy felices.

También iban mucho a Xochimilco, donde hay muchas flores, canales de agua y un lago muy grande; a las dos les gustaba ir mucho a ese lugar. Compraban nopalitos, queso, tripitas de pollo y tortillas.

¡Ah!, y su litro de pulque. Alquilaban una de esas trajineras y paseaban por todo el lago y comían sus tacos. A la niña le gustaba acostarse en la base de la lancha e ir jugando con el agua, así no se volteaba. Boca arriba siempre iba viendo las nubes. Ya desde entonces era muy fantasiosa.

A veces compraban lo necesario para sus tacos placeros y se metían a una pulquería que estaba cerca. Se sentaban en una banquita y ahí comían. Su mamá pedía un litro de pulque para bajarse el taco y a la niña le compraba un refresco. Cuando terminaban de comer, salían y paseaban por el jardín de Xochimilco mirando todas las flores que había, porque ahí encuentras hasta la flor más rara. Y si no, se divertían con el tren que pasaba por ahí, o sea el trolebús.

Pero todo tiene un final. La noche del 4 de febrero de 1971 jamás la olvidaría. Fue un día muy bonito. Como de costumbre, su mamá fue por ella al colegio y llegaron a su casa muy contentas, comieron juntas y se sentaron en un escaloncito que había en el patio. Mientras su mamá tejía, ella le aventaba pan a los diferentes pájaros que tenían en una jaula grandota. También sacaba una caja de madera muy bonita que olía a cedro, en la que guardaba muchas monedas de oro y varias alhajas (relojes y pulseras). A la niña le gustaba jugar con las monedas y su mamá le decía que eran de ella, que las cuidara, que con ellas nunca le faltaría nada. Y, como jugando, también le mostró toda la casa. Le dijo: “Esta casa es tuya junto con todo lo que hay en ella”. Para entonces, su mamá había vendido la mitad de la casa, ya que decía que era mucha casa para ellas dos, que con lo que tenían no necesitaban más. Esa tarde le explicó todo eso. A lo mejor ya presentía que su muerte llegaría esa noche.

Como siempre, merendaron juntas, platicaron y rieron mucho; su mamá le contaba muchas leyendas e historias, y a la niña le encantaba; así pasaban un buen rato por las noches. Y entre esas pláticas su mamá también le decía que la gente era mala y que siempre buscaban el mal de la persona, “ten cuidado con todos”. Esa noche se lo volvió a repetir. Era una noche muy tranquila, quizá ya la muerte rondaba por ahí. Dormía la niña cuando, de repente, una voz muy tranquila pero a la vez desesperada le decía: “Mi niña, despierta y sóbame el brazo que me está doliendo mucho”. Y la niña, como pudo, le sobó el brazo. Mas su dolor se iba hacia el pecho y crecía más y más. No sabe cuántas horas pasaron. La niña le preguntaba: “¿Qué tienes, qué te está pasando, por qué estás sudando mucho?”

Y su mamá le dijo: “Párate y ve corriendo a hablarle a tu tía. Dile que tengo un dolor en el pecho muy fuerte y no se me quita”.

Y la niña salió a buscarla. Eran las tres de la mañana y fue solita por toda la carretera, con los ojos llenos de lágrimas. Corrió lo más que pudo y pidió ayuda. Gritaba, pero nadie la escuchaba en la madrugada. Hasta que llegó a la puerta de su tía y golpeó con fuerza. La pateó hasta que salió la mentada tía y le dijo: “Salga pronto, venga a mi casa, mi mamá está muy mal, se está muriendo”. Y como pudieron regresaron a su casa, pero ya estaba muy mal; el dolor había llegado al corazón.

Nadie sabía qué hacer.

Entonces la niña volvió a salir de su casa y, corriendo con desesperación, gritaba: “Mi mamá se está muriendo”, sin importarle los perros que salían. Corrió y no supo cómo, pero llegó hasta la casa de su tía Lupe, otra hermana de su mamá, una señora muy buena que siempre la trató bien. Cuando llegó a su casa hizo lo mismo, tocó y pateó la puerta hasta que salió: “¿Qué tienes, hija, por qué estás aquí? Son las tres de la mañana, ¿qué pasa?” Y la niña le dijo: “Mi mamá, mi mamá se está muriendo, venga, corra, vamos a la casa”. Y así llegaron a la casa y dijo: “¡Jesús bendito! Mira nada más, ¿qué tienes hermana?”

Y la niña: “Ayuden a mi madre, se está muriendo, por favor”. Ella se sentía desesperada, se jalaba el pelo, buscaba, gritaba, pero nadie le hacía caso. Mientras, su mamá, con todo y su dolor, les decía a sus hermanas que cuidaran a la niña, que la protegieran. Y su hermana le dijo: “No te preocupes por ella, tú vas a estar bien”, pero eso no era cierto. Y ella insistió: “Se las encargo, es lo único que les pido”. A ella era lo que le preocupaba: la niña, que sentada a su lado le tomaba la mano y le decía: “No digas eso, mami. Te vas a componer; si dices eso, me voy a espantar mucho”.

Y su mamá nada más le acariciaba su pelo. De repente dijeron: “Vamos a llevarla al hospital”. Y salieron con ella en brazos. Todos salieron, unos al hospital y otros a sus casas. Pero antes de que saliera su mamá, la niña le pidió: “No tardes, mami. Te espero a desayunar”. “Sí —le contestó—, espérame. Mientras, pórtate bien”. Y la niña dijo: “Está bien”.

