Es una palabra tan corta y con un significado tan grande. Es el nombre de mi abuelita, una mujer con carácter fuerte, muy inteligente, buena administradora, aprendió a luchar desde muy niña siendo la cuarta de once hijos; trabajar era la salida a sus problemas, al ser independiente ella tenía esperanzas de vivir, amar y así, a sus quince años conoció a una persona que le cambió la vida, un hombre que no buscaba sólo pasar el rato, la conquistó al enseñarle a leer y escribir, sueño que siempre había deseado, pero al ser tantos de familia, eso ni se nombraba en su casa.
Después de algún tiempo decidieron unir sus vidas. Esas vidas tan distintas y a la vez tan iguales. Distinta por la diferencia de edades él treinta, ferrocarrilero, originario del Itsmo de Tehuantepec, un hombre con costumbres diferentes. De niño sufrió el abandono de sus dos padres y fue criado por su abuelita, que le brindo un techo, ropa y comida. No supo si tuvo hermanos, primos, tíos. Y él también se aferró a la superación personal y laboral. Pidió una permuta para mejorar y llegó a Puebla. Tan iguales… ella con tantos hermanos, pero a la vez sola y autosuficiente.
Cuando decidieron vivir juntos su objetivo era pasear, disfrutar, conocer nuevas ciudades, no padecer ni hambre, ni frío. Los hijos no eran su prioridad, a pesar de ser los años 40´s. Ellos sabían que un hijo era mucha responsabilidad.
La vida, Dios o el destino les jugó un truco y después de quince años de estar juntos llego su primogénita, una hermosa niña a la que llamaron Ana, acompañado del María y del Carmen, éste último porque su papá era gran devoto de la Virgen del Carmen.
Para abuelita es su alegría, su distracción, su aprendizaje. Tan parecida a sus padres.
El tono de piel, lo cuidadosa para hacer sus cosas, lo estricta, lo preocupada, lo heredó de su mamá. Los ojos, las orejas, lo responsable, de su papá. Lo solitario, lo inteligente, el ser autosuficiente resultado de esta combinación mágica.
Así es mi mamá. Ella disfruto mucho de su niñez y aunque dice que no era una niña consentida, qué mejor que tener para ella solita el cariño de sus dos padres, además de juguetes, paseos, alegrías y a la vez lo que parece un privilegio también se convierte en el verdugo más cruel “la soledad” al ser hija única.
Creció y también decidió formar su propia familia, esta vez la historia cambió. Su esposo, un hombre bastante inmaduro, inestable y dependiente de sus padres, no logró estar en la misma sintonía que Anita, mi madre. Sólo cooperó para que nacieran dos hijas, la primera “yo”, para no perder la tradición también me nombraron Ana, acompañado de un segundo nombre, Leonor.
De esta constelación, lo que perdura es la inteligencia, el carácter dominante, lo meticuloso para hacer las actividades, el color de piel, la estatura, lo preocupona, lo trabajadora, son de ellos, de misabues y de mi mami. Pero por alguna extraña razón decido que me conozcan por Leonor.
Mi hermana, ella no se llama Ana, tiene cosas importantes de este árbol, sus manos, lo preocupado por su aspecto físico. El carácter fuerte, la inteligencia.
Aún no se si la herencia del nombre continúe o hasta aquí ha quedado. Lo que sé es que esta es mi familia. Un árbol perfectamente estructurado, con muchas virtudes que han perdurado de generación en generación. Y defectos que han ido cambiando con el paso de los años.
Este es un tributo a mis antecesores y una reflexión para mi futuro…
Ana Leonor Ignacio Reyes
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COMENTARIO
Por Myrna (no verificado)Felicito a la autora de este escrito, ya que es una historia de vida y una reflexion sobre el arbol genealogico que cada una de las familias tenemos.
Saludos cordiales.