Y cuando todos se fueron ni siquiera la voltearon a ver. Al quedar solita, se sentó en el escalón, y con los ojos llenos de lágrimas veía cómo iba amaneciendo. La luz del otro día llegó. Y ella seguía sentadita ahí, casi entumida de frío. A las nueve de la mañana llegó su tía Lupita.
—¿Has estado aquí tú sola?
—Sí, estoy esperando a mi mamá para desayunar juntas.
—Pero, niña, mira cómo estás. Ven, vamos a desayunar a la casa.

Y la niña, con los ojos llenos de lágrimas dijo:
—No, aquí espero a mi mamá.
—Ven, ponte un suéter —le dijo su tía.

Y levantando su carita la niña dijo:
—No, no tengo frío.
—Vamos a la casa, y cuando llegue tu mamá, te traigo. Ándale, sé obediente y buena niña.

Y se fueron a la casa de su tía y le dio un vaso de leche y un pan, pero no se lo comió. Su tía le decía: “No te preocupes, tu mamá se va a poner bien, pronto regresará”. Pero ese pronto nunca llegó.
Ya era el 5 de febrero y dieron la una de la tarde. Llegó la hija de otra de sus tías y le dijo a su tía Lupe:
—Vengo por la niña, me la voy a llevar.
—¿Por qué?, ¿qué pasa?, ¿cómo está mi hermana?
—No pasa nada, por eso me llevo a la niña.
—Si es así, llévatela, nada más te encargo que la cuides mucho.
—Sí, está bien —tomó la mano de la niña y le dijo—: Vamos.

Y como la niña no era de su agrado, ese fue el momento para descargar su coraje con ella, porque sin la más mínima compasión le dijo:
—¿Sabes algo?

La niña contestó que no sabía nada.
—Hace una hora que tu mamá murió por tu culpa y te has quedado como perro, sin que nadie te quiera.

La niña no habló; se quedó muda al escucharla y siguieron caminando hasta llegar a su casa. Cuando entró, se quedó parada y dijo:
—¿Qué pasa aquí?

Su casa estaba volteada al revés y le habían sacado todo, se habían robado todo. Todo fue en minutos, horas, no sabe cómo, pero su madre todavía estaba tendida.

¿Cómo era posible que pasara eso, que no esperaran, ya que su propia hermana había robado todo?

Lo peor vino cuando entró en la casa de su tía, donde su madre estaba tendida. Al entrar, porque entró sola, la gente que estaba ahí volteaba y se le quedaba viendo. Vio una caja gris, cuatro cirios y muchas flores; volteó, se tumbó de rodillas y lloró mucho. Se levantó, y como no alcanzaba a verla, jaló una silla. Al verla se quedó muda, perdió la noción del tiempo y no lloró más. Así se pasó buen rato, hasta que alguien la tomó de la mano, si no, ese día ella se pierde; no entendía lo que pasaba.

En unas cuantas horas vio cómo discutían por ella y sobre quién se iba a hacer cargo. Casi se pelean, ya que nadie la quería. Además, todos tenían hijos y una boca más no cabía en sus casas.

Pero cuándo se habló de lo que se haría con la casa, ya que tenía que rentarse para el sostén de la niña, y se dijo que el que cuidara a la niña se haría cargo de la casa, de la renta y de todo lo que quedó de herencia —ya que sabían que tenían sus ahorritos—, entonces sí, todo mundo quería cuidarla.

Al final, quedó con la peor tía y ahí empezó su calvario y su tormento, su mala suerte, ya que todos la golpeaban mucho. Empezaron por castigarla sacándola en las noches al patio. Y después de haber andado muy arreglada y peinadita, ahora parecía pordiosera. Y cuando comían, le apartaban su plato, su cuchara y su vaso. Y si se portaba mal, le aventaban su plato al lado, y como tenían marranos, hasta allá iba a dar su plato. Y tenía que recogerlo, lavarlo y comer ahí. Era un plato amarillo de peltre. Y si no se apuraba a hacer las cosas, le pegaban con un palo, de esos que les dicen mulitas.

Pero eso era lo de menos. Según ellos, no tenían dónde dormirla, y la acostaban en los pies de la cama donde dormía su tía y su tío, que era un viejo horrible, asqueroso, que todas las noches le metía la mano en sus partes íntimas y eso la espantaba. El maldito viejo le preguntaba si le gustaba, y aunque ella decía que no, que no quería que la tocara, él no entendía. Ella a veces ni dormía, nada más de pensar que iba a meterle sus asquerosas manos.

Y le dijo a su tía, y su tía le contestó: “No digas eso porque no es cierto. Tú estás loca, y si hablas de eso, ya verás cómo te va”. Por eso, a veces, prefería hacerles algo para que la sacaran al patio. Era algo horrible, algo que jamás pudo explicar por qué le pasaba, si eso era sucio y feo. Pero nadie la entendía.

Además, tenía que bañar a una muchacha, hija de su tía, que estaba mal de sus facultades mentales. Su nombre era Amada. También a ella la golpeaban mucho porque se hacía del baño en los pantalones. Y aún así, no le tenían compasión, ya que duraban días sin bañarla. Ella no podía sola, tenían que ayudarla. Cuando menstruaba era peor, porque le pegaban más feo y ponían a la niña a bañarla. A ella le costaba mucho trabajo, ya que no la alcanzaba y tenía que subirse a una silla para tallarle la cabeza; y si estaba hecha del baño, tenía que limpiarla.

Después se volvió costumbre, ya que cuando la bañaba, le platicaba lo que le pasaba y lloraba con ella. Sería por eso que ya no le daba asco bañarla; al contrario, hablaba con ella. También le tocaron golpes por defenderla, ya que sentía feo al verla sucia, aunque andaban casi iguales, con la diferencia de que la niña no se hacía del baño. Y también le aventaban la comida. Quizá por lo mismo se identificaban y se abrazaba con Amada; ella no hablaba, sólo gritaba y se reían mucho cuando estaban solitas.

El maldito tío también se pasaba de listo con Amada; veía cómo salía de su cuarto y Amada nada más lloraba. Eso para ella era como estar en un infierno, con temor de que se le acercara porque sentía que el tío le haría lo mismo. Y no podía decir nada, y si lo hacía la acusaban de loca.

A ellos también les gustaba el pulque y diario la mandaban con dos garrafones a la pulquería. Para comprarlo se metía al departamento de mujeres, y como no alcanzaba, tenía que subirse a una banca que allí había. Y le gustaba ir a la hora del almuerzo, porque los señores la mandaban a comprar las tortillas y le daban un taco y un vasito del curado. Los señores ya la conocían bien y la respetaban. Cuando acababan de despacharla, salía con sus jarras llenas de pulque y le decían: “Con mucho cuidado y cuídese, no faltará quien se pase de listo”. Y sí, tenía que cuidarse de todo eso.

Era algo horrible, vivía con ese miedo siempre. Un miedo que no sabía cómo expresar. Su tía le pegaba muy feo, le daba de comer en el suelo. Pero como le gustaba trabajar, no faltaba quién le regalara un atole con su tamal o un taco si le tiraba la basura.

Un día, una señora le dijo que hablaría al IMAN, que era un albergue para niñas. Pero a la niña le dio miedo, ya que le decían que era lo peor y nunca quiso; a lo mejor eso hubiera sido bueno para ella, porque en la casa le hacían muchas cosas.

Otro día, los primos más grandes la bañaron de cal, completita, y la sacaron a la calle para exhibirla. La gente que pasaba se reía de ella, mientras ella lloraba por la humillación.

Los domingos, a veces, se iba al panteón a acarrear agua, cubeteaba, y así se ganaba su dinerito; pero cuando llegaba a casa de su tía, se ganaba una paliza, pero paliza en serio; hasta su brazo le sangró, ya que le aventaron las tijeras y le quedó una cicatriz en la mano.

Su maestra en la escuela la quería mucho, pero como todos, nada más le decía: “Si pudiera, te ayudaba”.

Hasta que un día le dieron una paliza tan, tan grande, que casi no podía pararse. Pero lo logró. ¿Cómo le hizo? No sé. Pero se paró y, como en las películas, se brincó la barda y corrió. Corrió tanto que parecía que volaba, ya que iban tras ella. Sentía que la alcanzaban, y no volteaba hacia atrás, porque si lo hacía, no tendría el valor de seguir corriendo y salir de esa casa donde encontró malos tratos y humillaciones.

Cuando llegó a la casa de su tía Lupe —que era la única que la quería—, entró corriendo y le dijo:
—Abrázame muy duro y no me dejes, porque me escapé de casa de tu hermana y me vienen siguiendo para seguir pegándome. Cierra la puerta, no dejes que entren —la niña estaba desesperada.

—Mira nada más cómo vienes. ¿Por qué te pegó así?

Y ella no contestaba, sólo la abrazaba.
—No me dejes, si me llevan a su casa, me irá peor —y la niña se le hincaba—. No me dejes.

Su tía salió a la calle y se armó de valor, ya que la hermana estaba afuera con un palo.
—Entrégame a la chiquilla porque ahorita le voy a partir su madre.
—Ay, hermana, no puedes pegarle a la niña. Si te echaste la responsabilidad de cuidarla, no debes pegarle tan feo. Vete a tu casa sola, la niña no regresa contigo. Y hazle como quieras, no te la voy a dar.

A la otra vieja no le quedó más remedio que irse y su odio creció más hacia la niña. No perdía oportunidad de mandar a sus nietos para que le pegaran. Pero para ella no había más que su tía Lupe, que aunque también tenía una familia muy grande, y una hija viuda con ocho hijos a los que tenía que mantener, la aceptó:
—Donde comen ocho, comen nueve, aunque sea frijoles.

Ella se mantenía lavando ropa ajena, y lo poco que le pagaban era nada más para comer. Le regalaban ropa usada, hasta zapatos. Los lunes les gustaba bajar a la parada del camión porque pasaban a La Luna, que era una panadería grande y comían de ese pan.

Como a ella también le gustaba cooperar, las vecinas la ocupaban para lavar trastes, el patio o hacer mandados, y lo que le pagaban se lo daba a su tía. Con sus primos se iban a las casas ricas a tirar basura y les regalaban comida, ¡y qué comida!

En tiempos de lluvias se iban al cerro a comer nopales y hacían unas cazuelas grandes de nopales con chilito. ¡Qué comidas daban! Pero cuando no había qué comer, las muchachas grandes hacían tacos de tortillas duras con frijoles y eso era todo.

Pero también tenía que pasar tragos amargos y humillaciones. Cuando le daban ropa a su tía, nada más la repartía entre sus hijos. Ella no decía nada, simplemente observaba: “Al menos estoy mejor aquí, no me golpean y juego con los niños”.

Pero siempre estaba ese maldito recuerdo, ya que en la casa anterior su tío abusaba de ella cuando llegaba borracho, y nadie más lo sabía. Sólo su amiga imaginaria con la que siempre platicaba; por eso le decían que estaba loca. A su corta edad, ella ya odiaba a la gente; más todavía a ese hombre, al que no puede olvidar, y que se metió cuando ella se estaba bañando para tocarla. Ella parecía pajarito espantado y nada más lloraba. Por eso, cuando se lo encontraba, se escondía de él. Pero como luego se ponían a jugar en la calle, se le olvidaba un poco, porque no todo mundo la rechazaba. Había quien le regalaba un dulce o un pan.

Un día, la señora con quien trabajaba la encontró hablando sola y le dijo:
—¿Con quién platicas?
—Con una amiga.

La señora nada más movió su cabeza y le dijo:
—Salúdamela.

Y desde esa edad —entre los siete y los diez años—, se enseñó a soportar todo. Y no faltaba quién quisiera pasarse de listo con ella, pero ella estaba a la defensiva, sus primos la enseñaron a pelear.

Casi, casi, se criaban en la calle, ya que su tía trabajaba todo el día; y su otra tía, Lupita, ya estaba muy viejita y no los cuidaba. Cuando podía, se escapaba a la pulcata, o sea la pulquería, para que le regalaran un vaso de curado y un taco. Iba a escondidas, porque su tía la regañaba por irse a meter a esos lugares, pero a ella no le daba miedo. El señor que le daba el taco era un viejito buena gente que le decía: “Anda, Mary, come pronto para que te salgas y te vayas a tu casa”. Y no olvidaba que tenía que lavar una tina de trastes, y que si rompía un vaso, la regañaban feo y la insultaban, pero ya estaba curtida. Un día se le rompió la tapa del baño y se cortó en la mano; le quedó una cicatriz. Pero ya estaba acostumbrada a eso y más.

Ya empezaba a tener suerte, pues su maestra Chuy, a la cual no olvidará, era la única que le daba abrazos y dinero para comprar su desayuno, que en ese entonces vendían en la escuela y costaba veinte centavos.

En su salón conoció a Arturo, un niño que tampoco tenía papás y vivía con un tío que tenía vacas. Cuando Arturo no alcanzaba a bañarse, llegaba oliendo a estiércol, y todos los niños le hacían burla.

Ella se peleaba a trancazos y lo defendía. Y él siempre le decía:
—Cuando sea grande, voy a venir por ti para estar contigo, porque voy a estudiar y a salir adelante, y luego vengo por ti.

Porque según él, se iba a escapar, ya que su tío le pegaba mucho y muy feo. En fin, eran niños y él se quejaba y lloraba mucho, ya que ella lo entendía. Y cuando salían a recreo, él le compraba un bolillo con un chile curado y eso comían.

Cuando llegaban las posadas en diciembre, ella se colaba a las casas a comer muchos dulces y fruta, y a ver cómo rompían la piñata, ya que nunca tuvo suerte para que le vendaran los ojos y ser ella la que le pegara; se conformaba con ver. Tenía la costumbre de ponerse en un rincón y mirar desde ahí.

A pesar de que vivía entre ocho chiquillos, siempre andaba sola, y hacía sus travesuras sola. Cuando veía a un borracho tirado, o sea dormido, ella le sacaba el dinero y con eso compraba bolillos calientitos para compartir con sus primos. Eso a ella le daba mucho gusto, ya que así sentía que cooperaba para la comida. Pero aun así le hacían feos y ella no decía nada, nomás escuchaba y se quedaba callada. Nunca les decía nada. Pero fue guardando su coraje, aunque nada más se le iba en reír, y con todo y sus defectos, y el maltrato ya no tan notorio, ella estaba bien.

De repente apareció su tía Carmen y le dijo a su tía Lupe que un señor andaba peleando la casa, y que el señor tenía derecho porque no había nadie; que ella lo escuchó en una junta y que alguien tenía que ir a ver. Como nadie hizo caso, ella empezó a ver el asunto, y le dijeron que para tener derecho tenía que vivir ahí. Era como adoptarla, y así fue a vivir con ellos.

Para ella fue muy difícil, ya que estaba acostumbrada a andar en la calle. Cuando llegó a esa casa, parecía un pajarito encerrado, pues ellos vivían de manera muy diferente. La veían como bicho raro, y a ella le daba risa, pero no le iba tan mal. Lo que sí, es que tuvo que batallar con personas muy difíciles, ya que eran de carácter muy duro. Ahí aprendió a llevar una vida de casa con olor a hogar.
Pero también le fue un poco mal, ya que todo lo que hacía les parecía mal, y un día les dijo groserías a sus primos. Se le quedaron viendo como espantados y a ella le daba risa. Eran como de su edad, tres niños y una niña de la edad de ella, pero siempre, como no queriendo, le cargaban la mano.
A ella le daba igual y siempre la regañaban. Se acuerda de que siempre la mandaban por la leche a la Conasupo y la paraban a las cinco de la mañana. Y con miedo o no, se iba caminando solita. Pero se acostumbró, y gracias a Dios nunca le pasó nada. Le daba coraje porque su tía no paraba a su hija, pero ni así la agarró contra ella, la quería mucho, y más desde un día en que su tía la regañó bien feo. Ella lloraba mucho porque en verdad sufría.

Entonces conoció a su primer novio, Juan, que la quería mucho pero era más grande que ella. Un día, en la casa de su tía se perdió una navaja y creían que ella la había agarrado. Le hicieron un escándalo y dijeron que ella la tenía. La regañaron muy feo y lloró mucho. Le dijo a su prima que se iba a fugar con Juan. Su prima —que iba a clase de belleza— se espantó mucho y le dijo que no hiciera eso. Pero ella estaba desesperada porque no era libre de bañarse, porque siempre la estaban espiando y la acosaban sexualmente. Ya estaba fastidiada, y el día que dijo que la espiaban, no le creyeron. Para ellos era siempre la loca, la que habla sola, la que siempre agarra las cosas. Ella tenía catorce años y ya quería irse de ahí, ya no quería estar en esa casa. Pero no se fue con Juan, porque su tía Carmen siempre le decía que se cuidara mucho y no quería defraudarla; por ella se detuvo de hacer muchas cosas, porque a pesar de todo no quería defraudarla, tenía mucho que agradecerle.

Su odio y su coraje hacia todo mundo aumentó más, ya estaba traumada. A veces, para bañarse, ponía a su primo a cuidar la puerta y sólo así se bañaba tranquila. Eso era algo feo de soportar.

Y así aguantó buen tiempo, y trataba de estar bien aunque no lo estaba. Se fue con ellos porque quería salvar su casa. Pero de todo pasó. La casa se salvó, pero su tío se la vendió a un amigo, y cuando recibió el dinero dijo que iba a ocuparlo para comprar una Combi que le vendían, que necesitaba completar lo que pedían, ya que era una oportunidad. Y se la vendió a su amigo Juan, y ella no supo más. Y como no tenía voz ni voto, ahí quedó todo. Nadie dijo nada; ni ella, porque tenía miedo de tocar el tema.

También pasaron cosas chuscas. Un día su prima tenía que ver a su novio y no les daban permiso.

Entonces fingió que le dolía una muela y salieron las dos. Se vieron con el novio y fueron a Portales, donde había una Clínica Prensa y le sacaron la muela. Ya de regreso, la prima iba muy contenta con el novio, mientras a la otra le dolía la quijada. Eso jamás se le olvidará.

Conoció a otro muchacho, cuñado de su prima, que le hizo la ronda. Era un buen joven, de buena familia, centrada y estricta, y se hicieron novios. Un día, su tía le preguntó si quería irse a Los Ángeles, California, a cuidar a la abuelita. Le contestó que sí. Y así fue a dar hasta allá.

Cuidaba a la señora, que era una viejita, y la bañaba, le cambiaba el pañal y le daba de comer. Ese tiempo estuvo muy bien, ya que su tía —así le decía a la hermana de su tía— la trataba muy bien, y su esposo era un buen hombre. También tenían una hija a la cual cuidaba. Pero el gusto le duró poco, ya que tuvo que regresar a México. No quería, pero debió hacerlo.

Cuando llegó, se dio cuenta de que el muchacho que había sido su novio la estaba esperando, y no lo pensó más. Cuando él le propuso matrimonio, ella dijo que sí.

Qué más quería, era el hombre indicado, muy serio, muy trabajador y sin ningún vicio. Ella pensó: “Voy a tener una familia donde con el tiempo seré la mamá, y voy a querer y amar a mi esposo”. Y se casó con él.

Pero no todo salió bien, porque él era un hombre muy tímido y muy seco, y nunca dejó de ser hijo de familia. El amor que ella buscaba, el apapacho del “te quiero” o del “te amo”, nunca llegó. Y quizá ya estaba acostumbrada, pero a solas lloraba. Cuando nació su primer bebé, que fue una niña, la perdió. Ella se volvía loca. ¿Por qué le pasaba eso a ella? Le afectó tanto, que fue a dar al psiquiátrico. Sentía que ya era mucho lo que le pasaba, pero logró superarlo cuando compró a su segundo hijo. Fue un varoncito. Ella sentía que lo tenía todo, y que su hijo era todo para ella. Pero su esposo nunca cambió; además de que nunca fue aceptada por la familia de él, siempre la rechazaron. Él se la pasaba en casa de sus papás, y ella sola con su niño.

Luego vino otro bebé, que fue una niña muy bonita. Con dos niños ella se sentía realizada y ni caso hacía de su marido. Si se le acercaba o no, ya le daba igual. Ya tenía a sus dos pequeños. Y vino el tercero, que también fue una niña, y ya eran tres, a los cuales les dedicó todo su tiempo.

Pero no era tan expresiva, ya que se sentía un poco fría, aunque siempre trató de ser amorosa y lo fue. Su esposo abrió una canchita de futbol y de eso se mantenían, ya que trató de salir de la casa de su mamá.

Pero su esposa se puso mal y tuvieron que hospitalizarla y operarla. De ahí se vinieron muchos gastos, muchas bajas económicas. Ella se recuperó de la operación y siguieron trabajando, pero como los gastos fueron muchos y él no se animaba a buscar trabajo —ya que, como siempre, estaba muy allegado a su mamá—, ella, al no ver acción, un día se fue con una señora a Puerto Vallarta a trabajar sola. Y se puso a vender tacos, y vendía muy bien. Pero también lo hizo para ver si su marido la seguía, pero no; mejor regresó por sus niños y volvió a lo mismo.

A veces había dinero y otras no, pues como abrieron otra cancha de futbol, con tantito que la descuidó ya no tuvo clientes.

Un día, él solito decidió irse a Estados Unidos. Ella le decía: “¿Estás seguro?”, y contestó que sí. Ella estuvo de acuerdo. Pero a quien no le pareció fue a su familia, que se molestó.

Su esposa nada más pensó: “Con que no te pase nada, todo está bien”. Y antes de irse, ella se preparaba para la despedida, pero la despedida nunca llegó. El día que él se fue, nada más se dieron un beso en la frente, como amigos. Ella pensó: “Eso quiere decir hasta nunca”. Cuando estuvo sola en su casa lloró mucho, y volvió a sentir la soledad. De por sí, la soledad siempre flotaba en su casa. Ahora se plantaba ahí.

Y así transcurrió el tiempo. Él le mandaba dinero para irla pasando, pero tocó la mala suerte de que se enfermara de gravedad y no pudo seguir haciéndolo. Sus suegros nunca le tendieron la mano. Un día ella le pidió a su suegro que le prestara cien pesos, que cuando su hijo le mandara, ella se los pagaría. Dijo que no tenía dinero. Entonces le pidió que le regalara unos bolillos y frijoles. “Manda a tu chiquillo para dárselos”. Ella pensó que cómo era posible lo que pasaba, y miró hacia el cielo: “Del cielo no me va a caer nada, tengo que salir a trabajar”.

Y así lo hizo. Consiguió un empleo en una tienda de telas. Ganaba poco, pero ahí la llevaba. Tenía una amiga, Lourdes, y ella le dio empleo en su dulcería. Después se hizo agente de ventas. Todo iba muy bien, pero empezó a trabajar mucho y se olvidó de lo principal: sus hijos. Se metió tanto al trabajo, que todo el día no estaba en su casa, y para acabarla, a su hija menor le dio parálisis facial. Eso fue lo peor, ya que su niña sufría mucho. Ella hizo todo lo posible para curarla y nada más decía: “Cómo es posible que pase todo esto. ¿Por qué mi hija está sufriendo, por qué no me pasó a mí? La vida ya me ha castigado mucho, y ahora más con mi hija”.

La niña mejoró, pero muy poco. Quedó mal de su carita, y como necesitaba más dinero —pues le dijeron que con una cirugía se componía—, siguió trabajando, pero con más coraje. Y menos estaba con los niños.

Un día encontró una carta que sus niños habían escrito: “Mamá, te necesitamos. Queremos que estés con nosotros”. Sintió que el mundo se le venía encima y se dijo: “¿Qué estoy haciendo con mis hijos? Esto no puede continuar así. Si para mí lo más importante son mis hijos, no voy a perderlos”.
Entonces decidió vender comida, así estaría más tiempo con ellos y podría llevar a la niña con calma a las terapias. Y así lo hizo.

Juntó lo poquito que tenía y lo invirtió. Pero de ahí vinieron sus errores otra vez. Primero puso la fonda sobre la carretera, ya que ahí se paraban los coches. Un día llegó un señor, de esos que van de paso, y le ofreció pastillas.
—¿Sabes para qué es esto?
—Sí, antes las tomaba para bajar de peso.
—Yo te las vendo sin receta.

Y a ella se le hizo fácil comprar para su consumo, ya que siempre había sido gorda y con ésas bajaba de peso.

Para su mala suerte, hubo una redada, pues adelante había unos cafés que trabajaban de noche.

Ese día a ella se le ocurrió hacer limpieza, y como a las nueve de la noche llegaron de repente cuatro camionetas con judiciales estatales y les dijeron que subieran las manos arriba, que era una revisión.

Empezaron a inspeccionar, y como no encontraron nada, el judicial empezó a gritar:
—¡Saca lo que tengas!
—No tengo nada, ¿qué quiere que saque, si ya revisó todo.

Y el judicial dijo:
—Llévate a la muchacha (una que estaba lavando los trastes).

Y la metieron al baño y la revisaron y no le hallaron nada. Pero eso hizo enojar más al judicial y mientras todos buscaban, otros apuntaban con sus rifles. Eso fue horrible.
—Mira, perra, saca lo que tienes, porque si yo lo saco, vas a ver cómo te va a ir.
—Pues, ¿qué busca?
—No te hagas pendeja.

Pero ella estaba bien espantada, y la otra muchacha le dijo:
—Señora, déle sus pastillas.
—¿Cuáles?
—¿Las que trae en la bolsa de la chamarra.

Las saqué y le dije:
—Éstas son mías.
—Saca todas las que tengas.
—Es todo —eran quince pastillas de Axenix—. Las ocupo para bajar de peso.
—Sí, ¿y cuál dedo quieres que me chupe?
—En verdad…

Y entonces la agarró del pelo, la sacó y le dijo:
—¿No que no tenías?

Cuando subieron al carro, ya venían más personas. Desde ahí empezó otra vez su mala suerte.

Tenía miedo. Nunca, ni de chiste, había tenido que ver con la ley. Y a ella y a los que agarraron, les dieron un trato peor que a matones. Como eran cinco mujeres y dos hombres, a ellas las metieron a un cuartito chiquito donde estuvieron paradas toda una noche. Al otro día, las acostaron en el suelo esposadas mano con mano, y dos policías encapuchados las cuidaron toda la noche.

Ella nomás pensaba: “¿Que nos irán a hacer? ¿Por qué estamos atadas así?” Y seguía pensando: “A la gente que debían tratar así, no lo hacen, ¿por qué a mí sí?” No habían matado a nadie y los traían exhibiendo para arriba y para abajo. Cada vez que los sacaban, prendían las sirenas, como si llevaran gente peligrosa. Así los trajeron tres días, hasta que les tomaron declaración. Ella sentía que era un sueño y no la realidad.

Cuando le tocó declarar a ella, estaba muy espantada. Junto estaba un abogado que no supo de dónde salió, pero que la iba a apoyar cuando empezó a preguntar el secretario. El licenciado dijo:
—Un momento, si ella quiere le contesta, y si no, no.

Entonces el de la máquina dijo:
—Usted se calla.

Y el otro:
—No, no me callo.

Y que empiezan a discutir, y ella a espantarse más. Y como siempre se ha dicho que los judiciales golpeaban, ella tenía mucho miedo. Entonces dijo:
—Está bien, pregunte todo lo que quiera.

Y el licenciado:
—Espérese tantito.
—No, qué no ve cómo ya están enojados.

Y cuando le preguntaron si vendía pastillas, contestó:
—No, son para mi uso personal.
—No te hagas, sí las vendías y a ocho pesos.

Ella dijo que no. Se quedó callada un rato y, como en una película, pasó por su mente el día que los judiciales golpearon a unos primos. Pensó: “Me va a pasar lo mismo”, y dijo:
—Sí, vendí dos pastillas a un señor trailero.

El licenciado nada más la miró, movió la cabeza y dijo:
—Tú solita te echaste la cuerda al cuello.
—No, señor, ¿sabe?, no hay justicia, y uno nunca va a poder con ellos.

A pesar de que ella decía que no, ellos decían que sí. Y así dio su declaración. Ella decía que tenía una fonda; ellos, que tenía un café. Y así, uno nunca les gana. En esos momentos ella pensaba en sus hijos, qué les iba a decir. Solitos en la casa, sin saber de ella. Hasta que le avisaron a su tía que viniera, ya que ella estaba detenida.

Su tía llegó a recoger a los niños, mientras ella estaba ahí. Y cuando la pasaron con los judiciales, también estaban los federales, y ella nada más oía lo que decían unos de los otros. Entre ellos hay competencia, y echan carreras para ver quién agarra más gente o qué les van a hacer. Es cierto, no hay justicia. La justicia es para los ricos; para el pobre, ¡toda la ley sobre él!

Cuando la trasladaron al Cereso Mil Cumbres fue horrible. Ella nada más decía: “¿Qué más falta, Dios mío, todavía hay más, o es todo? ¿Por qué esta maldita mala suerte? Me quitas todo lo mío”.

Ella pensaba en sus hijos más que en nadie. Era lo que más le dolía. Qué cara les iba a dar al llegar al Cereso. Para ella era algo ilógico, pero tenía que aceptarlo. Cuando ingresó eran las cinco de la madrugada, y para llevarla a la celda tuvieron que subir unas escaleras; ella subía y subía y pensaba que no tenían fin.

Eso fue lo peor. El llanto no se le terminaba y veía las rejas. Decía: “No, esto es un sueño. Despiértenme”, pero la realidad era que no era un sueño. Era su verdad”.

Al entrar a la celda, cerraron la reja. Se sentó en la bardita y se quedó llorando en silencio. Las chicas con las que llegó a vivir estaban dormidas, y ella tenía un miedo, un terror y un pavor, que no sabía ni qué. Sentía que la iban a matar, a golpear. Eso fue lo peor.

Dentro de todo, le tocaron dos hermanas que la trataron muy bien. Una de ellas le decía: “Tú, tranquila, aquí no pasa nada. Ten una almohada”. Y al otro día le dio un jabón y unos calzones nuevos: “Ven, vamos a bañarnos y no tengas miedo”. Desde entonces vive con ellas; tienen un carácter fuerte y en vez de hablar casi gritan, pero no pasa de ahí.

Su proceso siguió y ella no sabía ni qué. El licenciado que llevó su caso nada más le decía:
—Ya mero, ya mero sale.

Y ella:
—Es que en verdad nunca vendí nada.

Pero como todo licenciado, nada más la negaba. Un día la llamaron a los locutorios y la sentenciaron a cinco años de prisión. Ese día, en ese momento, gritó, renegó y lloró. No era posible lo que le pasaba a ella. ¿Qué iba a ser de sus hijos? Los iba a perder. No tenía más remedio que hablar con su marido y decirle lo que había pasado, y que regresara, aunque pensaba que nunca lo haría, pues tenía ya cinco años en el Norte.

Pero sí regresó y recogió a sus niños, que lloraban mucho por ella. Ella decía: “Quisiera tragarme sus lágrimas; ellos no tienen la culpa de esto”. Y sus remordimientos se hicieron más, y también su culpa por haberlos descuidado. Qué caros se pagan los errores. Para ella, eso era lo peor.

Lo más admirable fue que su esposo regresó, y no cualquier hombre regresa, y menos en esta situación. Ella piensa que él es un hombre que no se merecía esto, y que ella no lo merecía a él.

Él le dijo: “Aquí estoy y no me voy a ir. Te voy a apoyar en todo”, ya que a ella nadie la visitaba. Tardó un año para que él viniera, pero regresó. Ahora sólo le quedaba esperar, pero creció más su coraje con la vida, con la gente.

Un día le dijeron que la gente con la que ella vivió cuando era chiquita, había muerto muy feo. Ella nada más dijo: “Que Dios los perdone, porque yo no soy nadie para perdonar”.

Allí la soledad es muy fea. En ese lugar se conoce gente de diferentes modos. Para no tener problemas, tiene que decir sí, si le dicen sí; y si le dicen no, es no. Siempre hay que darle por su lado a la gente y saber soportarla. A veces dicen que la persona es tonta. Pero no, sólo de esa manera nunca vas a tener problemas. Rara es la persona que escucha. Cada quien tiene su mundo. Ella a veces platica con una compañera, Carmen, pero cuando está muy mal, sube con la doctora Gloria y la enfermera Salud, ella la escucha. Ella la ha visto llorar al contarle sus problemas. Su pena más grande son sus hijos. A pesar de que trabaja todo el día, a la hora de dormir es su dolor más grande.

Piensa: “¿Qué estarán haciendo mis chiquillos?” Un día llegó su hijo, el más grande, y le dijo:
—Mamá…
—¿Qué tienes, hijo?
—Nada —y de repente empezó a llorar y llorar.
—¿Qué tienes?
—No sé —y su mamá lloraba también—. Me siento solo, muy solo.

En ese momento sentía horrible; si hubiese podido, se hubiera tragado las lágrimas de su hijo. Fue una gran desesperación la que le dio en esos momentos.
—No es justo esto —pensaba, y a su hijo—: No te desesperes, ten calma y no vayas a cometer un error del cual te arrepientas toda tu vida. Mira que aquí hay mucha jovencita que viene de robar y por droga. Por favor, ten calma, ya que para mí no ha sido fácil tener que aguantar. A veces quisiera encerrarme y no hablar con nadie, pero eso es imposible. Aquí hay gente que te ve hacia abajo o que quiere mandarte; nada más hay que sobrellevarla. Aquí hay gente que entra y sale como si nada.

Ella piensa, cómo es posible. Unos mueren por estar afuera y ellos entran y salen. Aquí algunas mujeres se distraen haciendo señas a los del área varonil. Ellas con eso se entretienen. También se enamoran y llegan hasta a casarse con ellos. Y para ellos es lo mismo. Se mandan besos y abrazos, y se platican con puras señas. Llegan a hacerse hasta el amor con señas. Pero señas bonitas, no groseras.

También aquí conoció el lesbianismo, y no es para espantarse, porque en verdad se necesita un cariño, un apapacho, un abrazo. Ahí la soledad es cañona.

También conoció a Mamá Chica, una señora grande que no sabe cuánto lleva encerrada, pero que dice que reza para que todas se vayan. Que ella ya está vieja, y que cuando salga, no sabrá a dónde ir. Todas se acercan a ella y le dicen Mamá Chica.

En ese lugar, en verdad hay soledad, tristezas y olvidos, y paga uno sus culpas y errores; también hay injusticias.

Por eso soy el Ángel caído, y quién sabe que más me falte todavía, ya que el amor pasó y voló de mi mano. O quizá no lo vi o no supe buscarlo. Pero tengo el tesoro más grande, mis hijos: Hugo, Kati y Brianda, y un esposo que me ha apoyado. Voy a recuperarlo, porque él es un buen hombre, aunque hay cosas que nunca se me olvidarán, pues los recuerdos me acosan, por más que quiero olvidarlos es imposible; es como un fantasma que te sigue y no puedes quitarte.

Aquí en la cárcel una compañera me dijo: “Lo que pasa es que estás peleada con la vida”. Y quizás es cierto. Para mí no es tan fácil olvidar una violación, el maltrato verbal, el gritarme que por mi culpa había muerto mi madre. Siendo una niña, no comprendía todo eso, ni las amenazas. Crecí siempre con miedo y eso es algo horrible. Era tanto mi miedo de que alguien se me acercara, que de todo mundo desconfiaba. Quizás estoy pagando mis errores, pero lo que más me duele es mi hija, que no acepta que esté en este lugar. Le da vergüenza venir a verme y está sufriendo. Eso duele, y duele mucho. Quizás algún día ella me entienda y me perdone.

Mi terror más grande es que alguien les haga daño, eso no me lo perdonaría jamás.

Le doy gracias a Dios de que este Cereso sea tranquilo y no pase de vivir entre chismes. Tal vez aquí la gente te lo hace más pesado, pero ni modo. Ya estoy aquí, y que sea lo que Dios diga. Mientras, estoy trabajando y echándole los kilos.

Ésta es mi historia hasta ahora. No sé qué pase más adelante. Aquí se dice que si la cárcel no te sienta, quiere decir que algo más te espera afuera. Y eso me da más miedo. Pero tengo que seguir adelante y no mirar atrás.

Centro de Readaptación Social Lic. David Franco Rodríguez
Morelia, Michoacán